Yo no sabía lo que era la fe. No podía saberlo, porque la fe no proviene de uno mismo. La fe, la esperanza y la caridad se reciben, el misterio de estas tres virtudes teologales son, probablemente, la clave para entender el amplio espectro de herejías que se han desarrollado en la actualidad.
Frente a la incapacidad para recibir estas virtudes acompañadas de su misterio, algunas herejías, como por ejemplo el gnosticismo, prefirieron proponer un conocimiento secreto o superior, frente a esa fe sencilla imposible de aprehender. No se puede secuestrar lo que el otro nos ofrece gratuitamente. No es posible amar si alguien no nos amó primero, no es posible tener fe si alguien no ha tenido fe antes que nosotros.
«El cristiano nunca está solo. Hace el bien no por un esfuerzo titánico de compromiso personal, sino porque, como humilde discípulo, camina detrás del maestro Jesús. Sigue el camino. El cristiano posee las virtudes teologales, que son el gran antídoto contra la autosuficiencia»
Jorge Mario Bergoglio
Yo nunca había imaginado que podría llegar, por la encarnación, a vivir algo de ese misterio cristiano escondido en la capacidad de recibir. Sin el otro no somos nada y no siempre el que aparenta ofrecer ayuda es quien está dispuesto a darla. Es necesario leer a Cristo en las personas, a través de ellas nos habla, y a través de ellas caminamos tras el maestro. Tampoco nunca habría imaginado que llegaría a citar al Papa Francisco.
Incluso los hombres y las mujeres moralmente irreprochables corren el riesgo de volverse engreídos y arrogantes. Porque «el orgullo es un veneno, un veneno poderoso». «Una persona puede haber realizado una montaña de obras buenas, puede haber cosechado elogios y alabanzas, pero si ha hecho todo esto solo para sí, para ensalzarse, ¿puede seguir llamándose una persona virtuosa? No». Además, y osadamente, nosotros añadimos a las palabras del Papa Francisco, no sólo "para ensalzarse", también "para disminuirse".
Sin la fe es imposible agradar a Dios, dice San Pablo (Heb. 11,6). El concilio de Trento comenta estas palabras inspiradas: “Somos justificados por la fe porque la fe es el principio de la
humana salvación, el fundamento y la raíz de toda justificación”.
La fe es entonces como la raíz de la planta, el sustento, la fuerza de la roca, de la piedra. La raíz es principio vital que penetra en los suelos a buscar el sustento de la planta. La fe arraiga así en el hombre buscando la inteligencia de la revelación; cree y busca; asiente a la palabra de Dios y busca la inteligencia de la fe; el acto de fe fue definido por San Agustín: pensar con asentimiento.
La fe desaparece porque ya pocos creen en lo que dicen. Se dicen cosas únicamente con el objetivo de agradar a quien consideramos superior, que no es lo mismo que respeto. El respeto se dirige a toda persona porque, por pequeña e ignorante que la consideremos, tras ella está siempre Cristo. Y el cristiano no se aferra a personalidades concretas convertidas en ídolos, el cristiano sigue a Cristo y por eso aprende a respetar a las personas. Como dice Luciano Lutereau, "el respeto es una virtud vincular que no depende del amor ni del miedo, que los trasciende, para afirmarse en una autoridad que es del vínculo: si yo no te tratara con respeto, no me respetaría a mi mismo".
Dice Santo Tomás: “La infidelidad (herejía o apostasía) es lo que más
aleja de Dios, porque priva hasta de su verdadero conocimiento, y el conocimiento falso de Dios, no acerca sino que aleja más al hombre de Él; y no podemos decir que conoce
algo de Dios el que tiene de Él una opinión falsa, porque eso que él piensa no es Dios.” (II-II, 10,3).
A día de hoy contamos con una
incredulidad firme en la negación de la Revelación divina; una incredulidad qué se justifica en infinidad de recursos aparentemente "científicos". El intelectualismo es, de hecho, una consecuencia de la falta de fe.
En esta etapa de la secularización, la moral no es un movimiento hacia Dios; no tiene en cuenta el último fin de la vida humana. Es un movimiento inmanente, que nace en el mundo y muere en él. Por eso el falso moralismo de la sociedad secular se vuelve tan insoportable. Al desaparecer la fe, desaparece también la teología, el abandono de la teología es sustituido por la antropología. Pero la teología es una reflexión sobre la fe. Como tal tiene valor en sí misma independiente de toda utilidad. Además la teología tiene una función de servicio al pueblo de Dios, está inmersa en la historia y nos ofrece claves para entenderla.
Los antiguos maniqueos decían: lo
espiritual es de Dios: lo material es del Diablo. Los neo maniqueos afirman: lo
espiritual pertenece a Dios; lo humano y social pertenece al Hombre, que divide su dominio con el Dios verdadero. Aunque tampoco sabemos si aquello espiritual pertenece solamente a Dios, pues las leyes del pluralismo parecen estar por encima de Dios. El problema de la Iglesia frente al mundo, del hombre y la fe, de lo sacro y lo profano, natural y sobrenatural, no se resuelve por un sistema de tensiones en el que debiéramos poner aquí lo bueno y allí lo malo. La complejidad del concepto de mundo, o del concepto de profano, es recogida por la Escritura y por los Evangelios. El mundo creado por Dios donde el hombre vive no es malo.
E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. 27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Gén 1, 26-28).
Otro mundo es el fabricado por el hombre, el fruto de su industria; tampoco en sí mismo, podemos decir que sea malo; habrá bien o mal, según el uso que hagamos de él. Y existe un tercer mundo, del cual dice San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en la caridad del Padre” (I Jn. 2,15). Se trata del mundo que no debemos admitir. San Juan mismo especifica qué es este mundo: “Porque todo lo que hay en el mundo: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre sino que procede del mundo” (v. 16).
La corriente gnóstica reflejada por el Evangelio de Juan quedó sabiamente incluida y recogida por el cristianismo, que integra la polaridad del mundo sometiéndola al único Dios.
El hombre vive en los tres mundos y debe combatir este último que lo aleja de Dios, y lo lleva al error. No es que el hombre deba optar en un sistema de tensiones contrapuestas, y que la opción deba resolverla la historia o la cultura. El mundo se salva y se salvará hoy y mañana, como ayer, por el misterio de la Cruz; el grado de evolución técnica o cultural no cuenta para nada. El hombre actual y de siempre es señor del mundo; pero para salvarse será crucificado.

