Pero Jesús lanzó un fuerte grito y murió. En ese momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y el centurión que estaba frente a él, al verlo morir así, dijo: «En verdad, este hombre era Hijo de Dios.» (Marcos 15, 37)
Cuando el velo del templo se rasga, el lugar más Santo aparece ante nuestros ojos, el que evidencian las palabras del centurión al reconocer a Jesús como Hijo de Dios.
«Hacia la hora sexta, las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona. El sol se eclipsó y el velo del Templo se rasgó por medio. Y Jesús con fuerte voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y dicho esto expiró» (Lc 23, 44-46)
La cruz se convierte ahora en eje del mundo entero; ya no duelen los clavos, no pincha la corona de espinas su cabeza, no avergüenza su desnudez y sus heridas, no tiemblan sus rodillas, el pecado y la muerte han fracasado… Ya solo queda el eco de su última palabra, eco que traspasa todo y lo hace todo nuevo.
Un velo se rasga en el templo mientras otro se pone en el cielo, el mundo exterior se cubre de tinieblas para que una luz se abra en el interior de cada uno, el Santo de los Santos. La Revelación aparece en la dialéctica del mostrar y ocultar, de lo visible y lo invisible, revelar es mostrar y a la vez volver a velar, pues no todo puede ser dicho. En esa distancia del no-todo está la posibilidad de una verdad que surge para transformarnos. Ahora, nuestros cuerpos son nuestros templos, nuestras almas son nuestras ventanas, nuestras mentes son nuestro Cohanim y nuestros instintos animales, nuestros sacrificios.
