Por aquel entonces, él tenía reprimido su propio orgullo, por lo que ni siquiera tenía la capacidad para sentirse ofendido. Pensaba que debía cuidar de la sensibilidad extrema de otros, hacer lo posible para evitarles sufrimiento, pues ser sensible es algo muy valioso, aunque no veía por qué había que sentirse tan dañado por los comentarios de otros, ya que nadie lo hacía por maldad. Mientras trataba de minimizar el conflicto de la sensibilidad ajena olvidaba profundamente su propia soberbia. A veces, la negación de la soberbia puede convertirse en una forma más extrema todavía de soberbia. Lo que llamas corazón grande es autocentramiento disfrazado de virtud, lo que llamas fortaleza y ausencia de sensibilidad es un ego, que por negado, actúa todavía más despiadadamente. El ego necesita el alimento justo, tanto si te pasas como si te quedas corta, rozas, por diferentes caminos, la misma soberbia. Atender demasiado a tu imagen en busca del beneficio propio y camuflar de forma velada la atención a tu ego, prestando falsa atención a los otros. Los dos os encontráis en callejones similares. Un callejón sin salida que tortura y asfixia porque no parece posible escapar sin salir embarrados. El amor propio verdadero surge de la humildad, no de la soberbia. Humildad ontológica, la que, pareciendo pequeñez, entrega libertad, y esto no es lo mismo que falsa humildad.
El buenismo es negar el propio orgullo, negar el mal y colocarse por encima para ayudar a los supuestamente más sensibles, situarse en el lado correcto puede resultar todavía más perverso, se trata de la perversión propia de lo femenino, que como sabe que no tiene el falo, lo falsea, así también continúan el engaño quienes siguen sosteniendo a la madre fálica y no pueden renunciar a ella. Si juegas en la cancha de las apariencias, tanto el lado bueno como el malo se convierten en perversos, resultando incluso más perverso el lado bueno, por falsear la verdadera virtud. El dualismo atrapa si confundes el plano de realidad, pues el sistema cosmológico dualístico no es ontológico, el mal tiene consistencia moral pero no ontológica. El mal, el error, el pecado, forma parte de tu vida, no se puede negar, no existe ningún ser humano perfecto, nadie está libre de pecado y limitar tu horizonte de miras es olvidar que el pecado propio (no el ajeno) se convierte en guía silencioso en la búsqueda de la virtud, en grieta que abre el camino hacia la luz. El único principio metafísico del mundo es el bien, por lo que el mal sólo es ausencia de bien, no tiene raíz ni existencia, se esfuma como la niebla pasajera. Muchas interpretaciones a lo largo de la historia han querido aferrarse a la idea de que el mal no existe, precisamente para librarse del terrible peso moral que éste pueda acarrear, pero lo que no intuyeron es que al negar el mal en sus propias vidas quienes desaparecían eran ellos mismos, cuanto más se niega el mal en el nivel moral más existencia se pierde, desvaneciéndose poco a poco como la niebla, muertos en vida.
La humildad verdadera no te hace menos, te hace real. No permitas que el orgullo te haga perder existencia. Ganar vida y existencia plena es acercarse a lo único que existe más allá: el Bien. El gran misterio de la resurrección es que sólo tenemos esta vida para salir de la muerte en vida.
"Dime que esperas del más allá y te diré de qué manera apropias o ignoras el más acá". Creer es crear.
