El imperio americano empieza a caer… Vivimos tiempos de guerra, crisis social y derrumbe de un mundo, quizás por eso me ha atrapado últimamente la figura de San Agustín, que también vivió en tiempos de derrumbe de un gran Imperio como el romano. Un pensador de frontera, capaz de leer y actualizar el sentido de la tradición desde el momento histórico que le tocó vivir. Como ya nos advirtió Sun Tzu, la guerra es una contienda moral que se gana en los templos antes que en el campo de batalla. Si los profetas ejercieron su ministerio particularmente en tiempos de crisis es porque los conflictos, tanto individuales como sociales, ofrecen una oportunidad de lectura de la participación de Dios en la historia. En el tiempo en que vivió San Agustín los visigodos saquearon Roma, fue un shock para su tiempo. Si Roma podía caer, entonces cualquier cosa podía caer, muchos dieron una interpretación supersticiosa según la cual, si Roma había caído era porque había abandonado a sus anteriores dioses y porque los cristianos, con su humildad y desprecio por la gloria mundana, habían debilitado el imperio. Agustín escribió la Ciudad de Dios en defensa de esa acusación, pero su libro fue mucho más profundo que una simple defensa, fue un análisis de qué hace que las civilizaciones y los individuos caigan. Y su diagnóstico fue: la soberbia. Roma cayó por exceso de orgullo, no por defecto. Porque creyó demasiado en su propia gloria y en su poder y cuando esa grandeza no tuvo nada en que sostenerse, se derrumbó. Agustín vio la soberbia, no solo como un problema individual, sino también social, así también lo habían visto los profetas del Antiguo Testamento cuando sufrieron el destierro y la destrucción del Templo en Jerusalén.
Por eso es tan oportuno retomar estos momentos clave de la teología, puesto que periódicamente se repiten, con nuevos semblantes y nuevas formas. Vivimos en una época en que todos queremos brillar, ser protagonistas, especiales, únicos. Las redes sociales y los medios son máquinas de alimento constante del ego, de dosis de validación. Al mismo tiempo, la ansiedad, la depresión, la ira o el maniqueísmo se apoderan de nosotros. Mientras más buscamos ser especiales, más vacíos nos sentimos. San Agustín diría que estamos viviendo lo que él predijo, la ciudad del hombre, que, construida sobre el amor a sí mismo, produce miseria. Amarse a uno mismo como supremo es amar algo que no puede sostener ese peso. El ego no puede dar lo que promete, no puede dar seguridad porque siempre se sentirá amenazado, no puede dar validación porque siempre necesitará más. El deseo insaciable, mientras consume sus objetos, consume también a quien los consume. Coacción, servidumbre, necesidad de control, dependencia patológica. El instinto se ha escindido del deseo y no obedece a la Ley de la palabra: es, sencillamente, pura voluntad de quererlo todo.
Solo cuando amas algo más grande que tú mismo, encuentras lo que el ego promete pero nunca entrega. La ciudad de Dios se construye, por el contrario, sobre el amor a algo más grande que nosotros mismos. La ciudad del hombre promete grandeza y entrega hinchazón, promete libertad pero entrega esclavitud. Promete felicidad pero entrega ansiedad constante por mantener la imagen.
San Agustín, antes de su conversión, era muy orgulloso, tenía capacidad para convencer, para la retórica, era consciente de ello y lo usaba para brillar, buscaba aplausos, reconocimiento, fama. Quería ser admirado pero era miserable, el aplauso nunca era suficiente, el reconocimiento siempre dejaba un vacío. La fama era insaciable, mientras más alimentaba su ego más hambre tenía su ego. Su conversión fue una experiencia de humillación, fue caer de rodillas y aceptar que necesitaba algo más grande que él mismo, soltar la pretensión de ser el centro y aceptar la pequeñez como criatura en el mundo. A partir de esa humillación surgió una paz que el ego nunca le había dado, una felicidad que no dependía de aplausos externos, porque estaba anclado en algo más profundo que lo enraizada, que lo sostenía. El psicoanálisis nos ha hablado de que todo aquello que no se quiere saber, insiste, se articula y retorna una y otra vez de diferentes formas. Poder soportar el dolor de la verdad propia requiere de mucha humildad y es un proceso lento. Se va ganando poco a poco, a menudo a base de deshacer la humildad impostada. Acceder a esa verdad es volverse más real, más vivo.
San Agustín, antes de su conversión, era muy orgulloso, tenía capacidad para convencer, para la retórica, era consciente de ello y lo usaba para brillar, buscaba aplausos, reconocimiento, fama. Quería ser admirado pero era miserable, el aplauso nunca era suficiente, el reconocimiento siempre dejaba un vacío. La fama era insaciable, mientras más alimentaba su ego más hambre tenía su ego. Su conversión fue una experiencia de humillación, fue caer de rodillas y aceptar que necesitaba algo más grande que él mismo, soltar la pretensión de ser el centro y aceptar la pequeñez como criatura en el mundo. A partir de esa humillación surgió una paz que el ego nunca le había dado, una felicidad que no dependía de aplausos externos, porque estaba anclado en algo más profundo que lo enraizada, que lo sostenía. El psicoanálisis nos ha hablado de que todo aquello que no se quiere saber, insiste, se articula y retorna una y otra vez de diferentes formas. Poder soportar el dolor de la verdad propia requiere de mucha humildad y es un proceso lento. Se va ganando poco a poco, a menudo a base de deshacer la humildad impostada. Acceder a esa verdad es volverse más real, más vivo.
