Hay una ola de mar que se desata destructiva y que trata de engullirme y arrastrarme hacia eso que Freud llamó pulsión de muerte. Esa ola revive especialmente en el día de mi cumpleaños. Ahora entiendo el motivo por el que, hace unos años, dejé de celebrarlo. Hay algo que marcó para siempre esa fecha y se convirtió en marca de la bestia que el cuerpo recuerda por sí solo y acecha cuando bajo la guardia.
Tengo miedo de esa bestia y no puedo negar que el miedo me ha ayudado a crecer. Tengo miedo de ese agujero negro, he estado en él sin saber lo que era, cuando el no querer saber podía servir de excusa. Pero mejor que el miedo a la bestia es el miedo a no querer saber. Es el miedo que cuido como un tesoro. Deshacerse, lo más suavemente posible, del pegamento mortífero, y hacerlo, además, sin llamar la atención.
Son muchos los autores que me guían en el camino, sin embargo, he de decir que mis maestras de la vida han sido siempre mujeres. Las 2 mujeres más brillantes con quienes he tenido la suerte de cruzarme, a ellas se lo debo todo. Ellas me han transmitido la fe, y lo curioso es que, especialmente una no tiene ninguna relación con lo espiritual o el cristianismo. Verdaderamente, hay creyentes que no saben que lo son, e importa bien poco.

