Ilustración de Ralph Steadman
En el texto “Pegan a un niño", Freud teoriza sobre un fenómeno que observa en análisis, al comprobar que muchas de las personas que llegan a análisis coinciden en expresar esta fantasía masoquista en común, que además todos coinciden en formular de una manera simple y ambigua: “pegan a un niño”. Esta fantasía sirve de fondo a una satisfacción masturbatoria y compulsiva, y Freud observa además que aparece siempre rodeada de mucha vergüenza y mucha culpa, lo cual le sirve, precisamente, para identificar algo que requiere ser investigado en profundidad. En todos los relatos aparece la imagen de un niño que está siendo golpeado, investida, además, con un fondo de elevado placer. Lo que manifiesta Freud es que esta fantasía no es para nada simple, tiene una historia evolutiva compleja y que se manifiesta de diversas formas. Freud estructura esta fantasía en tres fases para establecer las diferentes variaciones, significados y matices que presenta. De esta manera comienza por identificar quien es la persona que está siendo azotada, quién el que pega, qué significado tiene y si la fantasía responde a un deseo sádico o a un deseo masoquista.
En la primera fase de la fantasía, Freud establece que el niño que está siendo golpeado no es el fantaseador, sino que es otro niño, y quién está golpeando al niño tampoco es quien fantasea, sino un adulto que luego, en el análisis, el paciente reconoce de forma clara que es el padre. Por tanto, en la primera fase de la fantasía tenemos al padre del fantaseador golpeando a un niño que no es él, ¿quién es este niño?, entonces. En el complejo de Edipo, el amor se entiende de forma exclusiva, y el niño puede llegar a tener un competidor si nace algún hermanito. En este caso, el hermano viene a introducir un competidor por el amor que el niño espera en exclusiva de los padres. Esta fantasía, por tanto, satisface los celos y el egoísmo del niño. Quien está siendo azotado es, entonces, el hermano, o el competidor. Freud traduce la fantasía en la idea de que el padre golpea a un competidor, que se puede traducir de la siguiente forma: si el padre golpea al niño que yo odio, esto querrá decir que el padre no lo ama a él, sino que me a mi de forma exclusiva. En esta fase todavía no se puede esclarecer si el deseo que se satisface aquí es un deseo sádico o masoquista, pero sí aparecen los cimientos para que estos elementos estén presentes en las fases siguientes.
Entre estas fases que se evidencian en la fantasía de “pegan a un niño” Freud va observando la evolución de la sexualidad infantil, que desemboca en el complejo de Edipo, y por tanto en el deseo de ser amado en exclusiva. La primera fase de la fantasía se reprime más tarde, sepultando el Edipo, y surgiendo como consecuencia la culpa. Esta culpa es lo que transforma la fantasía a partir de una primera fase en la que el anhelo por ser amado por el padre se transforma en culpa, y en deseo inconsciente de castigo. En esta segunda fase, la persona que pega al niño sigue siendo el padre, pero no así el azotado, que deja de ser el hermanito o el competidor y pasa a ser uno mismo. Por tanto, ahora tenemos al padre del fantaseador golpeándolo a él mismo, y ahora sí, la fantasía se convierte en algo que satisface la pulsión sexual masoquista. Freud comenta que en el complejo de Edipo, los deseos incestuosos de amor por los padres se reprimen y causan conciencia de culpa inconsciente. La persona, sin recordar que tuvo deseos incestuosos hacia los padres, tiene grandes sentimientos de culpa. Se mezclan en esta fase la consciencia de culpa y el erotismo. El padre que golpea al niño no es cualquier persona, es precisamente a quien el niño ama, por eso la culpa se mezcla con el erotismo y viene investida con elevado placer. Por otro lado, conviene aclarar que, en los niños, suele ser la madre quien azota al niño.
En la tercera fase de la fantasía ya no es sólo un niño el que está siendo azotado, sino que ahora son muchos niños. Y tampoco es el padre quien aparece en esta fase, sino otro adulto, que es ahora quien azota a los niños. Este otro adulto simboliza a la figura del padre, un otro adulto que podría ser el profesor o incluso el estado. En este caso, el placer sádico y el masoquista se entrelazan, pues estos niños que están siendo azotados, en definitiva, son también un subrogado del propio fantaseador. Esta serie de niños azotados sustituyen a la persona propia, y sigue siendo provocadora de masturbación en un goce masoquista. Si bien la fantasía es sádica porque se pegan a otros niños, la satisfacción es masoquista porque esos otros niños serían proyecciones de sí mismo, castigados por la conciencia de culpa por su deseo incestuoso reprimido.
Pero además, Freud observa que la consciencia de culpa no es lo único que influye para que se establezca la segunda fase, sino que hay otra consecuencia de la represión del impulso incestuoso, se trata del regreso a una fase anterior de la etapa libidinal (oral, anal, fálica). El impulso de la fase fálica genital que introduce el Edipo, al verse impedido en su ejecución, sufre regresión a la etapa genital anterior, es decir, a la etapa anal sádica, en esta etapa lo sádico está unido con lo erótico, de manera que el impulso de ser amado por el padre se equivale con el impulso de ser maltratado por el padre, o castigado, dando lugar a la ambivalencia. Esta fantasía masoquista de la segunda fase sería una conjunción entre la consciencia de culpa y la libido habiendo regresado a la etapa anal sádica.
En esta fantasía está presente el componente sádico, que se vuelve autónomo y termina estableciendo una estructura de la personalidad que se observa en las personas que tienen conflicto con las figuras de autoridad, o se hacen castigar o maltratar por estas figuras de autoridad, subrogados paternos, cumpliendo así la fantasía masoquista, sin saberlo. Freud también establece diferencias entre los casos femeninos, que son los que analiza mayoritariamente, y los masculinos, en los que no ve un paralelismo claro. En el sujeto masculino, la figura que azota y es masculina en la segunda fase, se convierte en femenina en la tercera fase.
Una fantasía así, que emerge en la temprana infancia quizás a raíz de ocasiones casuales y que se retiene para la satisfacción auto erótica (puntos de fijación), sólo admite ser concebida como un rasgo primario de perversión. Uno de los componentes de la función sexual se habría anticipado a los otros en el desarrollo, se habría vuelto autónomo de manera prematura, fijándose luego y sustrayéndose por esta vía de los ulteriores procesos evolutivos; al propio tiempo, atestiguaría una constitución particular anormal de la persona. Si a esto no sigue la represión, la formación reactiva o sublimada, se da lugar a la perversión en la madurez. Si ese componente sexual que se separó temprano es el sádico, nos formamos la expectativa de que su posterior represión genere una predisposición a la neurosis obsesiva. La perversión infantil puede convertirse en el fundamento para el despliegue de una perversión de igual sentido que subsista toda la vida, o ser interrumpida y conservada en el trasfondo de un desarrollo sexual normal pero que siempre necesitará un cierto monto de energía para mantenerla ahí. El complejo de Edipo es el núcleo de la neurosis, lo que resta de él como secuela constituye la predisposición a la neurosis adulta. La fantasía de paliza y otras fijaciones perversas sólo serían precipitados del complejo de Edipo, las cicatrices que el proceso deja tras su expiración. La transmutación del sadismo en masoquismo parece acontecer por el influjo de la conciencia de culpa que participa en el acto de la represión.
