La lógica del escenario





Hace poco escuchábamos a Donald Trump reconocer que le gusta rodearse de perdedores.

"Me junto con perdedores porque me hace sentir mejor".

Dentro del acostumbrado batiburrillo de declaraciones, que dicen una cosa y la contraria, a la que nos tiene acostumbrados, lo cierto es que esta frase representa un poco de sinceridad en ese mar de engaño en el que vive y hace vivir a los demás.

Es una frase que sintetiza un malestar propio de nuestro tiempo: la necesidad de opacar a otros para poder brillar uno mismo. De alguna manera también Rosalía, convertida en icono pop, propio de la cultura norteamericana, lleva a escena esas mismas declaraciones de Trump, a través del confesionario que despliega como parte del espectáculo y en el que la lógica cristiana se invierte: confesar las culpas del otro antes que las propias. Necesitar, desesperadamente, de la condición de pecador del otro para poder salvar nuestra genial pureza.

En la era del individualismo dependemos más que nunca del otro, porque para poder brillar como seres únicos y especiales necesitamos que el resto no lo sea. Decimos no querer nada del otro pero queremos desesperadamente su condición de perdedor, que es, según la lógica moderna, lo mismo que pecador, o lo mismo que castrado, según la lógica del  psicoanálisis. Quienes sostienen su identidad en esta farsa se encuentran generalmente en la cuerda floja de la sumisión. El poder de Trump, como el de muchas personas en la actualidad, se sostiene sobre el fracaso de muchos otros; gracias a convertir al otro en pecador se logra ser alguien en un mundo de fantasía y engaño. Pero esta lógica conlleva que también el propio fracaso se constituye en sostén del poder de los que están por encima. Las dinámicas de poder entre los humanos nos hacen vivir entre sospechas, juicios, suspicacias, coacción, extorsión, manipulación, etc... Sería muy ingenuo negar estas dinámicas y pretender anularlas. Nuestra condición humana nos obliga a convivir con ellas, pero nuestra condición divina nos invita a conocerlas en profundidad para poder trascenderlas, a creer en quien somos por encima de lo que los demás necesitan de nosotros para garantizar su poder. Que alguien nos necesite perdedores no significa que lo seamos, pero tampoco sirve consolarnos con palabras vacías, además hay que demostrarlo. Las humillaciones o los desprecios que recibimos de muchas personas no hablan de nosotros, sino de sus profundas carencias. Aprender a leer detrás de ellas es la puerta a la libertad. La encarnación de Cristo es una inmersión en las suspicacias y en los juicios propios de las personas que buscan ser reconocidas a través del orden humano y no del divino. Jesús se sometió al juicio de los hombres y lo enfrentó, no lo esquivó ni exigió, ingenuamente, que dejaran de juzgarlo. Sin embargo, la lógica moderna secuestra verdades aplicadas a lo pequeño de la condición humana y las hace absolutas, extrae los códigos internos y familiares y los convierte en externos, universales y aplicables por papá-estado. Por ejemplo, el relativismo moral compasivo nos dice que cada persona tiene su propia verdad y que juzgar es ser intolerante. Esta tergiversación secuestró una verdad preciosa, que cada conciencia individual merece respeto, Dios mismo respeta el libre albedrío, nada se debe imponer por coacción, la búsqueda sincera de verdad tiene dignidad, todo eso son verdades ortodoxas, pero la herejía relativista dice: “no existe verdad objetiva y moral, sólo existen perspectivas igualmente válidas y quien afirme una moral o justicia objetiva es un opresor peligroso”. Esta afirmación seduce mucho porque aparenta evitar conflicto social inmediato, el relativismo moderno promete paz, "tu cree lo tuyo y yo creo lo mío", parece que nadie somete a nadie, suena ideal y hasta compasivo y humilde pero es una trampa letal porque condena a los seres humanos al aislamiento y a la mentira. Confundir tolerancia de personas con tolerancia de ideas es una trampa mortal, tratar todo juicio moral como intolerancia es anular la capacidad humana y su función en el universo. La tradición, que no en vano es el fruto de muchas inteligencias a lo largo de los siglos, nos ofrece los dos niveles integrados: verdad objetiva en el juicio y caridad en la aplicación. Se puede sostener la verdad con firmeza sin perder compasión, tratando a quien yerra con dignidad, estas dos actitudes solo son contradictorias si se acepta la herejía relativista. El relativismo es cobardía disfrazada de humildad.

La verdadera libertad está en estrecha relación con la verdad y la justicia, y además tienen autoridad por sí mismas, no dependen de validación externa, así lo demostró Jesús precisamente sumergiéndose hasta el fondo en las suspicacias humanas, soportando el dolor y la humillación de quienes lanzan dardos, látigos y coronas de espinas para tratar de negar el orden superior y arrastrarnos al escenario inferior que a ellos les conviene. Quien conoce la verdadera gloria atraviesa la Cruz para transformar el escenario y la idolatría en triunfo de la Vida.

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judios, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios, sabiduría de Dios» (1Cor 1, 22 - 24).