Goce femenino







Hay una pasión de lo ilimitado, de mantenerse en ese punto capaz de seguir siendo ampliado infinitamente, que es propio del goce femenino. Nuestra sociedad no le da mucha cabida a este tipo de goce (¿será por eso que la mitad de cosas con las que disfruta la gente no tienen el más mínimo interés para mi?), más sostenida en el goce fálico, en concreto el de lo imaginario. El goce femenino no se circunscribe a un órgano exclusivo, sino que afecta a todo el cuerpo, es un goce envuelto en su propia continuidad, impreciso e impenetrable, que hace que la mujer se experimente extraña aun para sí misma. Tal continuidad hace que la mujer no “acabe” aunque llegue al orgasmo, ya que éste no implica un corte, no implica un cierre como el del varón. Así, mientras que el hombre vivencia la experiencia del corte, en la mujer la vivencia es la de la apertura, que necesita recubrir con palabras de amor: es común la tristeza en las mujeres si el compañero no llama al día siguiente. Pero este simple ejemplo vale para ejemplificar la disimetría y enorme distancia entre los sexos, que no solo se manifiesta en el acto sexual, sino que ilustra diferentes psiquismos que dificultan el encuentro, la relación.

El goce de cada uno entra en conflicto con el amor, de manera que se convierte en su obstáculo más poderoso, su límite. El goce del otro nos pone en jaque, nos hace entrar en conflicto, nos impulsa a quitar la máscara de la idealización, si somos capaces, para acceder, un poco mejor, al rostro del otro, tan extraño al propio, es allí donde algo del amor puede emerger.

Traemos un par de textos, extraídos del Facebook de Psicoanálisis y Literatura, que nos han parecido interesantes para abordar la cuestión.

DIFERENCIAS ENTRE EL GOCE FEMENINO Y EL SUPERYOICO

1- El goce propiamente femenino.

Si bien se ha establecido cierto vínculo entre el goce femenino y el superyó, a partir del sin límites que caracteriza a ambos, esto no implicaría, a mi juicio, una equivalencia. Se trata de diferentes formas de satisfacción.

En “Aun”, Lacan sitúa cómo una mujer puede articularse al falo o a un más allá del mismo, este sería el goce propiamente femenino, apareciendo como ilimitado, sin una medida fálica. Lacan no articula en el seminario en ningún momento el goce propio de la mujer con la cuestión superyoica.

2- La génesis del superyó femenino.

La cuestión de la génesis del superyó femenino nos permitirá esclarecer lo que lo diferencia del goce femenino.

EL superyó femenino encuentra su raíz fundamentalmente en el periodo preedípico, en una relación con la madre que podría tornarse en estragante y que será la matriz de relaciones posteriores en algunas mujeres. El superyó freudiano es un concepto muy particular, proclamando imperativos insensatos, paradójicos. Manteniendo una afinidad con el ello. Su origen se da en el interior del yo, cuando una parte del mismo se vuelve contra sí mismo, volcando contra si una agresividad que estaba destinada a un otro. Freud nos dice que es "el cultivo puro de la pulsión de muerte".

Sentimiento de culpa, reacción terapéutica negativa, masoquismo, necesidad de castigo, delitos, melancolía, suicidios, son consecuencias directa de su accionar que puede resultar devastador. En este sentido la lectura que Lacan realiza del superyó es una de las tantas rectificaciones que debe realizar a los desvíos promovidos por los analistas postfreudianos.

Lacan es categórico en su concepción del superyó, como para no dejar ningún lugar a duda. El superyó es una figura obscena y feroz, se trata de un imperativo que lejos de regular al sujeto, le ordena gozar. Por otra parte se encuentra relacionado a una renuncia de goce. Si el sujeto está dispuesto a renunciar es para no perder el amor del Otro. Esto no es sin consecuencias, los rebrotes de una agresividad hacia otro se encuentran agazapados, agresividad que también se encuentra disponible para volverse sobre sí mismo en todo momento.

Recordemos que el equivalente a la amenaza de castración del falo que cae sobre los hombres, es precisamente la pérdida del amor en una mujer. Esto hace que algunas mujeres muchas veces sean capaces de realizar cualquier sacrificio para no perder el amor del otro, quedando sumida en una relación estragante, donde podemos leer los efectos de una particular relación superyoica, donde el partenaire hace las veces de superyó. Ya lo había dicho Freud: el superyó femenino nunca resulta tan impersonal, tan distanciado del otro en el cual vuelca su afecto, como en el caso del hombre. El superyó está en el origen de una renuncia que exige más renuncias. No podemos pensar que renunciar a un goce pulsional, y que esto entré en cadena con un sin fin de renuncias, abra el camino al goce femenino. Por el contrario. El goce superyoico se trata de un goce claramente vinculado a la pulsión de muerte. El femenino es otra cosa.

3- La histeria como rechazo del goce femenino.

La relación que establece una mujer con su hija, si es estragante, lo es a partir de una insatisfacción que instala una demanda que se torna insoportable y que prefigura el accionar superyoico. Es precisamente a partir de esa demanda imposible de satisfacer que suele ponerse en juego su accionar.

Esto distancia la cuestión del goce femenino, que precisamente no pasa por la dialéctica fálica. En el momento en que una mujer arriba al goce femenino no está en una posición de demandar nada, simplemente goza.

Por eso considero que el goce femenino de una mujer tampoco resulta estragante para un hijo, como en algunas oportunidades se sostiene, en ese momento en que una mujer se encuentra sumida en la soledad de su goce, la mujer no demanda, y si lo hiciera, entraría nuevamente en esa relación al falo que la sacaría de ese goce femenino. Es decir que lo que puede resultar complicado es más bien el rechazo de lo propiamente femenino.

El goce femenino no es algo que se da de forma permanente y estable, son momentos puntuales en los que el sujeto, siguiendo la expresión de San Juan de la Cruz "logra desasirse de toda cosa criada", en otros términos logra liberarse del anclaje fálico. Pero en esos momentos puntuales y evanescentes no juega nada del orden de la demanda, ya que la misma, insistimos porque es algo que pareciera dejarse de lado, remite al falo. Si aparece algo así es para salirse de esa situación de goce que puede resultar extraña.

Santa Teresa pasa en cuestión de minutos de una demanda hacia Dios acuciante, a otro momento donde claramente de lo que se trata es de un goce femenino que resulta inefable. Entonces ya no se queja de que Dios no le da, sino que goza.

El anclaje fálico le impide el acceso a un goce que, por el contrario, ella puede llegar a rechazar, por resultarle tan extraño, tan desconcertante y peligroso como le puede llegar a resultar a un hombre.

Quizás la histeria pueda pensarse precisamente como un rechazo da ese goce ilimitado, y un refugio en una posición ligada a lo fálico, es decir a lo masculino.

Cualquier goce, ya sea superyoico o femenino, puede resultar inefable, ya que escapan al significante y por lo tanto a la dialéctica fálica, se trata de experiencias que no pueden ponerse en palabras. Sin embargo no se pone en juego la misma forma de satisfacción. El superyoico es solidario de la pulsión de muerte y puede llevar al estrago; el otro, el femenino, es un goce vivificante, siempre y cuando logre ser soportado.

Si queremos aprender del goce superyoico podemos orientarnos en el Escrito de Lacan “Kant con Sade”. Si leemos el seminario “Aún” y particularmente los escritos de los místicos como San Juan De la Cruz o Santa Teresa podemos adentrarnos en una lógica del goce femenino. Y captar de manera evidente que la diferencia entre el goce propuesto por el Marqués de Sade y el que sienten los místicos resulta notable.

Con respecto a las lecturas catastróficas que suelen hacerse del goce femenino, dependen más bien de una fantasmática neurótica que ve lo extraño como algo peligroso.

*Luis Darío Salamone /Psicoanalista de la AMP




LA DOBLE FEMINIZACIÓN DEL HOMBRE ENAMORADO

Este escrito es una contribución a la dimensión del amor en los hombres. El goce femenino también les concierne a ellos, así que voy a desarrollar algunas ideas respecto del amor y los hombres o más bien, de qué les pasa a los hombres cuando aman. Antes que nada me parece muy importante hacer una distinción fundamental entre la FEMINIZACIÓN en el hombre y un hombre AFEMINADO. Lo afeminado tiene que ver con semblantes femeninos que toman algunos hombres, siendo mayormente indicadores de ciertas identificaciones con la madre en una posición femenina, homosexual; a la feminización le voy a dar un valor exquisito en el hombre como el recurso necesario en la hora del amor. Vayamos entonces a la primera feminización, Miller nos decía que cuando un hombre ama se feminiza, porque cuando un hombre le dice a una mujer “me hacés falta” hace consistir su propia falta, terreno de lo femenino. Cito: “Sólo se ama verdaderamente a partir de una posición femenina. Amar feminiza”. La dimensión del enamoramiento en el hombre no es fácilmente tolerada por él, quien al quedar a merced de su falta monta defensas protectoras. Es molesto para el hombre admitir que le falta algo porque lo remite directamente a la castración, afrenta temida y angustiante. Entonces un hombre que ama se feminiza en este sentido si admite su falta. Esta primera feminización que requiere hacer para amar, corresponde ubicarla en el terreno del Todo fálico si nos servimos de los matemas de la sexuación de Lacan. La segunda y muy importante, es la específica del goce femenino que ubicamos en el territorio No-todo fálico. ¿Qué podemos decir del goce femenino en los hombres? El goce femenino es una experiencia en el cuerpo más allá de la localización fálica, cuando el hombre puede reconocer que una mujer lo conmueve en lo más profundo de su ser, cuando un hombre queda raptado por una mujer está experimentando, además de su goce fálico o viril, el goce femenino. Esta feminización en el hombre que tiene que ver con lo ilimitado no lo torna, para nada, amanerado. Le da una sensibilidad especial para captar elementos, detalles, que hacen a lo femenino y que tal vez al hombre más viril se le escapa por estar sólo atento a su falo. O sea que esta segunda feminización requiere ir más allá del falo. El problema que se les plantea a los hombres es que no les resulta nada sencillo experimentar la feminización amorosa, y no es seguro que ocurra, menos aún esta doble. Ya que puede suceder que un hombre experimente la feminización del lado Todo y no la del goce femenino. Lêda Guimarães dice: “los hombres, cuando son flechados por el amor, prefieren mantenerlo a distancia por el riesgo de que una desestabilización irremediable pueda ocurrir” y agrega que la cobardía moral en los hombres es lo que les impide acceder a la mujer del deseo, es por eso que el hombre monta toda suerte de murallas protectoras para no querer saber nada de su deseo, una mujer es peligrosa: “Menina veneno”, porque feminiza. Así muchos hombres se pasan todo el tiempo pensando cómo hacer para no caer allí en donde no se sabe si ya no son lo que son. A las mujeres, en cambio, les es más sencillo porque lo ilimitado es parte de su propio cuerpo, y la pregnancia fálica no es tan intensa. Esto no quiere decir que no les traiga complicaciones. Porque este abandono a lo ilimitado del goce femenino puede desembocar en la devastación, terreno que conlleva un intenso sufrimiento y al que las mujeres son proclives. El valor de esta doble feminización que planteo necesaria en el hombre enamorado, de ninguna manera le resta, todo lo contrario, le suma un encanto especial. Así el hombre que ama y que esté dispuesto a abandonarse al amor debe sortear una doble barrera de defensa. Si esta condición masculina, es lograda y además bien recibida por una mujer que valore los efectos de este goce femenino en su hombre, puede entonces darse el lugar propicio para la ocurrencia de un Acontecimiento amoroso más que interesante.

Por Carolina Rovere

[1] Jacques Alain Miller, "Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?". Entrevista realizada por H. Waar, en “El Psicoanálisis Lacaniano en España” El blog de la escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP). París, 17 de octubre de 2008.