Miseria




En nombre del progreso, nuestra sociedad ha cruzado un abismo ético que pone en evidencia el estado de enfermedad y putrefacción que atraviesa nuestra sociedad. En nombre de la vida, se desecha a los más débiles, a los que más sufren y a quienes peor lo están pasando. Cuando la muerte es lo único que una sociedad puede ofrecer a sus individuos más vulnerables y que, además, se entienda tal atrocidad como normal, es que hemos tocado el punto más hondo de nuestra civilización pretendidamente humana. Nunca antes habíamos tenido tantos medios a nuestro servicio, y sin embargo, nunca antes habíamos perdido tanta capacidad para acompañar el sufrimiento, con el agravante terrible del falseamiento de la realidad. Le llaman libertad a abandonar a quienes más sufren, le llaman progreso social y moral a aquello que a cualquier persona sana le produce ganas de llorar y horror ante el fracaso de la vida. Cuesta creer el punto al que la neolengua invierte el sentido de la vida y lo humano, hasta qué punto la responsabilidad del grupo social de aceptar acabar con la vida de otro miembro de la comunidad no produce espanto y horror. Cómo alguien puede llamar muerte digna a entregarse para que nos mate una mano anónima, tras una decisión colegiada y burocrática de un comité, dirán que son expertos y será suficiente para justificar y permitir que una persona que ha sufrido tanto decida sola. Se llama libertad al más atroz de los abandonos, y muerte digna a una ejecución llevada a cabo encuadrada, narrada y emitida en horario de máxima audiencia, sin pudor, sin vergüenza, y cruzando todas las barreras de lo inhumano. La víspera de su muerte, Noelia apareció en televisión. Lo hizo en un programa de gran audiencia. Allí explicó su decisión: morir. Y lo hizo con la serenidad que la cámara exige y el público espera. La escena estaba completa: juventud, sufrimiento, tragedia, voluntad. Un relato perfecto. Pero los relatos perfectos suelen ser, precisamente, los más engañosos. Detrás de esa imagen final, ordenada, limpia, aparentemente libre, hay una historia mucho más incómoda. Una historia de abandono, de desestructuración familiar, de violencia, de fallos acumulados. Una historia que no encaja bien en televisión porque no ofrece redención, sino preguntas.

Noelia no llega a la eutanasia desde una vida estable truncada por un accidente. Llega desde una biografía marcada por la vulnerabilidad: trastorno límite de la personalidad, TOC, ideación suicida previa. Un intento de suicidio que no fue un episodio aislado, sino coherente con un patrón clínico. Después, la tetraplejia. El dolor físico, pero sobre todo el anímico. Y aquí empieza la neolengua a invertir silenciosamente la realidad. Lo que en otro contexto se interpretaría como una continuidad del impulso suicida (algo que el sistema sanitario debería prevenir con todos sus recursos) se convierte, bajo el paraguas legal de la eutanasia, en una decisión autónoma. El mismo gesto, dos lecturas: antes, patología; ahora, derecho. Antes del suicidio, Noelia ya tenía reconocida una incapacidad del 67% por enfermedad mental no tratada médicamente, y de ahí pasó al intento de suicidio que terminó en tetraplejia y, después, en petición de eutanasia. Todo ello sin cuidados médicos adecuados, sin atención paliativa. Se confunde libertad con firmeza, y en efecto, cuando alguien atraviesa un estado así de desesperanza y depresión, la voluntad puede volverse muy firme, pero no por ello libre.

No se sabe qué ocurrió en el centro tutelado, qué seguimiento real existió en materia de salud mental, aunque podemos intuir que nefasto, como es la tónica habitual. Demasiadas zonas de sombra para una historia que se presenta con una claridad casi quirúrgica en su desenlace. Y, sin embargo, cuando llega el momento de morir, todo funciona. Comisiones, informes, avales judiciales. El sistema, que había sido incapaz de ofrecer una respuesta integral al sufrimiento de una joven, se muestra súbitamente eficaz para garantizar su muerte. Las instituciones no logran cuidar pero sí logran matar. Todo ello en nombre de la legalidad, olvidando que la ley puede ordenar procedimientos, pero no puede resolver por sí sola el problema moral que subyace. El sufrimiento de Noelia es el resultado de la soledad, el abandono, la violencia, el desarraigo, un sufrimiento que es moneda común en nuestra sociedad. Pero este sufrimiento social aparece, de pronto, transformado en decisión individual, aislada, autónoma. La sociedad se retira discretamente del encuadre. Y entonces entra la televisión. Miseria moral en su máxima expresión. El drama se convierte en relato, la muerte en contenido, la tragedia en formato. Mientras el público permanece lobotomizado, señalando a Vox y a la ultraderecha, estos programas permanecen impunes. Programas carroñeros que se alimentan de la miseria humans, que necesitan historias emocionalmente potentes, cerradas, fácilmente identificables y que simplifican lo complejo. El riesgo no es solo la banalización. Es también el contagio.

Y lo más vomitivo de todo es la ideologización de un asunto que es, en esencia, señal de la pérdida de humanidad en nuestro país, de manera que, para muchos, se convierte en justificable el arrojar a la muerte a quienes se encuentran en un callejón sin salida, sólo porque PP y Vox defiendan lo contrario. La ley con la que esto ha sido posible es una ley fruto de nuestra responsabilidad como nación. El estado, que debería impedir que alguien se lance al vacío, se prepara para dar el empujón y asistir en la caída. La eutanasia empieza presentándose como algo excepcional y muy limitado, para luego normalizarlo y, poco a poco, ir ampliando los supuestos a los que se puede aplicar. Así es como se convierte lo anormal en normal.