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martes, 1 de marzo de 2022

La herida de la luz



«¡Reclama la visión y no temas ser fulminado (sa˓q)!» (Ibn Arabī).

«La herida es el lugar de la gnosis”» (Rūzbihān Baqlī)

«La herida es aquel lugar por donde la luz entra en ti» (Ğalāl al-Dīn Rūmī)

«Cuando vislumbres una herida en el alma, es conveniente que la cicatriz sea visible en el exterior» (Farid al Din)

La herida de la luz o la muerte fotosensible: la luz que mata del cine de Dreyer, Garrel, Halperin, Murnau, Tourneur, Ulmer.


Se llega al conocimiento a través del padecimiento.


A pesar de que el espíritu de la modernidad rechace hoy día todo aquello que tenga que ver con lo religioso existe también en el mundo moderno una fuerza instintiva de oposición al capitalismo que no hace más que evidenciar un anhelo más profundo de trascendencia, un anhelo de cosmovisión, o lo que es lo mismo, de un centro estable. Inconscientemente se aspira (caótica y contradictoriamente) a algo (lo que sea) que se oponga al sentido de productividad comercial, consumo y utilidad propios del pensamiento racionalista que usa la ideología como instrumento coercitivo del pensamiento profundo. Pensar es espinoso, es doloroso pero simbólicamente se accede al conocimiento a través de un padecimiento interno que tiene su correlato en un padecimiento físico, externo. La herida de la luz, el relámpago que ilumina y que fulmina a la vez. Como bien lo expresa María Zambrano, lo que hiere las pupilas abre las cosas del otro mundo.

La paradoja de la visión la encontramos en Edipo, doblemente herido, en los pies, porque anda torcido, está mal encaminado, y también en los ojos, porque se los arranca con sus propias manos cuando consigue conocer su verdadero destino. Pero además de Edipo, el héroe trágico por excelencia, la herida está presente en todos los grandes mitos heroicos: Aquiles, Odiseo, Quirón, Odín, Thor… y también en la tradición cristiana puesto que Cristo es un héroe herido, su manifestación, después de morir, se hace patente en los estigmas, las sagradas llagas de Cristo (generalmente en las manos y en los pies), pero también la sangre del costado, atravesado por la lanza de Longinos. De este costado brota (es fuente de vida) la sangre que recoge José de Arimatea y que viaja a tierras de Britania en la leyenda del Santo Grial, en la cual volvemos a encontrarnos con la herida de la luz. Lucifer (el que porta la luz) en su caída, pierde el tercer ojo, que es una esmeralda, el ojo que todo lo ve desde la eternidad, es un ojo que no tiene lagrimal porque no es ni el derecho ni el izquierdo. Los ángeles recuperan esta esmeralda, crean una copa y se la confían a Adán y Eva en el paraíso en donde nuevamente a raíz de su caída, la pierden cuando son expulsados del Edén. El deseo y la búsqueda del Grial revela el constante anhelo de una recuperación paradisíaca, la búsqueda de un centro estable y cósmico. Pero además, el personaje que custodia el Grial (símbolo de transcendencia metafísica) también está herido, es El Rey Pescador, Rey Tullido o Rey Herido y como Edipo, doblemente herido, en las piernas (no puede avanzar, no puede caminar) y herido también en la ingle, por lo tanto es impotente, no tiene potencia viril. Hasta que no aparezca un legítimo caballero capaz de descubrir la esencia del Grial, el reino estará impedido, tullido, y por eso no puede avanzar.

En la leyenda artúrica conviven elementos tradicionales célticos y cristianos. Lo que debía conservarse de unos fue, de alguna forma, incorporado a los otros. Son elementos de orden propiamente iniciático que, desde entonces, son parte integrante del esoterismo cristiano. Todo símbolo verdaderamente tradicional presenta un lado esotérico, es decir, que a su significado exterior (exotérico) y generalmente conocido se superpone otro de un orden más profundo, sólo accesible para aquellos que han conseguido llegar a un cierto grado de comprensión e identificación.

Todas las culturas y civilizaciones se han valido de símbolos parecidos para dar a su pueblo una enseñanza común acerca del Gran Misterio. Budismo, hinduismo, taoísmo, islam, shinto…


En la tradición hindú, el Grial se corresponde con el vaso sacrificial que contiene el Soma o bebida sagrada del antiguo ritual védico y en tradiciones aún más antiguas es la copa de Asura o el Cuenco del Paché Titán del que habla el Rig Veda. Esta Copa de Asura es en realidad el disco del Sol, el Mandala sobre el que todo se proyecta. Por otro lado, Soma es el nombre sánscrito que recibe la Luna, que a su vez se presenta como un recipiente que en la oscuridad de la noche recoge la luz del Sol, que es precisamente la que la hace brillar. De ahí que la Luna sea considerada por los hindúes como el Cáliz donde beben los antepasados y los Dioses.


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