
La teología que subyace en la postmodernidad tiene como Dios supremo el desprecio por la vida, de ahí que, actitudes como el cinismo, la ironía, el ridículo, la burla, la negación del otro y el desprecio por la materia se hayan vuelto tan presentes en nuestro mundo. Los supuestos metafísicos que se encuentran en el trasfondo de nuestra sociedad tienen como consecuencia la destrucción de los cuerpos, lo cual conlleva, a su vez, la consideración de la creación como algo inútil. Al igual que lo describe San Agustín en las Confesiones, también las prácticas espirituales actuales se han vuelto maniqueas, plagadas de un carácter mágico y supersticioso, sin cordura religiosa y con un intimismo espiritual autorreferencial y abstraído del sufrimiento del otro. Totalmente desligado de sentido vital, Agustín cuestiona su espiritualidad maniquea que, según describe, no iba más allá de un narcisismo espiritual vacío e indiferente a la encarnación y apropiación por el dolor de la creación. Agustín expresa su total estancamiento: "Desesperando ya de poder hacer algún progreso en aquella falsa doctrina, y aún las mismas cosas que había determinado conservar hasta no hallar algo mejor, las profesaba ya con tibieza y negligencia".
Los maniqueos detestaban la materia y su dualismo miraba el dolor de nuestros cuerpos con pesimismo y sin sentido. Muy contrario a Cristo que, al encarnarse, asumió nuestra debilidad y, al haber nacido en el vacío de nuestra indigencia, dio inicio con su resurrección a la restauración del universo y no a su destrucción, lo que esperaban los maniqueos.
Por ello, trascendiendo las facultades perceptivas, que compartimos con los animales, y ascendiendo gradualmente a “Aquel que me hizo”, alcanza san Agustín, “los campos y palacios de la memoria”. Y en la memoria encuentra la noción de vida feliz, que coincide con la del origen de su propio ser y que es como tal la quinta esencia de su propio ser. El futuro absoluto resulta ser el pasado último, y el modo de alcanzarlo requiere la rememoración.
Hannah Arendt en su tesis doctoral, El concepto de amor en san Agustín (1929).
Para alumbrar acerca de cómo la teología influye de forma directa en el mundo y en el arte traemos parte de este interesante artículo de Orlando Ibarra, y que ya hemos reseñado anteriormente:
El renacimiento del maniqueísmo como rompecabezas teológico del relativismo.
El nombre de esta religión debe su nombre a Manés, quien, como su fundador en el siglo III de nuestra era, logró que su doctrina permeara toda la cuenca del mediterráneo. Peter Brown describe la pretensión de este hombre en un interesante artículo sobre esta forma de religión: “Era un misionero: no por nada tomó prestado el título paulino de Apóstol de Jesucristo para sus cartas [...]. Creía que había fundado una religión universal: a diferencia del cristianismo y el zoroastrismo, podría esparcir la esperanza de vida tanto en Oriente como en Occidente”. El mismo Brown elabora una significativa apreciación que justifica la relación entre el maniqueísmo y el sincretismo religioso como un verdadero rompecabezas teológico.
El acercamiento desde la perspectiva del rompecabezas ve al maniqueísmo exclusivamente como producto de un sincretismo religioso. El académico se pregunta qué piezas en ese rompecabezas de las creencias del maniqueísmo apelan a qué grupo religioso en el mundo romano: los paganos, se dice, fueron atraídos por la reverencia maniquea al Sol; los cristianos, por el nombre de Cristo.
Por ello, la doctrina maniquea y sus prácticas religiosas son sincréticas, porque buscan una forma de reconciliación doctrinal y ritualista entre las formas de espiritualidad existentes. Al sostener que no existe verdad absoluta y universal en ninguna religión, se genera una confusión doctrinal que desemboca en creencias y prácticas como las vividas por Agustín, paradójicamente, replicadas también en nuestro tiempo. El rompecabezas al que Peter Brown remite tiene una secuencia confusa pero lógica: del egoísmo nace el relativismo, en orden a los valores objetivos y de bien universal. A su vez, el relativismo en su vertiente espiritual genera una postura gnóstica, que es hedonista e individualista. El gnosticismo subjetivista necesita de una expresión religiosa no dogmatista ni autoritaria, en la que cualquier espiritualidad es reconciliada. Así, se adopta el maniqueísmo predicado por Manés, que solo espera la destrucción de la materia, como estudiaremos a continuación, con base en el mito creacionista de esa religión. Para ellos, la creación no tiene razón de ser, excepto en el disfrute autocomplaciente de los bienes. Por tanto, no tienen sentido la justicia, la paz y el bien común. Allí, interesa solo el confort personal y la permisividad moral. En ese sistema de creencias, la idea de la divinidad se acomoda a las necesidades transitorias más superfluas, a través de sincretismos religiosos que se alejan de la compasión y la misericordia por la humanidad sufriente. Enseguida, se dan a conocer detalles sobre cómo los maniqueos conciben la creación, a fin de desarrollar más claramente este punto.
El mito creacionista maniqueo
Los expertos en maniqueísmo coinciden en que sus pilares doctrinales tienen fundamento en la pregunta sobre la existencia del mal. La respuesta que ofrecen es dada a manera de dualismo radical, a través de un mito. La propuesta es una cosmogonía en tres fases, según el estudio de Kevin Coyle, o tres series de emanaciones, en palabras de Bermejo Rubio. Con base en sus investigaciones, para comprender el sincretismo gnóstico de esta secta es necesario destacar parte del relato mitológico que fundamenta su cosmogonía y de la cual se genera su estilo de vida: “Dos principios coeternos, el bien y el mal, existen completamente separados; el bien mora en el ámbito de la luz, este principio es Dios. El otro principio es el mal, su propia substancia son las tinieblas”. El estado actual de la realidad de todo el universo se debe a que el principio del mal pretendió invadir el límite con el ámbito de la luz. Para defenderse, el principio del bien, que es el mismo Padre de la Grandeza, evocó a la Madre de la Vida quien, a su vez, evocó al Hombre Primordial, defensor del ámbito de la luz. El principio malo venció al Hombre Primordial y capturó su propia luz. Sin embargo, hubo mutuas capturas y, de esa forma, se mezclaron la luz y las tinieblas. El principio del bien envió otros seres para liberar al Hombre Primordial, que lograron su cometido, pero algunas partículas de luz quedaron mezcladas con las tinieblas. De tal híbrido fue constituida la materia del universo entero, así se explica que lo agradable en el mundo se le atribuye a la luz atrapada y lo desagradable, a las tinieblas que aprisionaron la luz. Para liberar la luz aprisionada se dieron dos pasos. En el primero, el Padre de la Grandeza consideró que, a través de la evocación del Espíritu Viviente, la Luna y el Sol debían ser naves de luz que permitieran que la luz retornara a su ámbito esencial. Por eso, la creación material fue un acto de necesidad, un medio para que la substancia de luz volviera a conseguir lo que había perdido. En el segundo paso, según el relato condensado por Coyle, se envió el Tercer Mensajero a los demonios capturados para que liberaran las partículas de luz. Tales partículas liberadas fueron enviadas a su propia substancia a través de la Luna y el Sol. Se permitió a las partículas de la substancia de las tinieblas caer sobre la tierra. El principio del mal se vengó creando un rival para el Hombre Primordial, lo hizo a través de un demonio varón y un demonio hembra, el hijo de ambos fue Adán, primer hombre terreno. Del segundo apareamiento, nació Eva. Para contrarrestar tal venganza, el principio del bien envió a Jesús, para que revelara a Adán y Eva el conocimiento divino: la gnosis. Liberar la luz es la misión de los elegidos con la ayuda de los oyentes. El tercer momento es escatológico: tendrá lugar cuando la mayor cantidad de luz sea liberada de la materia, por medio de los elegidos. Entonces, se producirá la erupción de un gran fuego y el universo, con toda la materia, será destruido, para forzar al principio del mal a retornar a su orden inicial.
El problema escatológico de la cosmogonía maniquea: la muerte del sol
La fe maniquea implica, necesariamente, una postura escatológica. Al final, la materia será destruida: esta tierra y lo creado en ella, los animales, el ser humano, la luna, el sol y todo el universo material: El mundo entonces colapsa, desplomándose sobre sí mismo, y una conflagración final denominada a menudo el gran fuego lo destruye [...], a raíz del inmenso incendio, el universo se verá convertido en una masa de materia informe que servirá de prisión eterna para las almas que nunca se convirtieron a las enseñanzas maniqueas. Por tanto, no tiene sentido adoptar convicciones compasivas por el sufrimiento o el dolor de la creación, incluyendo al ser humano. Vale, simplemente, ayudar a los elegidos, mediante un ascetismo religioso autorreferencial e intimista, en la forma de comer y expresar la espiritualidad con ritos propios, que se desprenden del híbrido cultural en que se esté inmerso; en la forma de perfeccionar el conocimiento recibido (gnosis) para acelerar la explosión universal con la única finalidad de que todo se acabe y se extinga finalmente cualquier vestigio de oscuridad. La doctrina descrita evidencia un pesimismo por la restauración de la dignidad creatural. Si, al final de todo, la materia será destruida, mientras ese apocalipsis llega, lo único que vale simplemente es un ascetismo religioso autorreferencial y que retribuya subjetivamente a una errónea acepción de prosperidad para que sea liviana y ligera la peregrinación en este destierro y valle de lágrimas mientras llega la gran destrucción apocalíptica: en esto se justifica por qué muchos que anhelan la destrucción de todo, la teoría de la “muerte del sol” corrobora, en parte, lo dicho. Si el final de la raza humana y de la vida en la tierra no tiene otro desenlace, entonces, no tiene sentido la creación misma. Dios padece la deslegitimación de su obra y hasta el mismo Cristo con su muerte y resurrección quedan por fuera de tal sentencia, referidos a él, solo tienen cabida la ironía y el ridículo. Además, la encarnación no pasa de ser un simple mito pues todo será destruido, y esto, ya en otro tiempo lo predicaban los maniqueos. El ser humano, en su afán de buscar vida en otros planetas para prolongar su estirpe, descuida el que ya tiene, justificando la pobreza, el hambre, la guerra, la ignorancia, la injusticia y la muerte. Ello va de la mano con la ley del más fuerte, predominante en esta selva sin “dios”. Solo los elegidos (los más fuertes, los más poderosos, los que más han acumulado capital) tienen el derecho a sobrevivir; solo una estirpe de elegidos tiene derecho al único y real “dios”: la gnosis cientificista. Entretanto, los demás seguirán siendo un pueblo de auditores, sentenciados a trabajos forzosos en la Tierra. La muy lejana muerte del sol como hipótesis científica, al igual que la doctrina maniquea en su mito creacionista que espera la destrucción de la materia, condensa un pesimismo existencial sin esperanza; un verdadero drama escatológico de fatalidad y tragedia. Es lo que Jürgen Moltmann denomina “exterminismo milenarista”, formas de aniquilación masiva por medio de actos de violencia militar, económica o ecológica: un apocalipsis mudo, donde “pasan hambre mil quinientos millones de personas y fallecen anualmente cincuenta millones a causa de la desnutrición y las epidemias”. Esta desencarnada y maniquea forma de pensar ha afectado también a algún sector creyente. En una sesgada acepción de los novísimos, interesa solo el eterno descanso del alma, por tanto, el esmero en esta vida, para muchos, al sentirse simples peregrinos errantes, es simplemente la salvación personal, la salvación del alma, en olvido de la salvación de la comunidad humana, de la creación y, por tanto, la salvación ya en el más acá del mismo cuerpo como templo del Espíritu Santo (1Co 6,19). Abordando los problemas actuales en torno a la escatología, la propia Congregación para la Doctrina de la Fe advierte que, en los últimos treinta años del siglo XX, la exploración teológica sobre el futuro del hombre y la historia sufrió estímulos fuertes y contrarios en el ámbito de la cultura civil que, al mirar hacia el futuro reclama motivos de esperanza válidos y convincentes. Al presente, según las apreciaciones de la Congregación, con el fenómeno del secularismo, hay una persuasión ampliamente difundida de que “el hombre [...] sería completamente material y, con la muerte, se desharía totalmente”. La cuestión del dualismo maniqueo en su postura escatológica espera la destrucción total del universo material, algún sector creyente comparte tal convicción y lo expresa a través de sus prácticas religiosas y ritualismos. Para el presente estudio, también es esencial el desarrollo de una encarnada escatología cristiana que sin descuidar el más allá se preocupa también por el más acá, al tener como punto de partida la interioridad cristiana que como alma de su espiritualidad es resiliente a la destrucción y responde a la Gracia de Dios, que quiere que toda la humanidad se salve, llegue al conocimiento de la verdad y ame tal verdad que es Cristo en la comunidad humana y la creación (1Tm 2,4).
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En su análisis de la conversión de San Agustín a través de los primeros ocho libros de las Confesiones, Guardini destaca el valor trascendente de la memoria en el ser humano, ya que la confesión, como hace Agustín, parte de la representación de la vida pasada. La define como la “facultad con la que el hombre pone frente a su mirada el propio mundo interior y con la que, solo entonces, lo hace auténticamente propio”. Esta dimensión trascendental de la memoria como potencia del alma es indispensable para la apropiación de la historia. De acuerdo con Guardini, el lugar donde acontece tal revolución es el corazón humano. Allí reposa y acontece la interioridad, “el corazón es el amor como órgano vivo. El hombre surge a partir del amor”; a lo que se suma que “lo que escapa del ámbito de irradiación del amor cae en lo inhumano, pierde la altura y la intimidad entrañable, las dos referencias según las cuales está orientado el eje de lo humano”. Ya en la antigua alianza el profeta Jeremías lo había anunciado a su pueblo: “Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré” (Jr 31,34).
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Lo hermoso de la espiritualidad cristiana consiste en que mira con misericordia la debilidad y la miseria de lo humano. Aquel o aquella que experimenta el fracaso, la frustración o la decepción al punto de no ser reconocido por el paradigma de felicidad imperante, puede encontrar la misericordia de un Dios que abraza desde su misma condición humana. El profesor Ratzinger nos regala un significativo ejemplo:
Abrahán, Isaac, Jacob y Moisés, con todos sus enredos y con su astucia, con su temperamento y su inclinación a la violencia, aparecen al menos como mediocres y pobres infelices en comparación con Buda, Confucio y Lao-Tse. Pero incluso figuras proféticas tan grandes como Oseas, Jeremías y Ezequiel no nos ofrecen, cuando se hace tal comparación, una imagen enteramente convincente. Se trata de una sensación que ya tuvieron los Padres de la Iglesia al establecer un parangón entre la Biblia y el helenismo. Cuando Agustín, que descubrió y aprendió a amar la belleza de la verdad en el Hortensius de Cicerón, encontró que la Biblia [...] era indigna de compararse con la dignidad tuliana, se encerraba en todo ello el estremecimiento causado precisamente por tal comparación: ante la excelsitud del pensamiento mítico, los portadores de la historia de la fe aparecen casi como zafios.
Tales intuiciones pueden condensarse en la espiritualidad de la decepción. Ante un mundo perfeccionista que predica el triunfalismo y desecha cruelmente el fracaso, por un acto dramático de amor divino que en el cristianismo se denomina gracia, el débil corazón puede recibir misericordia. Pero es necesaria la irrupción del testimonio de un predicador. Para que Agustín llegara al conocimiento de Cristo, fue necesaria la palabra de un predicador. Al saber de Ambrosio de Milán, Agustín tuvo la curiosidad de escucharlo, dada la fama de su discurso. La formación cultural, filosófica y teológica del obispo milanés, sumada, sobre todo, a su fraternidad cristiana dio, como dardo de amor divino, en el corazón y la mente de Agustín. San Ambrosio supo dar razón de su esperanza (1P 3,15) y logró conquistar, con la palabra, a un buscador de la verdad. Agostino Trapé enfatiza en el testimonio de la comunidad cristiana de Milán: “Exigencia intelectual y coherencia práctica”. Estas dos cualidades sedujeron a Agustín, quien había experimentado lo contrario entre los maniqueos. Allí su camino cambiaría para siempre, y daría paso a su renacimiento, con la recepción del Bautismo.
Hermenéutica del fenómeno maniqueo contemporáneo desde los aportes de San Agustín en sus Confesiones