Lo pequeño

“Cuando tú deseabas poder por tus solas fuerzas, Dios te ha hecho débil, para darte su propio poder, porque tú no eres más que debilidad”. (San Agustín)



"Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca. 8 Acerca de esto, tres veces he rogado al Señor para que lo quitara de mí. 9 Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. 10 Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2Cor 12, 7-10).

En la medida en que reconocemos nuestras debilidades (las que de verdad son difíciles de reconocer), en esa medida actúa la fuerza de lo alto. De igual modo, tampoco quien pretenda dar un salto, podrá conseguirlo sin doblar antes las rodillas. El cuerpo, el nivel literal, no se contradice nunca con lo más elevado. Lo que sí es contradictorio es la expresión más sublime del Evangelio y de la sabiduría divina con nuestra racionalidad más mundana; de ahí aquel, también paradójico, "destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes" (1Cor 1,19).

“En el Evangelio está contenida una fundamental paradoja: para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que cargar con la Cruz. Ésta es la verdad esencial del Evangelio, que siempre y en todas partes chocará contra la protesta del hombre”. (Juan Pablo II)

Todo lo bueno que tenemos, del mismo Dios procede. Digamos con San Pablo: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? (1Cor 4,7) y agreguemos: Si alguno piensa que es algo, se engaña, pues nada es (Gal 6,3). También Juan nos lo recuerda: sin mi nada podéis hacer (Jn 15,5).

Pero tampoco la humildad puede alcanzarse desde lo racional, todas las aparentes virtudes pueden convertirse en lo contrario si no se tiene en cuenta el saber del inconsciente, pues no es humilde quien quiere sino quien puede. 

“La humildad es nuestra perfección”. (San Agustín)

“El progreso del alma se identifica con el progreso en la humildad”. (San Benito)

“Dios para prendarse de un alma, no se fija en su grandeza, sino en la profundidad de su humildad y en lo despreciada que está”. (San Juan de la Cruz)

“Si me preguntares cuál es el camino del cielo, responderte he que la humildad: y si tercera vez, responderte he lo mismo; y si mil veces me lo preguntares, mil veces te responderé que no hay otro camino sino la humildad”. (San Agustín)

La gran diferencia del cristianismo con respecto a otras tradiciones espirituales es que el conocerse a uno mismo pasa necesariamente por el otro, al revés de lo que enuncia esa máxima pagana del "conócete a ti mismo y conocerás el universo". San Pablo dice, hablando del cielo: conoceré como soy conocido (1Cor 13,12). Y Lacan dirá que el lenguaje nos habla, "el sujeto es hablado por el otro". Se recibe del otro el propio mensaje invertido, por eso el trabajo del análisis consiste en hacer que alguien escuche de sí mismo lo que generalmente no escucha. La función del terapeuta, por tanto, no es hablar desde el saber, ni tampoco decir cosas ingeniosas o profundas. Categorizar, etiquetar o poner nombre a las cosas no necesariamente produce efecto, el saber sugestiona o hipnotiza pero no conmueve. Es la materia carnal de la emoción, el deseo y el amor, lo que está en el misterio de la cura analítica. No se puede curar sin amor porque toda herida es una herida de amor, y todo amor es una herida producida por esa flecha de Cupido atravesándonos y dividiéndonos en lo más profundo. La flecha de Cupido es un símbolo similar al de la caída, la que nos expulsa del paraíso para tomar consciencia del exilio que nos atraviesa a todos.