Una joven paciente bulímica me comentaba su irresistible tendencia a robar en supermercados. Se trataba de un auténtico impulso cleptomaniaco (acompañado a veces de formas de amnesia que no le permitían recordar que había robado) que era incapaz de contener. Tampoco en estos robos son fundamentales los objetos robados, de los que el sujeto se deshace inmediatamente con indiferencia. Pero en este caso no se producen tampoco para repetir el escalofrío de la transgresión, para desafiar o para burlar la Ley. Estos robos no tienen que ver con la Ley. La ilegalidad de este comportamiento responde a una razón que subvierte la dinámica edípica de la transgresión, según la cual el objeto más deseado es el más prohibido; es el objeto afectado por la interdicción simbólica de la Ley de la castración. ¿Qué nuevas lecciones pueden extraerse de la cleptomanía de esta joven paciente? Ella insiste en salirse de la Ley, insiste en repetir un acto fuera de la Ley, pero sólo para ser vista, para ser reconocida, para hacer existir al Otro en la ley. No para estafar la Ley disfrutando del perverso escalofrío de sustraerse a su mirada, sino, paradójicamente, justo para dar un cuerpo a la Ley. ¿Se percata alguien de mi? ¿Existe una Ley que aún puede ayudarme a no perderme, a no extraviarme? ¿Hay algún Otro con capacidad para detenerme, para establecer un límite para el goce mortífero? La desesperada cleptomanía de esta muchacha demuestra que quien ha sido realmente objeto de un robo es ella misma. En su vida nunca ha recibido de sus padres -demasiado ocupados en cultivar sus diversas relaciones sentimentales para cuidar de ella- un “¡No!” que fuera realmente un “¡No!”, es decir, una prohibición simbólica como un regalo de la Ley de la palabra, como regalo que humaniza la vida. Pero es que ni siquiera ha recibido tampoco de sus padres nada que la atañera realmente, es decir, por encima de todo, una señal de que sus palabras se escuchaban. “Yo no cuento nada para ellos”, repetía tristemente monótona. En su deriva hacia el acto de robo no hay goce de la transgresión, sino invocación de la Ley, invocación del Otro de la palabra. ¿Por qué me habéis abandonado? ¿Por qué no me veis? ¿Por qué no os dais cuenta de que existo?
Esta joven no está simplemente burlando la Ley o disfrutando del escalofrío de su transgresión. De manera paradójica está haciendo justo lo contrario; está tratando de ser vista, de conseguir que la Ley se fije en ella, de hacer que exista una Ley. ¿Hay en algún lugar una Ley, o, más sencillamente, un adulto que pueda responderme, que pueda percatarse de mi existencia?
La pregunta de esta muchacha es la pregunta de muchos de nuestros jóvenes y es una pregunta insistente que nos pone entre la espada y la pared: ¿seguís existiendo? ¿Existen aún los adultos? ¿Existe aún alguien que sepa asumir responsablemente el peso de sus propias palabras y acciones? En la cleptomanía de esta muchacha podemos cifrar toda la desazón de la juventud contemporánea. En su raíz ya no se encuentra el conflicto edípico entre generaciones, entre la Ley y su subversión transgresora, sino la soledad de una generación que se siente desasida, abandonada, que busca la confrontación con el mundo de los adultos, pero no la encuentra, a la que le resulta difícil encontrar un adulto con quien medir su propio proyecto de mundo. La gran crisis actual de la economía capitalista y el riesgo real de un empobrecimiento material y mental de todos nosotros amplifican y hacen que esta situación se vuelva aún más determinante.
La parábola de los ciegos. Pieter Brueghel el Viejo. 1568
