La palabra es el velo




La palabra es el velo, capaz de transformarse en revelación. En el principio era el Verbo. Y en el final me descubro infinitamente asombrada, al comprobar estupefacta el interior que trasluce la palabra y la ignorancia de lo que esconde quien la pronuncia.

La condena de la grieta, que abre un agujero en nosotros para que surja, a través de él, una palabra hablante e ignorante de lo que dice. Somos hablados por la palabra y qué horror no saber lo que decimos. Y qué horror descubrir lo que otros dicen, hablando sin saber que son hablados, atravesados por la caída. La palabra tiene el poder de volvernos transparentes ante quien sabe leer en ella. De nada sirve ocultar nuestras miserias, negarlas o vivir como si no existieran. Recuperar la vista ante la ceguera del oído, se entiende cuando lo que recuperamos es la capacidad para escuchar, porque en la escucha aparecen, a borbotones, imágenes que completan y contemplan el puzle de la memoria. Debo reconocer que nada hay más gratificante y placentero que recuperar la vista por el oído. Pasar de ser hablado por la palabra a ser escuchado por la Palabra.

El amor se manifiesta en la capacidad para esperar a que el tiempo humano, atravesado por la grieta del sufrimiento, nos vuelva más receptivos y sensibles al tiempo divino, a la Palabra encarnada. El sufrimiento quita la orgullosa dependencia que tenemos de nosotros mismos y nos arroja a los pies de algo más grande. Comprender que el sufrimiento humano tiene el propósito mayor de revelar el poder eterno de la Palabra hecha carne, es ir más allá de lo que la razón puede entender y, por tanto, del tiempo lineal. A través de la memoria damos sentido al pasado y al futuro, y en ese transcurrir horizontal encontramos que el más allá al que apunta el sufrimiento se vuelve tiempo vertical, o eternidad.