Sabiduría



«Reconocemos la Sabiduría de Dios, verbo coeterno del Padre, construyéndose una casa en el seno virginal»
San Agustín

«La sabiduría ha edificado su casa, ha labrado sus siete columnas» (Prov 9,1)

La Sabiduría es una figura misteriosa que se nos escapa de las manos cada vez que intentamos agarrarla, cada vez que intentamos colocarle una etiqueta para asegurarnos de su identidad, o incluso cada vez que pretendemos asociarla a una identidad personal e individual. El afán del Texto bíblico y en particular de la tradición sapiencial es personificar a la Sabiduría para evitar la erudición de las personas. Los sabios hacen grande a la Sabiduría y no la sabiduría hace grande a los sabios. Esa figura misteriosa se pasea por el Antiguo Testamento, por las páginas de los libros de los Proverbios, Job, Sirácida, Baruc y Sabiduría con los rostros más variados: es niña, hermana, joven, novia cortejada y esposa acogedora. Rostros siempre distintos, pero siempre rostros de mujer. La Sabiduría es femenina porque es precisamente lo que menos soporta etiquetas, lo femenino es misterio inclasificable, no existe una "esencia" de lo femenino. Mientras la herencia paterna se articula en un proceso de identificación idealizadora, la materna parece detenerse ante la imposibilidad de transmitir lo que es una mujer. El propio sexo femenino rehuye la representación, está oculto, se sustrae a la evidencia fálica. Por eso Freud, muy acertadamente, supo ver que "el rechazo a lo femenino" no atañe solo a los hombres, sino que también se traslada a las mujeres. Las feroces críticas entre madres e hijas tienen que ver precisamente con la culpabilidad por no haber hecho posible un acceso gratificante a la feminidad. La hija exige de la madre la clave para acceder a la feminidad, sobre todo si se trata de una madre que precisamente se coloca en posición de tener tal respuesta. La solución del enigma de la feminidad carece de modelos, es singular, antiuniversal y particularísima. La mujer que no acepta su feminidad, en herencia directa de su propia madre, pretenderá encontrar la respuesta a este enigma en la dependencia de un hombre, que le de la impresión de poseer, de forma ilusoria, la verdad sobre ese enigma. Convertirse en objeto de un hombre es una manera de rechazar inconscientemente su feminidad, caldo de cultivo para la violencia en la pareja. Pero no sólo la relación de pareja en el sentido tradicional es una forma en la que la mujer puede buscar su feminidad, convirtiéndose en mero cuerpo-cosa, instrumento reducido a objeto de goce. También las mujeres pueden doblegarse al fantasma masculino de poder y reconocimiento social con la ilusión de que coincidir plenamente con este les permita esquivar la dificultad de subjetivar el misterio del deseo femenino. El misterio de lo femenino nos obliga a hacer un trabajo individual que nadie puede hacer por nosotros y que ninguna bandera, ningún "ismo" podrá nunca contener. El rechazo del misterio es rechazo de lo femenino.

La Virgen María es toda ella misterio, además es también mujer sabia que calla ante el misterio y exulta de gozo ante las maravillas del Señor. Mujer sabia que medita en su corazón y guarda la ley, mujer sabia que teme al Señor y descubre el justo valor del silencio y de la palabra.


Magnificat

Proclama mi alma
la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios,
mi salvador;
porque ha mirado la humillación
de su esclava.
Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho
obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
–como lo había prometido a nuestros padres–
en favor de Abrahán
y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo.

Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Amén.


“La bienaventurada Virgen María habla con base en su experiencia, habiendo sido iluminada e instruida por el Espíritu Santo; de hecho nadie puede comprender correctamente a Dios y Su Palabra, si no se lo concede directamente el Espíritu Santo. Pero recibir ese don del Espíritu Santo, significa hacer la experiencia, probarlo, sentirlo; el Espíritu Santo enseña mediante la experiencia como en una escuela, fuera de ella no se aprende nada más que palabras y palabrerío. Por lo tanto la santa Virgen, habiendo experimentado en sí misma que Dios había obrado grandes cosas en ella, por más humilde, pobre y despreciada que fuera, el Espíritu Santo le enseña este gran arte de comunicar la sabiduría…» (Martin Lutero, Comentario al Magníficat, introducción).

La Virgen es la Sede de la Sabiduría, no porque haya hablado, no porque haya sido doctora de la Iglesia, no porque se haya sentado en una cátedra, ni porque haya fundado una universidad; es la sede de la sabiduría porque dio a Cristo al mundo, la Sabiduría encarnada. La Virgen es Sede de la Sabiduría porque realizó un hecho.

Elogio de la sabiduría

22 Hay en la sabiduría un espíritu inteligente, santo,
único, multiforme, sutil, móvil, lúcido, puro,
claro, inofensivo, amante del bien, penetrante,
23 independiente, bienhechor, amigo del hombre,
firme, seguro, tranquilo,
que todo lo puede y a todo está atento,
que penetra en todos los espíritus,
los inteligentes, los puros y los más sutiles.
24 La sabiduría se mueve mejor que el mismo movimiento,
y, a causa de su pureza, todo lo atraviesa y lo penetra,
25 porque es como el aliento del poder de Dios
y una irradiación pura de la gloria del Todopoderoso;
por eso, nada impuro puede entrar en ella.
26 Es reflejo de la luz eterna,
espejo sin mancha de la actividad de Dios
e imagen de su bondad.
27 Es única y, sin embargo, lo puede todo;
sin cambiar ella misma, todo lo renueva,
y al penetrar a lo largo de la historia en las almas santas,
las hace amigas de Dios, para que hablen en nombre de él,
28 pues nada es tan agradable a Dios
como el hombre que vive con la sabiduría.
29 Ella es más brillante que el sol
y supera a todas las estrellas;
comparada con la luz del día, es superior,
30 pues a la luz sigue la noche,
pero a la sabiduría no la puede dominar el mal (Sab 7,22-30).