Mito de Abraham



No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios (Gen 22,2).


La tradición de los mitos fundantes griegos se sostenía en el conflicto de poder expresado a través del deseo de matar al padre. El padre que mata a su hijo es el padre que no quiere renunciar al poder y el hijo que mata a su padre es el hijo queriéndose hacer con el poder, en términos míticos esta historia de asesinatos entre padres e hijos describe exactamente lo que es el poder en todos los tiempos. En los mitos más antiguos recogidos por Hesíodo en su Teogonía, la sucesión del trono entre los dioses se daba mediante guerras parricidas y fratricidas. Hubo un tiempo en que Urano reinaba de manera absoluta en el cielo. Los Cíclopes, sus hijos más rebeldes engendrados con Gea, amenazaron con destronarlo, por lo que fueron enviados al lugar más profundo del Tártaro. La Madre Tierra instó entonces a sus otros hijos, los Titanes, para que urdieran una insurrección contra su padre. Crono, armado con una hoz, atacó a su padre mientras dormía, lo sujetó con la ayuda de sus hermanos, lo castró y lo arrojó al mar. De las gotas de sangre de sus genitales que cayeron a la Tierra nacieron las Erinias que en adelante serían las encargadas de vengar los crímenes de parricidio. De los genitales de Urano, caídos en el mar, nace la diosa Afrodita/Venus del amor. Los Titanes nombran a Crono como soberano del mundo y liberan a sus hermanos, los Cíclopes. Pero una vez en el trono y al considerarse el amo absoluto los regresó al Tártaro y tomó por esposa a su hermana Rea. Urano profetizó que Crono sería destronado por uno de sus hijos, como le había sucedido a él, repitiendo así el tiempo cíclico que todo lo consume y la ley del eterno retorno.

Crono consigue ser el rey del mundo, sin embargo, descubre que con el hecho de apoderarse del poder, viene aparejado el miedo a perderlo (angustia de castración). Este es el motivo por el cual Crono vivía atormentado, pues sabía que tarde o temprano sería destronado. Lo paradójico de este hecho es que el reinado de Crono coincidió con el período de la Edad de Oro, es decir, la época mítica en la que no existía el mal, todos vivían en paz y no habría motivo para temer ningún acto violento. Ni siquiera este hecho sirvió para aplacar su angustia de castración. Por el miedo a ser destronado, decidió devorar a todos sus hijos, de manera que se tragó a Hestia, Démeter, Hera, Hades y Poseidón. Y de nuevo la madre, Rea, defendiendo la continuidad de la vida, conjuntamente con el poder destructor de Crono, salva a Zeus mediante un engaño. Harta de parir para alimentar a su esposo, decidió sustituir a su último hijo por una piedra convenientemente envuelta en pañales, que Crono engulló sin sospechar engaño alguno. Fue de ese modo como se salvó Zeus, al que su madre llevó a una cueva de la recóndita isla de Creta para que pudiera crecer libre de la amenaza paterna. Una vez creció y se convirtió en un apuesto dios, Zeus fue al encuentro de su padre y le hizo vomitar, uno a uno, a sus hermanos. Este hecho desató la guerra, pues Crono llamó a sus hermanos los Titanes para enfrentar a Zeus y el resto de sus hijos. El universo se vio de ese modo sacudido por una guerra cósmica, la Titanomaquia, en la que acabó imponiéndose Zeus y sus hermanos. La acción llevada a cabo por Crono con Urano presenta similitudes con lo que narran unos mitos aún más antiguos que el griego. Así, en la mitología hitita y hurrita, el dios del cielo Ani fue castrado por su hijo Kumarbi, quien no recurrió a una hoz como Crono, sino a sus propios dientes. Otra variante es que, a raíz de ese hecho, Kumarbi quedó embarazado y acabaría alumbrando a Teshub, el dios de la tormenta (como también Zeus es el dios del trueno).

La tradición de los mitos fundantes griegos sostenía, únicamente, la legitimación del poder y nada más, sin embargo el mito de Abraham es algo verdaderamente radical, pues un mito fundante crea una continuidad que es muy difícil romper y que, a través de muchas rupturas aparentes, vuelve a imponerse con formas nuevas. Todos los mitos fundantes crean un sentido de pertenencia a la raza y permiten, además, entender los propios orígenes. El mito fundante del monoteísmo tardó siglos en crear una nueva continuidad, pero no sólo invirtió la idea de la castración como una aniquilación y pérdida total del poder, sino que, entendió la castración como la mejor y más creativa forma de perpetuar el poder del padre a través del hijo.

La castración simbólica, transmitida de padres a hijos (no de hijos a padres) era la fuente del crecimiento, y por tanto la mejor manera de perpetuar el poder. El padre ya no debía vivir con miedo a ser castrado por el hijo, sino que él mismo, al dar a su hijo la capacidad para soportar la pérdida de poder, haría de su legado algo indestructible. Los genitales extirpados de Urano engendrando a la diosa del amor tras ser lanzados al mar ya empezaban a dar una pista de que quizás la castración podía ser el secreto de la vida. Pero el mito de Abraham, además de trascender las cuestiones de poder, trajo también otra de las más grandes transgresiones que todavía hoy muchos no aceptan ni entienden: su interpretación dentro del nivel histórico y literal.

Los análisis modernos del mito ponen todo su arsenal de supuesta defensa del mito desechando, precisamente, su valor literal, histórico. El deseo moderno por defender el valor instructivo y bucólico del mito no puede aceptar el contenido violento real que, precisamente, dió origen al mito (parece que les gusta lo mitológico, pero tampoco mucho). Es este el motivo por el que se desechan las interpretaciones literales judeo-cristianas. A los modernos les gustan los mitos mientras estos no se conviertan en un instrumento capaz de hacer cambiar la historia de las personas. La interpretación literal que introdujo el monoteísmo, y con ello, la participación de Dios en la historia, supuso la herramienta más revolucionaria que todavía hoy desestructura a cualquier régimen.

Muchos autores modernos entendieron que la interpretación literal del mito era dogmática y desastrosa. Joseph Campbell y Patrick Harpur, entre otros autores especialistas en mitos, han abordado críticamente el punto literal. Señala Harpur en el El fuego secreto de los filósofos: “La psicología analítica nos ha enseñado que los mitos son las historias del alma. Si queremos comprender la psique occidental, tenemos que estudiar sus mitos… esto no significa que tengamos que creer en ellos (en los dioses) como personas literales". Por supuesto, se refiere a la psicología analítica de Jung, no a la de Freud.

El peligro de pretender eliminar los aspectos violentos de la vida puede, de hecho, generar más violencia, por eso es necesario profundizar sin miedo en su aspecto literal, es más, adquiere todavía más valor y significado que si nos quedamos únicamente con el aspecto metafórico o espiritual. La importancia del rigor de la exégesis no es un capricho. El nivel histórico o literal del relato de Abraham debe entenderse dentro del contexto de la época, en la que, precisamente la ley de Dios que imponía la sociedad de ese momento era sacrificar al primogénito (los sacrificios humanos eran práctica común entre numerosas tradiciones de la época). Los relatos de la tradición yahvista dieron forma a esta historia en la que precisamente alguien se había atrevido, por primera vez, a romper con las costumbres sádicas de la cultura. Una revelación divina que le permitió a Abraham enfrentar la ley de su época y empezar a ser quien de conocer mejor la verdadera Ley divina, la que engendra vida y no muerte. Este hecho le obligó a Abraham a salir de su tierra, pues seguramente sería despreciado y
mal visto por la sociedad de su tiempo. Todavía hoy sigue sucediendo así, por tanto, en nada nos debería extrañar, quien se atreve a defender la Ley de Dios por encima de las costumbres y las maneras de hacer de cada época, a menudo sigue siendo despreciado por su entorno.
En la expresión que usa Dios para presentarse a Abraham: "Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de Ur de los Caldeos y te doy posesión de esta tierra", se evoca, de hecho, la historia del éxodo, de Egipto, de la casa de la esclavitud. En definitiva, Abraham es también la anticipación de un nuevo éxodo y Dios el que libera, el que hace nacer una vida nueva, una vida plena marcada por la libertad.