Un río que a veces es mar

 

Foto de Miguél Ángel, extraída de aquí


Un río que a veces es mar. Transforma nuestras costas cuando se desborda, como las lágrimas saladas afloran antes de ahogarse en el mar. El mar retrocede, pero el río no puede hacer más que avanzar, en espiral, sinuoso, haciendo curvas para tratar de controlar ese avance que no soporta la línea recta. Nunca desde el mismo lugar, como el duelo, que insiste, sin anuncio, sin fecha, sin calendario, no voluntario, inconsciente.

El río desbordando acoge algo de esa fuerza tenebrosa e incontrolable del mar, para encauzarla, y transformar nuestros márgenes. El aparato psíquico necesita fragmentar la pérdida. Cada recuerdo, cada escena, cada gesto mínimo es una resistencia a desinvestir, retirar la libido del objeto perdido, como las olas que se retiran de la orilla pero vuelven después con más fuerza. Un duelo que hace del agua dulce un vergel, para que el agua salada no destruya a su paso todo rastro de vida, permitir que el río desborde para que el mar ya no arrase. Un día llegas y el margen del río es otro, sin previo aviso, sigue ahí, pero la costa es otra.