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viernes, 5 de agosto de 2022

Notas


Resulta casi inevitable que en los tiempos que corren, alguien no se haya sentido en algún momento interpelado por el pensamiento de Jung. No solo porque sus frases pululan por las redes y se comparten masivamente a modo de recetas rápidas, sino porque ha sabido retratar muy bien los problemas existenciales del ser humano de nuestro tiempo. Tampoco es casual que sus reflexiones sean tan bien acogidas por el público, porque Jung era un artista de una sensibilidad y lucidez mayúsculas, sus escritos resultan mucho más interesantes a modo de retratos y análisis filosóficos que a modo de soluciones clínicas. Ciertamente, también al psicoanálisis se le ha encontrado a veces más aplicaciones filosóficas que clínicas, en muchas ocasiones pervertidas, ya que no es la función para la que ha nacido. La esencia del psicoanálisis no es otra que permanecer en la sombra, puesto que sus logros no son cuantificables; en una sociedad que todo lo cuantifica, los logros del psicoanálisis no pueden ser otra cosa que inútiles, como toda ciencia cuyo fin último sea la Verdad. La sociedad no tolera la Verdad, por tanto aquellas herramientas que sirvan para acercarse mínimamente a la Verdad, deberán estar convenientemente camufladas, y bien sabemos que estas herramientas en manos de personas equivocadas tampoco servirán para nada.

Atreviéndonos a hacer una afirmación tan controvertida como que no puede haber ciencia sin esoterismo, creemos que en el caso de que no lo haya, al menos ésta no debería invadir su terreno, y esto es justamente lo que hace la psicología profunda de Jung. Veamos algunos ejemplos.

Ante la concepción junguiana del instinto religioso como una función propia de la psique humana, tan básica como la necesidad de refugio o de alimento, por una parte pareciera que podría conectar con la visión neoplatónica del alma por la cual todo ser humano tendría en su alma una conexión con la divinidad, conservaría una porción primera e inmediata del Ser supremo cuya importancia rectora podría asimilarse a la del Sí mismo de Jung.

Plotino lo expresa así en la Enéada IV:

«Este es, pues, el sentido del enigma divinamente formulado: de la fusión de ambas esencias, de la que es indivisible y se mantiene siempre invariable y de la que se hace divisible en los cuerpos, sacó una especie tercera de esencia. El alma es, pues, una y múltiple al modo dicho; las formas inmanentes en los cuerpos son múltiples y unas; los cuerpos, solamente múltiples, y el Ser supremo, solamente uno.»

También la explicación junguiana de la orientación extrovertida e introvertida de la psique humana, parece coincidir con algunas comprensiones tradicionales esotéricas, como por ejemplo esta explicación de Frithjof Schuon acerca del árbol de la Ciencia y de la Vida.

«El árbol de la ciencia del Bien y del Mal representa la Potencia manifestadora o cosmogónica, luego exteriorizadora, con el conocimiento aislador y contrastante que la exteriorización exige; y el árbol de la Vida representa por el contrario la Potencia reintegradora, luego interiorizadora, con el conocimiento participativo o unitivo que la interiorización exige.»

También René Guénon en Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada nos explica que:

«la idea del corazón como centro del ser es común a todas las tradiciones antiguas, procedentes de esa tradición primordial cuyos vestigios se encuentran aún en todas partes para quien sabe verlos. Advertirán también la idea de la caída que rechaza al hombre lejos de su centro original e interrumpe para él la comunicación directa con el “Corazón del mundo”, tal como estaba establecida en modo normal y permanente en el estadio edénico.»
«En el hombre, la fuerza centrífuga tiene por órgano el Cerebro, la fuerza centrípeta, el Corazón. El Corazón, sede y conservador del movimiento inicial, está representado en el organismo corpóreo por el movimiento de diástole y de sístole que devuelve continuamente a su propulsor la sangre generadora de vida física y la rechaza para irrigar el campo de su acción. Pero el Corazón es además otra cosa. Como el sol, que, a la vez que difunde los efluvios de la vida, guarda el secreto de su realeza mística, el Corazón reviste funciones sutiles, no discernibles para quien no se ha inclinado hacia la vida profunda y no ha concentrado su atención en el reino interior del cual él es el Tabernáculo… El Corazón es, en nuestra opinión, la sede y el conservador de la vida cósmica. Las religiones lo sabían, cuando hicieron del Corazón el símbolo sagrado, y también los constructores de catedrales que erigieron el lugar santo en el corazón del Templo. Lo sabían también aquellos que en las tradiciones más antiguas, en los ritos más secretos, hacían abstracción de la inteligencia discursiva, imponían silencio a sus cerebros para entrar en el Santuario y elevarse más allá de su ser relativo hasta el Ser del ser. Este paralelismo del Templo y el Corazón nos reconduce al doble modo de movimiento, que, por una parte (modo vertical), eleva al hombre más allá de sí mismo y lo desprende del proceso propio de la manifestación, y por otra parte (modo horizontal o circular), le hace participar de esa manifestación íntegra.»

Estas afirmaciones nos conectan con la explicación que Jung da acerca del mito del héroe como la lucha que todo ser humano vive en su interior si inicia el camino de ampliar su consciencia.

«No le bastaba al hombre primitivo con ver la salida del sol, sino que esta observación exterior debería de ser al mismo tiempo un acontecer psíquico. Esto es, que el curso del sol debería representar el destino humano de un dios, de un héroe que no vive sino en el alma del hombre».

Y sin embargo, esta porción de lo divino que Jung parece percibir en todo ser humano termina por clasificarla como irracional, arquetípica (inconsciente) e incluso fantasiosa (para Jung Dios es una imagen psíquica) colocándola por debajo de la razón, en oposición a la concepción esotérica que René Guénon denomina ‘intuición intelectual’. El arquetipo junguiano, frente a la concepción freudiana del inconsciente como algo individual, se define como fenómeno colectivo, es por esto que parece complicado encontrar una posibilidad de Objetividad, de Intelección, o capacidad de Absoluto en su concepto de arquetipo, ya que el arquetipo entendido a la manera junguiana está compuesto de imágenes y éstas solo pueden ser fruto de la fantasía, no del Intelecto o el conocimiento del Corazón.

En este sentido resultan interesantes estas palabras recogidas en su autobiografía y que rescato del documento Una aproximación al fenómeno religioso en la obra de CG Jung, de Néstor E. Costa.

«Que la divinidad actúa sobre nosotros, sólo podemos comprobarlo por medio de la psique, en lo que, sin embargo, no nos es dado distinguir si estas influencias proceden de Dios o de lo inconsciente, es decir, no puede decirse si la divinidad y lo inconsciente son dos dimensiones distintas. Ambas cosas son nociones límites de contenidos trascendentales.»

Recojo a continuación algunas frases de Jung extraídas del siguiente artículo de Gabino Tabossi:


«Los Padres [de la Iglesia] que han elaborado el dogma de la Trinidad no lo han hecho consciente y voluntariamente, sino bajo la influencia inconsciente del arquetipo que, en otras épocas y en otras civilizaciones, ha dado lugar a otras expresiones simbólicas de forma triádica.»

 

«Para mí [Dios] es la energía psíquica en general, la líbido quien crea la imagen de la divinidad utilizando los modelos arquetípicos, y el hombre en consecuencia rinde honor a la fuerza activa en él. Llegamos así a la conclusión de que la imagen de Dios sería ciertamente un fenómeno real, pero en primer lugar subjetivo.»

 

«La figura de Dios es en primer lugar una imagen psíquica, un complejo representativo de naturaleza arquetípica que la fe identifica con un ‘ens’ metafísico.»
«Toda imagen de Dios es más o menos antropomórfica.»

“… Jung rechaza esta noción de mal porque dice que si hablamos judicialmente de algo como bueno significa que también deberíamos hacerlo, en un mismo plano óntico, al referirnos a lo malo como tal. Si el bien es acto el mal también lo es. De lo contrario la oposición mal-bien es una concesión lingüística abusiva al colocar los términos del binomio en un mismo nivel ontólogico, siendo que, según tradicionalmente se ha enseñado –dice críticamente Jung- el bien posee mucha más realidad óntica. Para hacer justicia al uso de las palabras y a la certeza de los juicios al hablar de cosas “malas” lo mismo que de las “buenas”, el psicoanalista propone conferir sustancialidad metafísica al mal, lo mismo que hacemos respecto del bien. Es decir, que si el bien es sustancial también lo debe ser el mal. De lo contrario

«el bien se tornaría fantástico puesto que no se defendería contra un adversario real, sino solamente contra una sombra, contra una ‘privatio boni’.»

 

“ El Diablo es bueno, porque el Diablo en definitiva no es otro que una imagen o rostro de Dios, de su misma categoría.

«Esto conducirá directamente a ciertas concepciones gnósticas según las cuales el Diablo o Satanás sería el primer hijo de Dios, mientras que Cristo sería el segundo. Como otra consecuencia lógica, tendríamos la supresión de la fórmula trinitaria que sería reemplazada por una cuaternidad.»

Por tanto la idea que Jung nos traslada de Dios, lógicamente en relación con la experiencia que él observa en la clínica, nos revela mayoritariamente una manifestación psicológica e inconsciente que pareciera tener más relación con lo satánico que con lo Divino. La concepción divina entroncada con lo inconsciente que propone Jung se parece más a la definición de ideología, ésta sí es específicamente inconsciente y se camufla a través de los diferentes ídolos que cada época ofrece a las personas, si en alguna época se le ha llamado Dios a este ídolo no significa que debamos confundirlo. Ciertamente, como Jung expone, la función 'ideologizante' que en otras épocas ejercieron instituciones eclesiásticas, hoy la ejercen de igual manera otro tipo de instituciones como la escuela, el hospital, los medios de comunicación, etc... 
El historiador español José Luis Rodríguez Jiménez define ideología como «un universo de valores o conjunto de ideas que reflejan una concepción del mundo, codificados en un cuerpo doctrinal, con el objetivo de establecer canales de influencia y de justificación de sus intereses (del grupo social o político que la sostiene)». Derivada de esta confusión con respecto a lo Divino, es lógico que Jung termine por darle sustancialidad metafísica al mal. A veces resulta menos confuso, para hablar de este aspecto divino en el hombre, utilizar la palabra Humano, pues llegar a desarrollar lo más específicamente humano que hay en nosotros pasa precisamente por no reprimir la porción del Ser supremo que habita en el alma. Al hablar de libido proyectada y de energía psíquica, Jung habla de un Dios antropomorfizado, es decir, de una fantasía de Dios, no del centro del que emana dicha energía al que se refiere el esoterismo. Pensamos que es una cuestión que no debería ser ignorada si se trabaja con la psique. Al menos la concepción esotérica del Bien Supremo, lo Absoluto, o lo Divino nos dice otra cosa, como ejemplo algunas frases de Frithjof Schuon extraídas de “El esoterismo como principio y como vía”.

“Mientras que el exoterismo se encierra en el mundo de lo accidental y de ello se enorgullece con gusto cuando quiere marcar su sentido de lo real frente a lo que se le aparecen como nubes, el esoterismo tiene conciencia de la transparencia de las cosas y de la Substancia subyacente, cuyas manifestaciones son la Revelación, el Hombre-Logos, el Símbolo doctrinal y sacramental, y también, en el microcosmo humano, la Intelección, el Corazón-Intelecto, el Símbolo vivido. Ahora bien “manifestar” es “ser”, el Nombre y lo Nombrado son misteriosamente idénticos. El santo y, con mayor razón el Hombre-Logos es, por una parte, Manifestación de la Substancia en lo accidental y, por otra, Reintegración del accidente en la Substancia”.

“Decir que la prerrogativa del estado humano es la capacidad de ser objetivo, equivale a reconocer que el contenido quintaesencial y la última razón de ser de esta capacidad es el Absoluto: porque la inteligencia es objetiva en la medida en que registra, no solamente lo que es, sino también todo lo que es. Una inteligencia que rehusa el Absoluto no da cuenta de lo Real total al que está proporcionada; no es ya humana, y al no poder ser animal puesto que de hecho pertenece al hombre, no tiene otra alternativa que ser satánica.”

“En el Avatâra hay, con toda evidencia, separación entre lo humano y lo divino _o entre el accidente y la Substancia_. Y después, mezcla, no entre el accidente humano y la Substancia divina, sino entre lo humano y el reflejo directo de la Substancia en el accidente cósmico; se puede calificar de “divino” a este reflejo en relación con lo humano, a condición de no reducir de ningún modo la Causa al efecto.”

“El hombre es racional porque posee el Intelecto, que por definición es capaz de absoluto y por consiguiente de sentido de lo relativo como tal; y posee el Intelecto porque está hecho “a imagen de Dios”(...) Sin apertura hacia la trascendencia, la inteligencia humana sería un lujo tan inexplicable como inútil.”

“Pero el paso de la inocencia primordial al “conocimiento del bien y del mal” y a la experiencia de las posibilidades centrífugas no es presentado siempre como un primer pecado y una caída: según diversas mitologías, en efecto, el hombre fue destinado a priori a este pleno desarrollo de su personalidad que es la entrada en el mundo de la contingencia oposicional y en movimiento; era preciso que fuese testigo, en nombre de Dios, de las vicisitudes de la exterioridad cósmica. Desde este punto de vista, la Felix culpa de San Agustín se explica y se justifica, no sólo por el advenimiento de Cristo, sino por la necesidad del pleno desarrollo humano; Cristo y la Virgen _nuevo Adán y nueva Eva_ aparecen entonces, menos como una compensación imprevista que como la prueba de esta necesidad paradójica de la posibilidad humana: de esta necesidad de caer para poder llevar la conciencia de lo Divino a los confines de lo que es humanamente posible.”

En el arduo camino de la pasión al deseo, el ser humano vive sumergido y por tanto subvertido.

En el alma









 




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