«El Cantar de los Cantares vuelve las manos impuras, porque fue enunciado según el Espíritu Santo".
Tosefta13 Yadaim 2, 6
Todos los libros del canon bíblico son Santos, sin embargo, el Cantar de los Cantares, tal como se deduce de su propio título, es el Santo de los Santos. En la tradición judía existe una expresión para designar a los libros canónicos que en sí misma ya invita al enigma, y por tanto a detenerse. Cuando un libro se considera santo, dicen los judíos que “mancha las manos”, se trata de una expresión que choca bastante, pues parecería que, si es santo, debería ser tan puro, que más bien serían nuestras manos las que lo mancharían si lo tocan. Y es que, de hecho, estos libros requieren de una purificación ritual al finalizar su lectura, pues, al igual que el texto sagrado es comparado a la espada, porque cuando nos toca nos hiere, así también el libro sagrado nos mancha, no nos deja indiferentes, lo que provoca en nosotros es un estado perturbado, invertido. Este estado perturbado es superlativo en el Cantar de los Cantares, puesto que la realidad del amor es siempre trascendente. El amor erótico, en su propia estructura, está abierto a Dios.
La Biblia comienza con el amor humano en el Génesis y termina con una imágen esponsal:
Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente (Ap 22,17).
Desde las bodas de Adán y Eva hasta las bodas del cordero, se forma un gran marco esponsal, en cuyo centro se encuentra el Cantar de los Cantares: una explicación del misterio nupcial. Por eso, de algún modo, cuando accedemos al Cantar de los Cantares, accedemos al corazón de la Biblia, al misterio mismo del enigma de la Alianza, con toda su carga erótica y carnal. Como si la Revelación tuviera necesidad, para expresarse y darse a conocer, de pasar a través de esta realidad central de la vida humana: la experiencia más poderosa del amor, el más complejo de todos los amores. Dice San Agustín, que el Cantar es un enigma, y lo es ya desde el punto de vista literario, pues es el texto que más hapax legomenon tiene, es decir, palabras raras que aparecen solo una vez y de las cuales no se puede entender del todo lo que quieren decir en hebreo. Pero si el texto es un enigma, lo es sobre todo por el misterio y el peligro que conlleva el amor erótico.
Se trata de la dimensión antropológica de la sexualidad, inseparable de la teológica. La criatura humana, en su unidad de alma y cuerpo, está, desde el principio, cualificada por la relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es también alterada por la desarmonía entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteración no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que esta relación, buena pero herida, necesita ser sanada.Entre los muchos modos con que Dios se revela a su pueblo (cf Hb 1,1), según una larga y paciente pedagogía, se encuentra también la repetida referencia al tema de la alianza entre el hombre y la mujer. Se trata de algo paradójico si se considera el drama recordado por el Génesis y su reiteración concreta en tiempos de los profetas, así como la mezcla entre sacralidad y sexualidad, presente en las religiones que circundaban a Israel. Y sin embargo, este simbolismo parece indispensable para comprender el modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a Israel, su Esposa.
CARTA A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LA COLABORACIÓN DEL HOMBRE Y LA MUJER EN LA IGLESIA Y EL MUNDO
En efecto, el Cantar no existe en primer lugar para ofrecer a los exegetas temas de investigación arduos y eruditos, tampoco existe para alcanzar reconocimientos ni premios literarios sobre la belleza de su poesía. El Cantar de los Cantares existe por el mismo motivo que existe el mundo, es decir, por el amor de Dios. La palabra se nos presenta con su distancia y su proximidad necesarias para hacer que surja la vida, una palabra que propone sus caminos al reconocimiento de la inteligencia, de la sensibilidad y de la fe.
El amado y la amada tampoco tienen nombre, al igual que no lo tiene el discípulo amado de la tradición del Cuarto Evangelio y es éste, precisamente, quien más cerca está de Jesús. La imposibilidad de pronunciar el nombre de Dios nos acerca más a la posibilidad de acoger Su nombre en el interior. Lo mismo que se dice "Santo de los santos" para designar la parte más sagrada del Templo, reservada al sumo sacerdote que no penetra en él más que una vez al año, así también el "Cantar de los cantares" (Sir ha sirim, en hebreo) se define de antemano como una palabra incandescente. Por otro lado, es también de este modo como lo han considerado a lo largo de los siglos las tradiciones judía y cristiana. "El mundo entero no vale tanto como el día en que se le dio a Israel el Cantar de los cantares, porque todos los Escritos son santos, pero el Cantar es el Santo de los santos», decía Rabbí Aqiba en el siglo I de nuestra era.
Pero si partimos del título encontramos ya parte de su esencia condensada. Antes que nada, las palabras escritas en el Cantar son sobre todo voces que las cantan. Es un texto plagado de modulaciones, de vibraciones que producen las palabras en la oralidad, palabras que se intercambian y se responden. El Cantar es ante todo un mundo sonoro de llamadas, de ecos, de preguntas, de réplicas. No habla simplemente de amor, y no solo es un canto por ser expresado a través de la canción, sino, y sobre todo, por su capacidad para hacer resonar la palabra en quienes lo reciben. Tal es el poder transformador de la palabra, la palabra tiene la capacidad de actuar en el cuerpo de tal manera que éste puede estar vivo o muerto por el efecto que la palabra produce en él. Pero los efectos de la palabra a veces tardan en llegar al cuerpo, no siempre estamos dispuestos a recibirlos. El Cantar de los Cantares es, ante todo, un canto a la capacidad de recibir. ¡Canta al amor! Es el amor derramado en palabras. Las voces se entrelazan de tal manera que las palabras intercambiadas entre el amado y la amada no siempre resulta fácil averiguar quien las pronuncia. Los manuscritos y las traducciones están lejos de estar siempre de acuerdo sobre el reparto de las frases. Así por ejemplo, para unos es la mujer la que recomienda: "No molestéis, no despertéis al amor" (2,7; 3,5; 8,4); para otros, se trata de una exhortación del hombre; otros finalmente consideran que se trata de un leitmotiv que se encomienda repetir al coro. Esta ambigüedad manifiesta la expresión del amor en su unicidad pero sin borrar las diferencias, sin alejar lo masculino de lo femenino, ya que entonces desaparecería el diálogo. Lo masculino se conjuga con lo femenino, intercambiándose en una perfecta igualdad. Así, a las múltiples variantes de la mujer que celebra la belleza del amado hasta el punto de intrigar al coro: "¿Qué tiene tu amado más que los otros, tú, la más bella?" (5,9), responde la repetición de las exclamaciones "¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!" (1,15), repetido luego con variantes en 4,1 y en 7,7. Igualmente, a la confesión de la amada: "estoy enferma de amor" (2,5), hace eco la declaración del amado: "Me haces perder el sentido, hermana mía, novia mía" (4,9).
Casi todo en el Cantar es expresión directa que surge sin estar enlazado en ninguna narración: un «yo» que se dirige a un «tú», o que evoca a ese «tú» en el interior del monólogo. El Cantar se abre directamente con la palabra viva de una mujer que expresa su admiración y su deseo: "¡Que me bese con los besos de su boca!". La expresión es la de un suspiro interior que da lugar a una invocación directa al amado: "Tus amores son más deliciosos que el vino" (1,2b-4). En la triple repetición del versículo 2a, en torno a la palabra beso, que se percibe llena de sensualidad y sin rodeos, encontramos un mundo abierto de sonoridades en los que el sonido aparece en toda su potencia, independizándose del sentido. La sonoridad de la poesía del Cantar habla por sí sola, la palabra correcta pronunciada tiene el poder de vaciar de sentido el significante. Y en el centro mismo de la tradición sapiencial, el Cantar de los Cantares nos recuerda que no se trata tanto de ampliar conocimientos, sino de vaciar el saber que uno atribuye a determinados significantes. El Cantar de los Cantares nos invita a vaciar, las sensaciones sensitivas sirven de vehículo hacia lo más elevado y espiritual. En el Cantar de los Cantares, además de una danza en la que se entrelazan lo masculino con lo femenino, encontramos también una danza entre lo singular y lo plural, entre lo individual y lo universal. Así se ve reflejado en el versículo que dice: "Tira de mi y tras de ti correremos". Comienza en singular y termina en plural, comienza en presente y termina en futuro. También en el versículo que dice: "El rey me ha introducido en su cámara", nos invita a un viaje desde lo más universal a lo más íntimo. Según el comentario del rabí Rashi estos versículos hablan de la historia del pueblo de Israel, cuando éste estaba en Egipto y Dios tiró de él para que salieran de allí. La frase en pasado hace alusión a que ya en el pasado, Dios se reveló al pueblo de Israel y les otorgó la Torá, por eso hoy el pueblo está dispuesto a correr tras él. Cada generación tiene una forma diferente de vincularse con Dios, esa es también la singularidad que está siempre dispuesta a surgir cuando Dios tira de nosotros. En lo universal surge, con toda su potencia, la particularidad de lo pequeño, de lo singular, de la relación más íntima con el ser más grande del universo. El diálogo entre la doncella en singular y las doncellas hijas de Jerusalén también hace alusión a esta vinculación entre el uno y lo múltiple, entre Dios y su pueblo. Lo múltiple es lo terrenal, lo uno es lo divino, tanto la diferencia como la diversidad son propiamente humanas y no se pueden esquivar para llegar a lo divino. Es precisamente la indiferenciación entre lo uno y lo múltiple lo que ha hecho del Cantar un texto tan enigmático y tan difícil de ser encajado en un tipo de interpretación que deje de lado la otra.
En el Cantar, como en ningún otro libro de la Biblia, la naturaleza interesa por sí misma. Todos sus seres tienen vida, belleza y encantos. El hombre se mueve en ella como pieza de un todo, en que cada cosa tiene su función en una especie de convivencia rítmica y armónica. No hay apenas una región en todo el marco geográfico, ni una forma de paisaje, ni un reino de seres naturales, que no este representado en el Cantar con múltiples y prestigiosos ejemplares. El autor está sumergido en él y como acariciándolo a través de sus personajes. Estos se mueven siempre en montañas perfumadas y en jardines fértiles, como si la tierra fuera un paraíso del que el hombre y la mujer no hubieran sido nunca expulsados.
No hay en la naturaleza nada estático, toda ella vibra con el temblor de lo que renace y se abre, toda está en la actitud de algo que acontece. Son sus cualidades, sus tensiones, su capacidad evocadora lo que la convierten en lenguaje, precisamente aquello que no puede ser expresado de forma directa se hace sentir y comprender a través de las voces misteriosas que susurran en todos los seres. Por otro lado, no existe en el Cantar ni emoción nacionalista ni preocupación política, el amplísimo marco geográfico, desde el Mediterráneo hasta el desierto transjordano y desde el Líbano hasta el desierto sur, no implica connotación de ningún orden. El Cantar no se pregunta si todo ello pertenece o no a su nación. El escenario del Cantar se puede alcanzar desde cualquier país y desde cualquier paisaje, desde las cumbres más altas y desde los valles más profundos. Por toda esa área se puede decir que corre el mismo aire, el aire libre que requiere el tempo del Cantar.
