El simbolismo del árbol, como el del resto del mundo vegetal, nos habla de la necesidad de un enraizamiento profundo gracias al cual es posible elevarse hacia el cielo, la parte visible del árbol a menudo nos hace olvidar su parte invisible, pero no era así para quienes desarrollaron una capacidad de enraizamiento profundo de la visión, es decir, la capacidad para ver más allá de lo aparente. El árbol ha sido en todas las mitologías un símbolo del axis mundi, que atravesaba y comunicaba los tres mundos de la realidad sagrada: el cielo, la tierra y el inframundo. No debemos olvidar que la palabra cultura proviene precisamente de un verbo latino que significa 'cultivar', es por ello que la representación de vegetales en la descripción simbólica del hombre arcaico y tradicional está al servicio de una visión sagrada del mundo.
"El eje del universo es una escala en la que hay un perpetuo subir y bajar. Haber talado el árbol es haber alcanzado su cima, y emprendido el vuelo; es haber devenido la Luz misma que brilla y no meramente uno de sus reflejos."Habiendo cortado y talado el árbol con el arma de la gnosis, y deleitándose en adelante con el espíritu, nadie retornará allí de nuevo."Coomaraswamy, El árbol invertido
En el texto upanisádico leemos: "Tiene sus raíces hacia arriba y sus ramas hacia abajo" (Ka. Up. II, 6, 1). También lo encontramos en el Purana: "Brota de la raíz como lo inmanifestado, crece por la potencia del mismo Uno. Y tiene una gran inteligencia como tronco mientras los huecos son las aperturas de sus órganos. Los grandes elementos son sus ramas, y tiene a los objetos percibidos como sus hojas. El bien y el mal son sus bellas flores y la felicidad y el sufrimiento los frutos que sostiene. Este árbol eterno dirigido por Brahman es el ámbito existencial de todas las criaturas. Es en verdad el asiento de Brahman. En él habita por siempre". Una vez derrivado y partido este árbol con la gran espada de la Verdad, se alcanza la plenitud del Ser y ya no se vuelve de allí (Mbh. As. 47, 12-15). El árbol tiene sus raíces hacia arriba y está formado por la ilusión de la existencia mundana, por eso tiene sus ramas hacia abajo. Ese árbol con sus rama hacia abajo no dura ni siquiera hasta mañana.
Este eje de conexión entre el cielo y la tierra se encuentra también en la tradición judeo-cristiana, en donde también representa la sabiduría divina (Proverbios 3,18: «Ella es un árbol de vida para quienes la retienen»). El árbol es un canal de revelación espiritual, pero además, en el cristianismo, el árbol supera la metáfora y se integra en una lectura teológica compleja que combina simbolismo, misticismo y escatología. En el cristianismo, el árbol se vincula directamente con la crucifixión de Jesús, la lectura teológica ve en el árbol de la vida una prefiguraicón de la cruz, que a su vez es fuente de redención y de nueva vida. Ya no es solo un árbol del jardín, sino que se convierte en un árbol de la fe, plantado en el corazón de los creyentes.
Este eje de conexión entre el cielo y la tierra se encuentra también en la tradición judeo-cristiana, en donde también representa la sabiduría divina (Proverbios 3,18: «Ella es un árbol de vida para quienes la retienen»). El árbol es un canal de revelación espiritual, pero además, en el cristianismo, el árbol supera la metáfora y se integra en una lectura teológica compleja que combina simbolismo, misticismo y escatología. En el cristianismo, el árbol se vincula directamente con la crucifixión de Jesús, la lectura teológica ve en el árbol de la vida una prefiguraicón de la cruz, que a su vez es fuente de redención y de nueva vida. Ya no es solo un árbol del jardín, sino que se convierte en un árbol de la fe, plantado en el corazón de los creyentes.
« Por el árbol, el hombre cayó; por el árbol, el hombre es salvado. » – Ireneo de Lyon
La riqueza profunda que nos transmiten los matices diferenciadores entre el Árbol del Conocimiento y el Árbol de la Vida nos permiten encontrar algunas claves para ir más allá de lo aparente. Es muy habitual que estos dos árboles se confundan, con los ojos exteriores no se distinguen, pero tienen funciones muy diferentes. Uno es un don gratuito, el otro una tentación que conduce a la caída. Pero cuidado, no se trata de una oposición maniquea, no es que el fruto del conocimiento del bien y del mal sea malo en sí mismo, pues es la caída la que nos lanza a la vida del mundo terrenal y carnal (la que nos da vida). El misterio de este conflicto está en la desobediencia, es decir, en la capacidad humana para elegir apartarse de Dios. El verdadero conocimiento es inseparable de la verdadera vida que se obtiene con la obediencia espiritual, es decir, sometiéndose a la libertad. El Árbol de la Vida es la vida por la gracia, el Árbol del conocimiento es el conocimiento por transgresión.
Y expulsó al hombre, y puso querubines al oriente del huerto del Edén, con una espada encendida y que giraba para guardar el camino al árbol de la vida (Gén 3,24).
La prohibición de Dios es también la ley que estructura el deseo. Sin prohibición, sin límite, no habría por donde empezar el camino. Tanto el pecado en el Evangelio como la falta en el psicoanálisis, a partir de lenguajes distintos, nos hablan de una misma estructura constitutiva de la existencia del ser de lenguaje: la división interior del sujeto, el surgimiento del deseo (a partir de la ley) y la responsabilidad frente a la propia verdad. Reconocer y asumir esta falta es la condición de toda libertad auténtica. Entrar en el orden simbólico implica una pérdida inevitable: algo del ser queda fuera de la representación. Esa pérdida es la falta, condición estructural del deseo. La falta abre el espacio del deseo, pues nunca el sujeto coincide ni consigo mismo ni con los objetos que busca. No aceptar esa falta es vivir en la esclavitud.
Más tarde, en el Apocalipsis de Juan, encontramos este Árbol de la Vida en la visión de la Jerusalén celestial:
En medio de la plaza de la ciudad, y a ambos lados del río, estaba el árbol de la vida, que producía doce cosechas, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol servían para la sanación de las naciones (Jn 22,2).
El Árbol de la Vida se convierte en un símbolo de esperanza y transformación, el Apocalipsis de San Juan convierte el Edén terrenal en un lugar escatológico, equiparando este paraíso con la Jerusalén Celeste. La teología cristiana define el primitivo jardín del Edén como terrenal, y solo posteriormente a la caída, éste se convierta en celestial. La poética del Apocalipsis expresa la tensión entre el deseo humano y las normas culturales que intentan contenerlo, son fuerzas que la civilización nunca logrará domesticar por completo. Por eso, incluso en la historia más oscura y terrible, en la aparente derrota total y en el fin de los tiempos, el deseo humano y la posibilidad de transformación permanecen vivos, y con ellos la posibilidad de la restauración y la salvación humana. El verdadero ser del hombre está en el Espíritu, por eso, lo que uno sea ahora en el Espíritu, lo será después de la muerte.
Ante Dios, no hay ni ser ni propiedad mas que en el Espíritu; lo que era exterior debe llegar a ser interior, y lo que era interior será exterior: busca el jardín en ti mismo, en tu indestructible Substancia divina, entonces esta te dará un jardín nuevo e imperecedero.
Frithjof Schuon



