Pietro Lorenzetti, Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (1320)
Embriagarse de plenitud es vencer a través del amor. Con el odio siempre salimos perdiendo, por más que externamente la batalla esté ganada o el éxito conseguido. Creer que podemos devolverle al otro algo del daño que nos ha hecho es sinónimo de salir enfangado con el mismo barro que uno pretende lanzar al enemigo, todas las supuestas armas que se usan para machacar al contrario se vuelven siempre en contra de uno mismo. Las estrategias para engañar, manipular e introducir alguna amenaza o coacción hacia el otro, con el objetivo de obtener alguna victoria, son siempre un fracaso. Vivir en el engaño es la peor de las derrotas, pero ese engaño no proviene de fuera, el peor enemigo manipulador es uno mismo para sí mismo.
Hoy, domingo de ramos, es una fecha apropiada para reflexionar sobre el frenesí de celebración, la euforia colectiva, el crujir de las ramas de palma, los gritos de Hosanna aclamando y coronando a un rey con expectativas terrenales y aplausos calurosos. Esas mismas personas que hoy aclaman y adoran al rey serán las mismas que, dentro de unos días, gritarán con odio implacable y exigirán su muerte y crucifixión. La misma multitud inconstante y aterradora acecha en cada uno de nuestros corazones. Cuántas veces habremos exclamado un Hosanna! con cada nuevo logro, una relación, un nuevo trabajo, un éxito alcanzado, un halago en las redes sociales o en los medios, una conquista pasajera… Y cuántas veces se ha tornado en una realidad oscura y difícil, en la que el alma se desploma pocos días después, cuando la aprobación ajena desaparece. La dependencia cruel de validación nos hace esclavos en una cadena que se entrelaza tratando de agradar a los superiores y humillando a los inferiores, temiendo profundamente el dolor amargo del rechazo, temiendo ser olvidados o simplemente ignorados por la sociedad. Persiguiendo esas ramas de palma que en pocos días se tornan en corona de espinas, dejando el alma vacía y putrefacta. El corazón humano es frágil, manipulable por las circunstancias cambiantes del entorno. Jesús conocía perfectamente nuestra naturaleza cambiante, frágil y fluctuante. Él sabía que los mismos labios que hoy podían exaltarlo con grandiosidad, mañana podrían tratar de destruirlo con ferocidad.
Aprender a anclar el valor y el orgullo propio, no en las opiniones inconstantes y pasajeras, sino en la grandeza inmutable y el amor constante de Dios. La verdadera victoria no proviene de los aplausos eufóricos de un público que pronto desaparece, sino de la humildad serena de acoger a un Dios que conoce íntimamente nuestro dolor, nuestra fragilidad, nuestros pecados y nuestro sufrimiento callado.
La multitud que se aglomeró para recibir a Jesús a su entrada a Jerusalén buscaba un líder político que los liberara, proyectando en Jesús todas sus expectativas de poder, éxito militar y venganza contra sus enemigos, era una adoración condicionada, basada en lo que Cristo podía hacer por ellos en ese momento histórico exacto, y no en quien Él verdaderamente era. Aquella alegría era frágil, superficial y dependiente de las circunstancias externas, la misma que hoy se ha vuelto tan habitual en nuestro mundo que goza tanto del aplauso y el éxito. Es la gran ilusión de la multitud, que nos hace creer que somos amados, valorados, cuando en realidad solo somos útiles para sus intereses momentáneos y egoístas. Sacrificamos nuestra paz para poder recibir las ramas de palma virtuales y los elogios vacíos e insulsos de personas que ni siquiera conocen nuestros dolores más profundos.
Pero Jesús no se dejó engañar por el ruido de la multitud rebuznando elogios, Él caminaba hacia la cruz, no hacia un trono de oro. Cuando basamos nuestro valor y nuestra felicidad en esta aceptación inconstante, que puede proceder tanto de la multitud como de una sola persona, construimos nuestra casa sobre arenas movedizas, no sobre la roca de base. Basta sólo un cambio en los vientos de la popularidad para que todo se derrumbe, el aplauso se transforme en cancelación y la sonrisa en desprecio. Lo hemos visto en personajes populares que se han dejado atrapar por el fango de la fama, y también lo hemos vivido en nuestras vidas anónimas, atrapadas por el fango de la dependencia. La validación externa nunca fue un puerto seguro, sino una prisión cruel disfrazada de fiesta.
La verdadera victoria reside en la humildad profunda, la que no trata de evitar la Cruz para obtener aplausos mentirosos y sonrisas falsas. La verdadera victoria está en acoger nuestra fragilidad, nuestra imperfección, no para ocultarla o para hacer gala de ella, sino para integrarla. El tribunal humano que nos juzga de forma tan variable e inconstante nada puede contra el verdadero juez inmutable que nos da sostén y fuerza, el temor de Dios es el único temor con capacidad para liberarnos de la esclavitud. Dejamos de ser mendigos emocionales pidiendo migajas de atención y afecto para convertirnos en hijos y herederos de una paz que sobrepasa todo entendimiento.
