El desarrollo humano es paralelo a la capacidad de ir más allá, mientras que todos los recursos actuales de nuestra cultura apuntan al más acá. Cuanto más cerca y reducida la distancia, entre nuestro deseo y la pantalla de un dispositivo, más se anula la potencia de lo humano. Encapsulados en un goce, que es más premiado socialmente cuanto más alejado de la realidad esté, aceptamos la esclavitud que viene disfrazada de éxito y apretamos nosotros mismos los grilletes sin necesidad de carcelero que vigile.
La lógica humana está completamente invertida en nuestro mundo, no es una casualidad que el algoritmo potencie, precisamente, todo aquello que fomenta el goce mortífero y dificulta el acceso al desarrollo de nuestras facultades. Entre la juventud y las personas de mediana edad es difícil ya encontrar a alguien que no padezca de ataques de pánico, ansiedad, depresión, anorexia, bulimia o drogodependencia, de manera más o menos velada y entremezclada. Las patologías que son fruto de los valores de nuestra sociedad surgen directamente de una incapacidad para aceptar el conflicto, la falta, lo débil, lo humano, lo que nos hace salir del engaño de la virtualidad en el que todo es bonito, sin errores, sin diferencias y maravilloso. El pánico y el odio se desatan frente a lo que no coincide con lo igual a uno mismo. La gran mayoría de discursos que conforman los ideales de nuestro mundo están asentados en una bucólica defensa del débil, del indefenso o del discriminado. Pero esta supuesta defensa no hace otra cosa que posibilitar la huida frente a la angustia de debilidad. Mientras somos defensores del débil conseguimos que el débil sea siempre otro. Huir de lo débil, es la ilusión de completud, la prepotencia imaginaria y la posesión simbólica del falo, que huye de la castración. Es el lado "macho" o "neurótico" que busca completarse a través del objeto y que, por supuesto, aparece en toda persona con independencia de que sea hombre o mujer, se observa en muchas tendencias falsamente feministas actuales que reclaman la posición de "macho" y no precisamente la femenina.
El error se convierte en signo de invalidación, por eso se ha vuelto tan insoportable, pues no sólo invalidamos al otro por cometer errores, también negamos los nuestros para evitar ser invalidados. El pánico y el odio se desatan frente a lo que no coincide con nuestra imagen ideal de completud, una imagen que no es compatible con la capacidad de soportar ideas diferentes a las nuestras. La bandera de la diversidad es ondeada con fuerza siempre y cuando no se incluya la diversidad de ideas. Ser valiente hoy es una actividad silenciosa y sutil, poco valorada y desapercibida por la mayoría, ser valiente es levantarse en contra de la pasividad mortífera que otorga el goce absoluto, levantarse en contra de todo lo que nuestra sociedad premia, para aceptar la posición de débil. La castración es la ley del lenguaje que separa al sujeto del goce absoluto, haciendo que el "débil/castrado" sea en realidad el sujeto más ajustado a la estructura, no alguien disminuido y necesitado de protección, sino alguien más libre y más humano.
El sujeto nace alojado en palabras que lo preceden, en un guión que no escribió. No es un destino cerrado, pero tampoco un terreno virgen. Si se apostó a que sería alegría, su tristeza podrá ser leída como una falla. Si se apostó a reparar lo roto, su autonomía podrá vivirse como una pérdida. No porque eso determine su vida, sino porque eso insiste. La falta insiste y de ahí que surja pánico, rechazo u odio cada vez que asoma por detrás del telón.
En ese terreno abonado por el otro surge todo lo que no coincide, surge la angustia y los síntomas como motores que tratan de impulsarnos más allá. Ahondar en lo insobornable de nuestras entrañas y nuestro corazón es tratar de hacerse con un terreno más virgen y menos contaminado por las expectativas ajenas.
Existimos porque alguien se animó a tratarnos como sujetos antes de que pudiéramos serlo. Pero llega un punto en el que existir se convierte en hacer algo propio con esa apuesta, sostenerla, desviarla, traicionarla o transformarla. No hay una fórmula única porque cada persona es convocada en este mundo a partir de anhelos diferentes, los que se originan y confluyen cuando llegamos al mundo. Nacemos, en parte, como efecto de un cálculo ajeno, todos diferentes y todos únicos. Podemos permanecer en esa cárcel que en un principio fue sostén y refugio o podemos aumentar la apuesta, la que nos conduce hacia la verdadera libertad.
