La rosa, como los lirios del campo, no calcula ganancia, tampoco el cardo o el manzano. Nada que el ser humano pueda crear podrá superarlos en belleza y sin embargo están ahí, ignorados, como si nuestra voluntad pudiera vencer su belleza.
La rosa no se mira a sí misma, no pregunta si es vista, la rosa no florece para probar algo, para ser admirada, florece porque eso es lo que brota de su naturaleza esencial. Florece porque florece. Florece porque es deseo, nadie le pregunta si quiere o no florecer.
Sin calculo, sin objetivo, sin porqué. Hacer lo que haces porque eso es lo que brota de tu ser, no porque te hará alguien especial o te llevará a algún lugar, a algún reconocimiento. Hacer lo que haces porque sencillamente no puedes hacer otra cosa, porque te has sometido a Dios y le permites brotar en ti. La fuente interior no pide permiso, no calcula ventajas, únicamente brota, no encuentra resistencia si se trabaja para ello. El único objetivo, descifrar nuestra naturaleza y trabajar para permitirle que brote.

