Martes controversial

El asedio y la destrucción de Jerusalén, de David Roberts (1850).



La Semana Santa cristiana se ha vuelto invisible para la mayoría, pero incluso dentro de esa invisibilidad, hay días que todavía son más invisibles. Si le preguntamos a la gente, más o menos todos conocerán lo que pasó el Jueves Santo, el Viernes, el Sábado y el Domingo de Resurrección... Pero ¿qué pasó el Martes Santo?

No tiene ritual propio, ni procesión ni tradición popular. Ha quedado eclipsado entre el drama de la purificación del templo, sucedido el Lunes Santo, y la sombra de la traición que comienza el Miércoles Santo. Sin embargo, fue en este día cuando Jesús reveló quién era, con más claridad y contundencia que en ningún otro momento. La antigua tradición le dió el nombre de "Martes controversial". Ese martes, dentro del templo de Jerusalén, Jesús se enfrentó a los sacerdotes, a los ancianos, a los fariseos, a los saduceos, a los herodianos, cinco grupos que se odiaban entre sí, pero que en ese día se unieron para negar quien era Jesús, para destruirlo. Aún no había recibido ningún azote, ninguna tortura, pero los hombres ya lo había desfigurado, convirtiéndolo en causa de duda. El Dios-hecho-Hombre se encuentra, repentinamente, sometido a los poderes de este mundo, esos que todos experimentamos en nuestra propia piel, los poderes oscuros que despliegan todas sus fuerzas para negar quien somos, para taponar nuestra fuente interior. Y, como nuestro ser depende, primeramente, de esas fuerzas, somos débiles para enfrentarlas, nos dan la vida y nos la quitan, nos atrapan a través de la culpa. Suspicacias, desconfianzas, juicios y visión caprichosa de las cosas, las debilidades humanas que, por negarlas, se vuelven destructivas. Todos juzgamos y todos odiamos que nos juzguen, todos desconfiamos y todos odiamos que desconfíen de nosotros, todos estamos atrapados por la culpa y seguimos culpando a otros. Una cárcel de la que solo es posible salir mediante la Palabra, mediante la humildad de reconocer nuestros dolores, nuestra cruz.

El martes santo Jesús se enfrentó a todos, Él sólo y únicamente con la palabra encarnada, de cuerpo presente, con preguntas que nadie podía responder, con parábolas cargadas de significado, con denuncias que ningún profeta había hecho de esa manera. En ese día, miró el templo de Jerusalén, la construcción más imponente y lujosa del momento, signo y base fundante de la religión de su pueblo, lo miró y dijo que no quedaría piedra sobre piedra. 40 años después el templo cayó y nunca más se volvió a levantar.

Ese día, en el camino que atravesaba el huerto de los olivos, entre Betania y el templo de Jerusalén, un árbol muerto al borde del camino, una higuera sin frutos, la apariencia de vida sin fruto real, la maldición de Jesús.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al ver de lejos una higuera muy frondosa, se acercó a ella a ver si tenía fruto; pero encontró únicamente hojas, porque aún no era el tiempo de los higos. Entonces Jesús exclamó de forma que sus discípulos lo oyeran: — ¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti! ... Cuando a la mañana siguiente pasaron junto a la higuera, vieron que se había secado hasta la raíz. Entonces Pedro, recordando lo sucedido, dijo a Jesús: — Maestro, mira: la higuera que maldijiste se ha secado. Jesús le contestó: — Tened fe en Dios. Os aseguro que si alguien dice a ese monte que se quite de ahí y se arroje al mar, y lo dice sin vacilar, creyendo de todo corazón que va a realizarse lo que pide, lo obtendrá. Por eso os digo que obtendréis todo lo que pidáis en oración, si tenéis fe en que vais a recibirlo. Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra alguien, perdonádselo, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone el mal que vosotros hacéis (Mc 11, 12-23).

En ese camino fue donde Pedro se detuvo y se paró asombrado, la higuera que Jesús había maldecido el día anterior estaba completamente seca, no tenía ni una sola hoja verde, los discípulos quedaron asombrados. ¿Cómo podía haber muerto en menos de un día? Jesús no enseñó botánica, enseñó acerca de la fe. La higuera no era solo una excusa para hablar sobre fe, la higuera era una prueba encarnada de lo que la palabra produce, la palabra tiene el poder de matar. Y lo más grave no es la higuera, sino los cuerpos, muertos en vida por la palabra. La tradición de los profetas de Israel tenía la costumbre de utilizar parábolas vivientes, no solo contaban historias, sino que vivían el mensaje. Oseas, por mandato de Dios, se casó con una mujer infiel, como símbolo de la infidelidad de Israel a su Dios. Miqueas comparó a los líderes corruptos de Jerusalén con árboles que, de lejos, parecían sanos, pero de cerca estaban podridos por dentro. Y el profeta Jeremías había dicho siglos antes:

“Ciertamente los destruiré[a]” —declara el Señor—; “no habrá uvas en la vid, ni higos en la higuera, y la hoja se marchitará; lo que les he dado, pasará de ellos” (Jer 8, 13).

La higuera siempre había sido un símbolo de Israel. Cuando Jesús maldijo ese árbol, no estaba enojado con una planta, estaba pronunciando un juicio profético contra un sistema religioso que tenía mucha apariencia, mucho follaje, mucha ceremonia y ritual pero ningún fruto real. Al llegar al templo, los sacerdotes y ancianos ya estaban esperando a Jesús, habían pasado toda la noche preparando la emboscada, el sanedrín estaba compuesto por 71 miembros. Bajo el liderazgo del Sumo Sacerdote, era el tribunal supremo del judaísmo y esa mañana se colocaron en el patio del templo con una pregunta ensayada, esperando que Jesús cayera en la trampa ante miles de peregrinos que habían llegado a Jerusalén para la Pascua. Se acercaron y le preguntaron, "Dinos con qué autoridad haces estas cosas, o quién es el que te dio esta autoridad?" (Lc 20,2). Su pregunta no era una consulta honesta sino una trampa. Si Él reclamaba autoridad divina, podrían acusarlo de blasfemia. Si decía que actuaba por su cuenta, podrían descartarlo como un fraude.

No era una pregunta sencilla, pero Jesús no se justificó a sí mismo, sino que habló de la autoridad de otro. En apariencia, Jesús estaba solo frente a cientos de enemigos que aparentaban estar unidos entre sí y acompañados. Pero la realidad era totalmente opuesta a lo que captan los ojos exteriores. Jesús estaba mejor acompañado que todos ellos, tenía la fuerza interior que otorga la capacidad de recibir, de conservar, de no dejarlo fluir. 
"¿El bautismo de Juan era del cielo o de los hombres?" (Lc 20,4). Esta contra-pregunta los colocó en su propia trampa. Admitir que la autoridad de Juan era de Dios significaba también reconocer el testimonio de Juan acerca de Jesús como el Cordero de Dios (Jn 1, 29-34). Negar a Juan implicaría arriesgar la ira del pueblo, que lo consideraba un profeta. Atrapados, eludieron: "No sabemos". Él a su vez les dijo: Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas (Mt 21,27).

Jesús ya había demostrado autoridad divina a través de sus milagros, enseñanza y cumplimiento de la profecía. Exigir más no era una búsqueda de la verdad sino de control. Su autoridad no estaba sujeta a su aprobación. Al negarse a responder sobre Juan, revelaron que no estaban dispuestos a reconocer ninguna autoridad de Dios que no pudieran manipular. Su silencio los condenó más que cualquier argumento. La autoridad de Jesús se sostiene por sí misma, validada por Dios pero solo discernida por aquellos con corazones sinceros. La incapacidad de los líderes para responder mostró que no eran buscadores de la verdad sino guardianes de su propio poder. La autoridad de Jesús permaneció incuestionable, mientras que sus oponentes quedaron expuestos. La autoridad de Cristo aún confronta hoy a todas las generaciones. Algunos evaden la pregunta, otros la niegan, la mayoría cree que solo existen cuestiones de poder en este mundo, las mismas en las que creyeron los miembros del Sanedrín por aquel entonces. Pero aquellos que creen se inclinan de rodillas ante la verdadera y única autoridad del Cielo.

Jesús no evadió la pregunta, no los ignoró, sino que les demostró que no tenían autoridad moral para formularla. Y a continuación, comenzó a enseñar. Tres parábolas seguidas, cada una más impactante que la anterior:

Parábola de los dos hijos
28 Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. 29 Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. 30 Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. 32 Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle (Mt 21, 28-32).

Los labradores malvados
33 Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. 34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. 35 Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon. 36 Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. 37 Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. 38 Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. 39 Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. 40 Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores? 41 Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo.

42 Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras:
La piedra que desecharon los edificadores,
Ha venido a ser cabeza del ángulo.
El Señor ha hecho esto,
Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?

43 Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él. 44 Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.

45 Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los fariseos, entendieron que hablaba de ellos. 46 Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque este le tenía por profeta (Mt 21, 33-46).

Y con la tercera parábola (Mt 22, 1-14), los líderes religiosos y políticos comprendieron que Jesús hablaba de ellos, y decidieron cambiar de estrategia. Si no podían silenciarlo con preguntas sobre la autoridad, intentarían destruirlo con trampas políticas. Así que enviaron a los fariseos, y con ellos una moneda, además trajeron consigo a los herodianos, partidarios del rey Herodes y aliados de Roma. En circunstancias normales, fariseos y herodianos eran enemigos, los fariseos despreciaban la sumisión de Herodes al imperio, los herodianos despreciaban el rigor religioso de los fariseos. Pero aquel martes, el odio que ambos sentían hacia Jesús, les hizo unir fuerzas. Lejos de lo que se cree comúnmente, el odio tiene un gran poder para unir y lo hace, además, con el pegamento más mortífero de todos.

Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. 17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? 18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? 19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. 20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? 21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. 22 Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron (Mt 22, 16-22).

La trampa era perfecta, tanto si decía que debían pagar tributos como si decía que no, Jesús estaría atrapado en la dualidad, la red que atrapa a todos los hombres por igual. Pero el denario que circulaba en Jerusalén por aquel entonces declaraba que César era hijo de Dios. Los fariseos, que se enorgullecían de su pureza religiosa, llevaban en sus bolsillos una moneda que, por definición, era una blasfemia andante. Sin embargo Jesús, con su respuesta, no estaba dividiendo el mundo en dos partes, sino que estaba planteando una pregunta mucho más profunda. Si la moneda pertenece al César porque lleva su imagen, vosotros, que fuisteis creados a imagen de Dios, ¿a quién pertenecéis? 

Entonces los saduceos llegaron más tarde, y como no creían en la resurrección de los muertos, inventaron una situación absurda para ridiculizar la idea. Si una mujer se casaba con siete hermanos, uno tras otro, según la ley de Moisés que ordenaba al cuñado casarse con la viuda, entonces en la resurrección, ¿de quien sería esposa? La pregunta pretendía convertir la resurrección en un absurdo ilógico. Pero Jesús utilizó la autoridad de las Escrituras que ellos mismos aceptaban, citando la zarza ardiente, donde Dios se identifica como "el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob". Si bien estos patriarcas ya habían muerto físicamente mucho tiempo antes de esa conversación, Jesús argumenta que Dios no podría ser su Dios si ellos hubieran dejado de existir por completo. Dios crea para la eternidad, no para la aniquilación definitiva. La muerte física no interrumpe la relación con Dios. La transformación definitiva a la que alude la resurrección es la vida en la que la muerte física deja de ser un obstáculo para la relación eterna con Dios. La resurrección habla de la relación con Dios, no con los hombres o las mujeres, lo cual quiere decir que casándote o sin casarte, la relación con Dios no cambia. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo: 32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos (Mt 22, 31-32).

Entonces un escriba se acercó de nuevo, y le preguntó por el mandamiento más importante. Es ahí cuando Jesús declara el mandamiento del Amor: 

Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. 30 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos (Mc 12, 29-31).

Corazón, alma, mente y fuerzas, esa es la jerarquía del cuerpo humano que también nuestro mundo ha olvidado. Ni siquiera el corazón puede ser equiparado al alma. El corazón es el centro inmutable, el sol de todo ser humano, frágil y cambiante. Y esta ley del amor que es, también, principio inmutable del cristianismo, es mucho más que un resumen sencillo de los mandamientos, es el más grande de los misterios del cristianismo. El amor implica cuidar, valorar y desear para el otro lo mismo que para uno, asumiendo un amor propio sano basado en la identidad y no en el egoísmo. No se puede amar a otros si no se tiene un amor propio saludable, ya que no se puede dar lo que no se tiene. Pero bien sabemos que el cristianismo nunca fue una cuestión lógica y racional, por eso la frase de Lacan "amar es dar lo que no se tiene" completa la verdadera ética cristiana, la que no está sometida al racionalismo. Tener un amor propio y saludable es un imposible sin el otro, y sólo nos acercamos a él cuando nos volvemos capaces de ofrecer al otro lo que nosotros no podemos tener por nosotros mismos. Amor y muerte van de la mano, en un combate espiritual que se juega en la materialidad de nuestros cuerpos, cuando el amor pierde, la muerte gana. 

Después de esta revelación, Jesús se volvió hacia la multitud y pasó de la defensa al ataque. Comenzó a denunciar públicamente a los fariseos, sin disimulo, directamente. Siete denuncias, cada una más severa que la anterior, que evidencian el contraste entre apariencia y verdad. Jesús no critica la observancia de la Ley, sino la falsedad: honran a Dios con los labios mientras sus corazones están lejos.

Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. 14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación. 15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.

16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. 17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? 18 También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. 19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? 20 Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; 21 y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; 22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.

23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. 24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!

25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. 26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.

27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. 28 Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

29 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, 30 y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. 31 Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. 32 ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres! 33 ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno? 34 Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; 35 para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. 36 De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mt 23, 13-36).

Siete heridas abiertas en el sistema religioso del momento, Jesús no denunciaba a Roma ni a los enemigos de Israel. Denunciaba a quienes leían las Escrituras a diario, a quienes ocupaban los lugares de honor en las sinagogas. Devoción sin compasión, conocimiento sin transformación, la misma enfermedad que tenía la higuera de la mañana, solo que ahora la enfermedad tenía rostro real, nombre y dirección. Después de esta denuncia, Jesús experimentó un profundo dolor.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! 38 He aquí vuestra casa os es dejada desierta. 39 Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor (Mt 23, 37-39).

Jesús no estaba enojado, estaba profundamente desconsolado. El mismo desconsuelo que había sentido Jeremías 600 años antes, antes de que los babilonios destruyeran Jerusalén. Ahora eran los romanos quienes la destruirían. Dos profetas, dos lamentos, la misma ciudad, Jerusalén tenía un patrón que se repetía a lo largo de los siglos. Rechazaba y destruía a quienes venían a salvarla. Jesús no condenó a quienes se equivocaron, sino a quienes sabían lo que era correcto y no lo practicaban, a quienes tenían la verdad en los labios y la mentira en el corazón.

Y la misma tarde del martes, Jesús pronunció el discurso del Monte de los Olivos, junto a Pedro, Juan, Santiago y Andrés. En él nos presenta su profunda esencia mesiánica. También es conocido como el Pequeño Apocalipsis, ya que incluye descripciones del fin de los tiempos, lenguaje apocalíptico y advertencias de la tribulación y la persecución antes del triunfo final del Reino de Dios. No resulta casual que este discurso tenga lugar en el Monte de los Olivos, algunos estudiosos han visto un eco deliberado en el libro de Zacarías, que se refiere a la ubicación como el lugar donde se produciría una batalla final entre el Mesías judío y sus opositores. Es ahí también donde tiene lugar la batalla final entre Jesús y su propia oposición interna, antes de enfrentar la muerte. 

El fin del templo no era solo una cuestión del fin de una magnifica estructura arquitectónica, sino del severo golpe a la fe judía. Golpe que no se limita sólo al pueblo judío, sino a todo aquel que permite que los esfuerzos y los enfoques se centren en mantener estructuras y sistemas, en lugar de en promover su propósito, misión e identidad. En la época de Jesús, el Templo y sus sistemas se habían convertido en el fin, no en el medio, para adorar a Dios. El Templo se convirtió en una organización egoísta, autosuficiente y de autoservicio que olvidó su propósito. La mayoría de los líderes religiosos de la época estaban más centrados en mantener su imagen y status quo que en verdaderamente comprender y seguir la voluntad de Dios. El Templo, el oficio del sacerdocio, el sistema de adoración y sacrificio se había convertido en el propósito de Israel, en lugar del mandato bíblico de ser luz para las naciones (Isaías 42:6; 49:6; 60:3; Salmo 67:1-2; Hechos 13:47).

Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores (Mt 23, 4-13).

Las profecías sobre el tiempo por venir antes de su Segunda Venida (tiempo mesiánico) nos hablan de los requisitos para establecer su Reino transformacional del "ya pero todavía no". En estas palabras se podrían resumir las predicciones que tan misteriosas han resultado para muchos. Lo que nosotros consideramos final y terrible, para Dios no es más que el principio. "Mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin". El tipo de cosas que Jesús menciona en esta sección no son las cosas que marcan las señales específicas del final. Cosas como los falsos mesías, pestes, guerras, hambres, y terremotos ciertamente han marcado la historia desde el tiempo de la ascensión de Jesús y lo siguen marcando, pero no eran señales específicas del final. En efecto Jesús dijo, “Sucederán catástrofes, pero estas no señalarán el final.” En verdad son todas esas catástrofes, las que provocan que dediquemos la mayor parte de nuestra atención a los fines terrenales en lugar de a los fines celestiales, convirtiéndonos simplemente en otra institución genérica siempre muy ocupada, como la del templo de Jerusalén. Son esas las catástrofes con las que corremos el riesgo de dejar de existir, muertos en vida. Y es ese el final del que habla Jesús cuando dice "pero estas no señalarán el final". Porque el verdadero final de Cristo, en su primera venida, su segunda venida y siempre, es vencer a la muerte.