El misterio de la Cruz



La Cruz es un símbolo equivalente al árbol de la Vida, el que estaba en el jardín de Edén y para el cual Dios no estableció prohibición alguna.

Hay algo en el misterio de la Cruz que ilumina el día a día si la tenemos presente para recordar lo esencial de la vida, mientras todos los esfuerzos del mundo operan en la dirección contraria (los del árbol de la ciencia). El misterio de la cruz es un camino de retorno al corazón, es un axis mundi que nos orienta para saber cuál es el verdadero sentido del éxito. La Cruz es el ejemplo más transformador por el cual todo se invierte y aquello que los hombres del tiempo de Jesús (y también los de hoy) consideraron como el mayor fracaso imaginable, fue, sin embargo, el más grande de los éxitos que sigue a día de hoy transformando el mundo. La fortaleza de Dios se manifiesta en la debilidad, la luz en las tinieblas, la vida en la muerte.

Por todos lados nos bombardean acerca de qué debemos leer como indicadores de éxito, tales como números de asistentes, de oyentes, de usuarios, compradores, de cuantos miembros tenemos en nuestros grupos, cuantos seguidores o cuantos likes tenemos en redes sociales, cuantos medios nos citan, cuánta influencia social logramos, etc… Aprender de la lógica de la Cruz es tener muy presente que los criterios del éxito no son los del prestigio, la influencia, o la visibilidad social. Los criterios de éxito, según la lógica de la Cruz, están en esa confianza radical de que Dios aparece en nuestra historia justo allí en donde creemos que no está, justo cuando creemos que nos equivocamos y que nos abandona. En lo que a nuestros ojos aparece como más insignificante, inútil y sin valor, es en donde, en contra de todo criterio predominante, aparece lo verdaderamente valioso.

La idea predominante de Dios que existía tanto en los tiempos de Jesús como en la actualidad, es que Dios (o los dioses, en el Imperio Romano), administran su justicia según unos criterios de exigencia que obligan a los creyentes a cumplir con unos requisitos de cercanía a Dios según los cuales ser considerados justos, buenos, puros, religiosos. Dios estaría en una esfera elevada de pureza y perfección, y a medida que los creyentes se acerquen a esa cumbre de la montaña, se parecerían más a Dios. Según esa medida, los creyentes se consideran más puros, más, santos, o más perfectos, algo no muy alejado de lo que sucede también en nuestra sociedad secular. Aunque no se hable de Dios, existen criterios de perfección, de éxito o de santidad, en relación a lo que una sociedad considera elevado y grandioso. Estos criterios conforman la teología que se encuentra siempre de fondo, según la manera en la que una sociedad se construye. La manera de entender a Dios en cada época va de la mano de aquellos valores que una sociedad considera elevados, culmen de la perfección. Según estos criterios, uno de los aspectos elevados de nuestra sociedad es la meritocracia, creerse que uno es el fruto de su esfuerzo y que merece la recompensa de haberse ganado lo que consigue gracias al esfuerzo de su trabajo. Ser honorable y rico es lo que se sitúa en la cima de la montaña, sin embargo la lógica de la Cruz nos enseña que esto es completamente al revés. La idea transformadora de justicia que aparece en la Cruz es que Dios no se revela en la montaña de pureza, de dignidad, o de honorabilidad, según nuestros criterios mundanos, sino que se revela en los más bajos criterios del honor y del prestigio que tenemos los humanos. La Cruz es lo más contrario a casi cualquier idea preconcebida de lo religioso. La Cruz convierte la abominación en el modo paradójico de descubrir a Dios. Lo transformador de esta idea, que estaba ya en la tradición judía, es que Dios no exige de las personas unos niveles de pureza o de santidad, no exige conocimientos ni sabiduría, sino que acoge todo lo que nosotros consideramos limitaciones, todo lo que a nuestros ojos aparece como ignorancia, o lo que consideramos despreciable en nosotros mismos, lo vulnerable y lo diminuto, todo eso lo acoge como valioso, en su función misma de agujerear el lenguaje. El lapsus, el error, el olvido, el chiste, el sueño, en definitiva, el saber que surge del inconsciente tiene siempre relación con el Amor. El deseo es precisamente el efecto de la falta, de lo imperfecto. El deseo no es instinto ni intuición benévola, sino conflicto, no es una voz interior sabia, sino una división que nos determina. Lo que el deseo nos revela no siempre coincide con el ideal de bienestar y por eso es conflictivo, no es pacífico, a menudo va en contra de lo que el mundo valora.

Según Romanos 11:32, Dios encerró a todos (tanto judíos como gentiles) bajo la desobediencia y el pecado para tener misericordia de todos. No se trata de una condena fatalista, sino de un diseño divino, una división estructural para salvar a la humanidad, precisamente por sabernos necesitados de salvación, por sabernos pequeños es que podemos alcanzar lo grande. Por eso, el escándalo del pecado ajeno es una hipocresía, nadie está libre de pecado, y lo inadecuado no era para escandalizarse, sino para descubrir la necesidad que todos tenemos de Dios.

Según la metáfora del olivo, Pablo compara el pueblo de Israel, elegido por Dios con un olivo, cultivado, cuidado y de jardín, pero que sin embargo no da fruto. Para que de fruto, dice Pablo que debe injertarse un olivo silvestre, es decir un injerto de aquello que los judíos consideraban impuro y despreciable: los gentiles. Pablo utiliza la imagen de un olivo para hablar de la gracia de Dios, quien, a través de Cristo, ha permitido que aquellos que no pertenecían originalmente al pueblo de Israel, como los gentiles, puedan ser “injertados” en la familia de Dios. Por la gracia de Dios también nosotros hemos sido incluidos en su Promesa, pero no por méritos propios, sino por su misericordia.


17 Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, 18 no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. 19 Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. 20 Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. 21 Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te perdonará. 22 Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. 23 Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados, pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. 24 Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más estos, que son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo
? (Rom 11, 17-24).