Todo el cristianismo se originó en Oriente, los grandes pensadores que dieron origen a nuestra civilización y cultura provienen de Oriente Próximo. Y uno de los más grandes, San Agustín, era bereber del norte de África. Desde el hebreo del judaísmo, hasta el griego del helenismo y pasando por el latín del Imperio Romano, el cristianismo se nutrió de todos ellos sin aferrarse a una lengua sagrada ni a una tierra sagrada, porque éstas son capaces de surgir, siempre, allí donde el ser humano habite. La teología católica, a diferencia de otras tradiciones, que profundizaron en el conocimiento del orden cósmico y del universo, se centró más en el conocimiento de la estructura humana, la cual es, a su vez, reflejo del cosmos. La pregunta por lo humano es una herencia católica.
La conversión de San Agustín tuvo lugar en un jardín, según su propio relato, quedó impresionado al entrar en contacto con la historia de vida de San Antonio del Desierto (251-356), un ermitaño que llegaría a ser conocido como "el padre de todos los monjes". En ese trance, escuchó la voz de un niño que le decía "tómalo, léelo". Lo interpretó como una orden: debía tomar la Biblia y leer el primer pasaje que encontrara. Cayó en un extracto de la carta de San Pablo a los Romanos, en la que el apóstol habla de cómo las Sagradas Escrituras tienen el poder de transformar el comportamiento de los seres humanos, un pasaje que, en efecto, pareceía estar destinado directamente a él.
Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Rom 13, 13-16).
En verdad la belleza tan conmovedora de los Textos Sagrados es también lo que a mi me ha atrapado. Nunca antes un libro (más bien conjunto de libros) me había gustado tanto, toda la Biblia es un enorme jardín primordial, es ese tiempo-espacio en el que el ser humano posee los cuatro niveles de interpretación o acercamiento divino. Descubrir que al conocimiento no se llega por imposición ni obligación, sino por el placer y el disfrute es, de algún modo, experimentar esa gracia divina que es, en sí misma, puro éxtasis y encuentro entre placer y trabajo llevados a su máxima expresión.
"Agustín de Hipona se caracteriza por ser un pensador de frontera. Pero ¿qué significa ser un pensador de frontera? Es saber reflexionar en etapas en las que la crisis política y cultural da lugar a un nuevo momento en la historia" , señala Azevedo. "La reflexión fronteriza agustiniana recorre la antigüedad clásica y proporciona las fuentes para pensar el período cristiano naciente". En este sentido, parece inevitable comparar a los dos, Agustín y Pablo. Ambos conversos tardíos al cristianismo. Ambos dedicados a crear una base teórica para la religión. "Hay una asociación entre Pablo y Agustín y esa asociación está cargada de simbolismo, de significados muy fuertes", explica Maerki. "Los dos hacen interpretaciones, adaptando la filosofía platónica al cristianismo, influenciados por la filosofía platónica". "La combinación de estas dos formas de pensar el mundo [la filosofía griega y el cristianismo] y la reflexión sobre uno mismo encuentra apoyo en el corazón inquieto de Agustín. Allí, hay un ambiente de conjunción y formación de una nueva forma de pensar", completa Azevedo. "El antiguo estilo griego de escritura encuentra un eslabón en la reflexión cristiana, en la necesaria asociación de pensar y vivir". El profesor destaca, sin embargo, que no fue solo la teoría, sino la práctica religiosa lo que convirtió a Agustín en el santo que terminaría siendo reconocido. "Él demuestra con su vida que el pensamiento sin acción es vacío", señala.
Ser un pensador de frontera es ser capaz de adaptar la tradición a cada contexto histórico particular, puesto que el Texto Sagrado tiene esa capacidad para trascender las modas y convertirse siempre en algo nuevo. La gran mayoría de prejuicios modernos provienen del concepto de pecado excesivamente contaminado por el maniqueismo y el dualismo gnóstico, también hoy siguen vivas estas cuestiones, aunque cubiertas con diferentes semblantes. El maniqueísmo laico se ha puesto de moda, en pleno s.XXI, junto a su inseparable pareja la polarización. Los vetos cruzados entre etiquetas que van desde el facha, fascista, machista, al rojo, inmigrante o feminazi, comienzan deshumanizando para posteriormente silenciarnos mutuamente. Eso en el mejor de los casos, porque muchas veces también sirven de base para humillaciones, insultos y vejaciones solo por ser “tal o cual cosa” definidos con una etiqueta alimentada por el algoritmo. Pero estos conflictos que, a menudo, generan tensión social llevan a un desencanto que deslegitima los valores universales, se vuelve preferible acomodar al parecer subjetivo lo que conviene; y presentarlo todo como relativo, criterio de seudoverdad válida para cada cual, considerando que tiene más sentido buscar lo originalmente propio que dejar que a uno le impongan lo extraño.
La crisis de la actualidad consiste, precisamente, en que quedan sin comunicación el ámbito subjetivo y el objetivo, en que la razón y el sentimiento se van distanciando y, de esta manera, ambos enferman […]. Lo religioso se desintegra en lo particularista, se desliga no raras veces de sus grandes contextos mentales y, en vez de elevar al hombre, le promete incremento de poder y satisfacción de sus necesidades. Se busca lo irracional, lo supersticioso, lo mágico; se corre peligro de caer en formas anárquicas y destructoras, de vérselas con las fuerzas y los poderes ocultos […]. Si formas morbosas de lo religioso gozan de gran predicamento, eso confirma que la religión no perece, pero presenta a la religión en un estado de seria crisis.
Joseph Cardinal Ratzinger
Tal morbosidad de lo religioso es descrita por el papa Francisco como “mundanidad espiritual”, en continuidad con el magisterio de su predecesor: “Se alimenta de dos maneras profundamente emparentadas, una es la fascinación del gnosticismo. Una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos”.
En febrero de 2018, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una significativa carta que aborda tal problemática. Allí se evidencian las nuevas formas de pelagianismo y gnosticismo, en la búsqueda actual de lo que para un creyente ha de ser la salvación, en las recientes transformaciones culturales: “Cierto neognosticismo presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo, que consiste en elevarse con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida”10. Sumado a ello, el magisterio de Francisco aborda la problemática en cuestión con su exhortación Gaudete et exsultate. Allí, describiendo la mente sin Dios ni carne de los gnósticos, afirma: “Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones”11. En su búsqueda de lo trascendente, Agustín de Hipona tropezó con esa misma problemática. Su experiencia narrada en sus Confesiones es el testimonio vivo del itinerario de un hombre que transitó por senderos de promesas falsas: del gnosticismo al esoterismo y el sincretismo maniqueo, que fue para él una opción espiritual sesgada, la cual describe con detalle después de haber sido presa de tal error. Para comprender la problemática maniquea, es necesario aclarar, primero, el significado del gnosticismo; ya que los híbridos espirituales tienen su fundamento allí.
Hermenéutica del fenómeno maniqueo contemporáneo desde los aportes de San Agustín en sus Confesiones
En San Agustín encontramos una coherente y honesta búsqueda de la verdad, inseparable del error o el pecado: “Cayó en la red de los maniqueos, que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional”. Se convirtió al maniqueísmo “convencido en ese momento de que había encontrado la síntesis entre racionalidad, búsqueda de la verdad y amor a Jesucristo”. Al respecto, Agostino Trapé sostiene que el joven Agustín creyó encontrar allí “la sabiduría sin la fe, la ley moral sin la culpa, la vida cristiana sin la mediocridad y las debilidades”. Esta forma de religión universalista cautivó al joven Agustín, atraído por la verdad que predicaban y por el nombre de Cristo que Mónica, su madre, le había infundido. Allí permanecería por nueve años, sintiéndose engañado y, a la vez, buscando engañar a otros:
Durante este espacio de tiempo de nueve años –desde los diecinuevede mi edad hasta los veintiocho– fuimos seducidos y seductores, engañados y engañadores según la diversidad de nuestros apetitos; en público por medio de aquellas doctrinas que llaman liberales; secretamente, con el falso nombre de religión, siendo aquí orgullosos, allí supersticiosos y, en todas partes, vacíos.
Pero la enorme profundidad intelectual de San Agustín nos permiten entender que el problema no está ni en negar el pecado original ni en apegarse a él. El maniqueo dice: "Fuera del alma buena, no hay otra cosa en este niño que deba ser liberada; todo lo demás, que pertenece al príncipe de las tinieblas, debe ser despreciado". El pelagiano afirma: "Nada hay en este niño que liberar, por cuanto nosotros demostramos que todo está ya salvado". San Agustín enfrenta a ambos, es capaz de recoger sus argumentos, comprenderlos y refutarlos, palabra por palabra, para que no quede duda de la verdadera doctrina católica. Quizás hoy nos parezcan debates absurdos, pero son cuestiones que siguen en el día a día de nuestras vidas, puesto que la teología estudia la estructura del individuo y de la sociedad. San Agustín nos dice, incluso, que es más perverso quien se muestra alabador de todo el niño.
“Los dos mienten, pero es acusador más benigno el que lo es solamente de la carne que el alabador que se muestra cruel contra todo el niño. Además, ni el maniqueo, blasfemando de Dios, autor de todo el hombre, presta auxilio al alma humana, ni el pelagiano, negando el pecado original, deja que la divina gracia preste auxilio a la humana infancia. Pero Dios se compadece por medio de la fe católica, la cual, combatiendo una y otra calamidad, presta auxilio al niño para que se salve, diciendo a los maniqueos: "Escuchad al Apóstol, que clama: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo? 11 Creed que Dios es el creador bueno de los cuerpos, porque no puede ser templo del Espíritu Santo lo que es obra del príncipe de las tinieblas". Y diciendo a los pelagianos: "El que veis niño ha sido concebido en pecado, y en pecado lo alimentó su madre en el seno materno 12 ¿Por qué, defendiendo que está libre de toda mancha, no dejáis que sea liberado por la misericordia? Nadie está libre de mancha, ni el niño que desde hace un día vive sobre la tierra 13 Dejad que el miserable reciba el perdón de los pecados por el único que ni de pequeño ni de grande pudo tener pecado".
"12. Los que admiten el hado defienden que no solamente las acciones y sucesos, sino también nuestras voluntades, dependen, al tiempo que alguien es concebido o nace, de la posición de los astros llamados constelaciones. Ahora bien, la gracia de Dios trasciende no sólo todos los astros y todo el cielo, sino también todos los ángeles. Además, los defensores del hado atribuyen al hado los bienes y males de los hombres; pero Dios castiga en el mal de los hombres la culpa de los mismos con el debido castigo y concede hondosamente los bienes por gracia indebida, obrando entrambas cosas no por la temporal agrupación de las estrellas, sino por los eternos y profundos designios de su severidad y de su bondad. Vemos, pues, que ni una cosa ni otra entra en el concepto de hado."
