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viernes, 7 de octubre de 2022

Lo siniestro


Icono bizantino de San Nicolás

“No hay nada exterior que no sea una manifestación de lo interior”

Se trata de una cita de Pavel Florenski en El iconostasio, pero podría serlo perfectamente de Freud, pues con otras palabras, pero también él llego a la conclusión de que no hay más mundo que el imaginario.

Pavel Florenski cuestiona el valor científico de la perspectiva en la geometría euclidiana, la propia de occidente, frente a la perspectiva en los iconos rusos. Nos dice que no hay nada gratuito ni casual en ella puesto que todas sus características favorecen una forma de mirar específica, una forma de ver las cosas, al servicio de una idea concreta de como es el mundo y de como nos relacionamos con ese mundo. Así como la perspectiva de los iconos rusos convierten al espectador en punto de fuga, también el psicoanálisis de Freud huyó de la perspectiva monofocal heredada del Renacimiento, para poner en el punto de fuga la realidad única e intransferible de cada individuo.

La búsqueda de Freud, como la de otros que después le siguieron, ha ido de la mano de la literatura y el arte, las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu tratando de reencontrarse de nuevo, frente a un mundo moderno que impone todo su arsenal para tratar de desprestigiar a quien lo intenta, más si cabe si el camino se inicia desde las ciencias naturales, pues todo lo que esté dentro de las ciencias humanas resulta prácticamente irrelevante pare el mundo moderno. Una de esas formas más o menos camuflada, de ignorar los grandes avances del psicoanálisis propuesto por Freud, se hace patente en el interés casi exclusivamente cultural o filosófico, que mayoritariamente despierta la obra de Freud, evitando o negando su valor clínico, que fueron los únicos objetivos de Freud.

Un ejemplo lo constituye el texto de 1919 Lo siniestro ―Das Unheimliche―, que desató un interés germinal casi trascendental en ámbitos como los de la Estética o la Teoría de la Literatura, o en ámbitos académicos e investigadores, son muchos los trabajos que lo analizan desde diferentes perspectivas: en su conexión con los conceptos de lo fantástico o lo terrorífico (Becker, 2013), desde el punto de vista filosófico (Cixous, 1976), dentro de los estudios de género o de cine (Masschelein, 2011), etc.

Tal como él lo expresa en ese texto: 
“La actividad psicoanalítica se orienta hacia otros estratos de nuestra vida psíquica y tiene escaso contacto con los impulsos emocionales -inhibidos en su fin, amortiguados, dependientes de tantas constelaciones simultáneas- que forman por lo común el material de la estética. Sin embargo, puede darse la ocasión de que sea impelido a prestar su interés a determinado sector de la estética, tratándose entonces generalmente de uno que está como a trasmano, que es descuidado por la literatura estética propiamente dicha.” (1) (Se refiere al desdén por los sentimientos contrarios, repulsivos y desagradables).
Freud trabaja a partir de la evolución lingüística del término de lo “siniestro” en diccionarios de diferentes lenguas y centrándose específicamente en el alemán. En esta lengua el término heimlich tiene dos acepciones principales: por una parte, heimlich se refiere a lo propio, lo doméstico, lo familiar, lo íntimo, lo protegido y, por otro lado, el término hace referencia a lo oculto, a lo secreto. El antónimo de heimlich, unheimlich, por su parte, significaría lo inquietante, lo terrorífico; y aquí viene una cuestión interesante, unheimlich también significaría lo oculto, lo disimulado, lo misterioso. Es decir, que unheimlich sería el contrario de la primera acepción, pero no de la segunda, pues aquí ambas comparten significado. Por tanto, situándonos en el punto de partida de la realidad contingente, de una primera dualidad opositora o contraria llegaríamos a un sentido compartido más profundo, en el que la palabra “siniestro” se conecta particularmente con la de “sagrado”, en un camino que pareciendo partir de la oposición o contrariedad patente en la propia palabra "unheimlich" nos trae, sin embargo, de vuelta a heimlich para acceder a un significado más completo de la palabra: mysticus, divinus, occultus, figuratus, puesto que lo verdaderamente íntimo, propio o familiar, pasa por recorrer el camino de lo terroríficamente inquietante, para ocupar el espacio de una conciencia humana no desarrollada (oculta), trascendiendo el primitivo concepto de intimidad del que se partía para llegar a otro más Real. Los dos no son más que uno en realidad, o podríamos decir los tres, si contamos el camino para recorrer la distancia entre uno y otro.

“Unheimlich tan sólo sería empleado como antónimo del primero de estos sentidos, y no como contrario del segundo. El diccionario de Sanders nada nos dice sobre una posible relación genética entre ambas acepciones. En cambio, nos llama la atención una nota de Schelling, que enuncia algo completamente nuevo e inesperado sobre el contenido del concepto unheimlich: Unheimlich sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado.” (1)

En español, las palabras que podríamos equiparar a las alemanas podrían, quizás, ser quieto e inquieto, en el sentido de tranquilidad, aquello que nos produce comodidad, familiaridad, cercanía, frente a intranquilidad, su opuesto, que sería lo perturbador, desasosegante, angustioso, enloquecedor...
El diccionario en el que Freud se basa en este apartado es el Wörtebuch der Deutschen Sprache de Daniel Sanders, de 1860, cuyo autor, para ilustrar las entradas, recurre a numerosos autores románticos. Así, el término heimlich está en Chamisso, Novalis, Tieck, Schlegel; mientras que el término unheimlich está en Schelling, el cual no solo ilustra el entendimiento de lo unheimlich como lo oculto, sino que además coloca una piedra más en lo que será el entendimiento de lo unheimlich desde el psicoanálisis freudiano: siendo algo que debiera haber estado oculto, en determinado momento, lo unheimlich sale a la luz, provocando la sensación de angustia que se le asocia.

Lo siniestro para Freud sería pues «aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás».

El pensamiento y la obra de Freud están inmersos y son fruto a su vez del Movimiento Romántico iniciado desde principio del s. XVIII hasta mediados del XIX, movimiento que surgió como reacción a la exacerbada importancia que la Ilustración otorgó a los aspectos racionales de la realidad, una auténtica tiranía de la razón que reinaba en Europa, con rechazo de las emociones, de la espontaneidad y de la libre expresión. Para los románticos la relación con lo natural en el hombre moderno es inarmónica y el equilibrio con la naturaleza y con la totalidad se convertirá en un ideal al que aspirar; ideal, no obstante, inalcanzable y trágico.

Sin bien el interés que los autores del Movimiento Romántico de la época mostraron por el universo de lo unheimlich, sólo muy tenuemente se acercaron a intuir el camino de regreso al heimlich que superaba el conflicto dualístico planteado por lo siniestro, en su gran mayoría prefirieron quedarse a vivir en la dualidad. Por el contrario, el interés de Freud en este tema fue siempre generado desde una decidida apuesta de regreso a la vida, en una lucha constante por hacer vencer a la razón frente a lo irracional o a la tentación de quedarse a vivir en el inframundo, el camino es, por tanto, de ida y vuelta. Para Freud lo siniestro sucede en los límites entre la realidad y la fantasía, «cuando lo que habíamos tenido por fantástico aparece ante nosotros como real». A Freud le interesa lo siniestro no para quedarse a vivir ahí (como vemos constantemente en todo el arte del siglo XIX y parte del XX) sino porque éste no podría producirse si no hubiera un choque entre la realidad y lo fantástico, es por tanto que lo fantástico ha de poner a prueba, necesariamente, nuestro primitivo concepto de realidad, para poder acceder, ahora sí, a lo verdaderamente Real.

En este choque entre realidad y fantasía, se manifiesta el concepto psicoanalítico de represión, que no es más que el intento artificial y racional de superar la fantasía, tratando de tomar el cielo por asalto y evitando así el camino de descenso a los infiernos. Por tanto, desde la concepción racionalista del mundo, lo irracional no sería verdaderamente superado ni eliminado, únicamente se habría reprimido a partir de la censura psíquica que se ejerce sobre todo aquello que la autocrítica considera perteneciente a tiempos primitivos. Esa es la razón por la que heimlich y unheimlich son intercambiables, porque son el mismo material, pero uno mantenido en la oscuridad y el otro sacado a la luz de manera indebida. Esta forma indebida de salir a la luz es lo que provoca angustia, la herida de la luz, Edipo se arranca los ojos cuando accede a la verdad perturbadora de su historia. Los ojos como símbolo de una manera de mirar y comprender el mundo, por tanto la angustia de castración, de pérdida de los ojos, haría referencia a esa angustia que emerge ante la pérdida de lo conocido, íntimo, familiar que suponía esa primera forma de mirar el mundo. Francoise Dolto, siguiendo los descubrimientos de Freud, nos habla de otro tipo de castraciones, que no producirían angustia, puesto que se trataría del material sacado a la luz de la manera debida. Esta manera de entender las castraciones, según las cuales, el ser humano debe renunciar a sucesivas maneras de mirar el mundo, para acceder a estados superiores de consciencia y de desarrollo humano, estarían muy vinculadas con la idea del 'solve et coagula' de la alquimia, o de muerte y resurrección, morir para nacer a una nueva vida.
[…] algo que siempre fue familiar a la vida psíquica y que solo se tornó extraño mediante el proceso de su represión. Y este vínculo con la represión nos ilumina ahora la definición de Schelling, según la cual lo siniestro sería algo que, debiendo haber quedado oculto, se ha manifestado.  (1)
Freud nos reafirma varios elementos a tener en cuenta: primero, que el material siniestro es natural y corresponde a la psique humana, que en principio no es perturbador, sino que el lugar le es propio; segundo, que en el proceso de autocrítica, de censura del yo, ese material se problematiza y se esconde, haciéndose angustioso ―«todo afecto de un impulso emocional [...] es convertido por la represión en angustia» ―; y, tercero, ese material además de angustioso se vuelve amenazante cuando vuelve al consciente ―«esto, lo angustioso, es algo reprimido que retorna» ―. (2)

Cabe preguntarse el porqué de esta aversión hacia el material primitivo; por qué choca con las normas del mundo civilizado, por qué dicho material está vetado por el consciente. Así como Jung se interesó por el punto de vista colectivo referente a esta cuestión, la influencia irremediable de los valores sociales que cada época impone a los individuos, a Freud únicamente le interesó la búsqueda de herramientas para hacer frente, en la clínica y a nivel individual, a los sufrimientos derivados del choque con una colectividad corrompida, es pues su función como médico la que prevaleció sobre el interés sociológico, etnográfico, artístico o filosófica por el cual Jung se dejó seducir.

Bien sabemos que los cambios a nivel social no son posibles si no es a través de la transformación individual, así es como asistimos en nuestra época a una constante apelación de lo social como excusa permanente para evitar el encuentro con lo terrible y la responsabilidad individual que de ello podría derivar. Paradójicamente, los peligros de la uniformización de masas grises y aborregadas de trabajadores, atribuidos al comunismo, han llegado de la mano del individualismo capitalista más extremo, parapetado bajo el consuelo de un mal social, colectivo, que permite ser convenientemente alejado o compartido según las necesidades. El pensamiento de Jung ha tenido mucho más calado en nuestra sociedad precisamente porque en su aparente intento de trascender lo individual, se queda meramente en la superficie, protegido por el escudo que proporciona lo colectivo y bajo el cual conviven tan bien todos los relatos modernos que favorecen la dejación de responsabilidades.
La protección de la Virgen, icono ortodoxo ruso del siglo XVI

Los propios diagnósticos que realizaron los autores románticos para justificar su interés obsesivo en la pesadilla, lo monstruoso, el mal, lo sublime o lo tenebroso no dejan de ser como mínimo curiosos, pues hacen máximo responsable de ello a las secuelas producidas por la Ilustración. El hombre romántico es un ser roto, dividido, desequilibrado, aunque ciertamente con ese nuevo estado parece obtener mayores ventajas con las que salir favorecido, pues gana en seducción y atractivo al mismo tiempo que proporciona un lugar mucho menos sospechoso en donde camuflar el narcisismo al que no está dispuesto a renunciar, quizás no sea tanta la maldición provocada por la Ilustración, ya que ha permitido encontrar un camuflaje mucho más ventajoso para su ego. Cuando los dioses no escuchen, el romántico dará la mano al diablo.

Tanto en autores románticos como por ejemplo Schelling o Schlegel, como en Jung observamos el enorme interés por el mito y la mitología, resultado de la ansiada idealidad de una época de naturaleza pura en la que razón y sentido estarían en armonía, esta época está representada por Grecia, pero además de la Grecia olímpica luminosa, también explorarían la Grecia oscura de las divinidades primigenias y misterios no desvelables. De la dualidad entre razón y sentido que impuso la Ilustración, pasamos a la dualidad entre la divinidad luminosa y la divinidad oscura a la que nos conduce el romanticismo. En todos los casos, se trata de una dualidad irreconciliable.

Nuevamente, a partir del dualismo entre la Grecia oscura, arcaica y monstruosa y la Grecia luminosa de los dioses olímpicos antropomórficos queda patente que hay en el pasado de la mitología griega que conocemos un oscuro interior que pertenece a tiempos inmemoriales: el abismo monstruoso, la oscura fuerza destructora; algo a lo que solamente se puede acceder como misterio en las religiones antiguas, algo que, de mostrarse claro, nos destruiría como individuos y como civilización.

Las continuas menciones de Schelling a la necesidad de velar lo divino, de ocultarlo, vienen dadas, como en Jung, por la asimilación de lo divino con lo monstruoso, lo terrorífico y la fuerza destructora. Es por eso que llega a afirmar que cuanto más humano, menos divino. La fascinación por lo terrible les impide, a ambos, salir a la luz de lo verdaderamente divino: 
el desarrollo de una conciencia más elevada que estaría por encima de la razón (no por debajo), esto es, lo más específicamente humano que hay. Es por tanto esta posibilidad de cualidad más elevada que se encuentra en el ser humano la que nos conecta con la divinidad, es esta cualidad por la que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y esta cualidad también la que necesita ser velada, pues es precisamente para lo sublime que los hombres se vuelven ciegos.

Y en este camino de dualidad irreconciliable entre razón y sentido, entre lo conocido, propio o familiar y lo extraño, terrorífico o aterrador, entre lo civilizado racional y lo primitivo irracional, plantea Nietzsche sus teorías.
Tal problemática es ilustrada magistralmente en la dualidad «dionisíaco» y «apolíneo», que, a su vez, es reflejo de la oposición entre la Grecia oscura y la luminosa: lo dionisíaco nos habla de la experiencia extática de la totalidad, mientras que lo apolíneo es, frente a la disolución del individuo que supone lo dionisíaco, el impulso de individuación, la lucha por perdurar frente a la muerte. Entre una y otra forma de estar en el mundo media la razón, pues, máxima representante de lo apolíneo, la razón ha llevado al hombre a creer ilusamente que puede superar la muerte orgánica y construirse a sí mismo como individuo pleno, superando su mera condición de materia. (3)

Frente a un Schelling que opta por lo racional y la civilización, Nietzsche se inclina hacia el otro polo, propone aceptar definitivamente que la visión apolínea del hombre y del mundo es una construcción, una falsa apariencia de seguridad. En su lugar, nos invita a elegir el eterno devenir y, por medio del éxtasis dionisiaco, saborear «la felicidad de vivir, no en cuanto individuos, sino en la unidad de la vida, confundidos y absorbidos en su placer creador». 

La herencia del pensamiento romántico parece ser por lo tanto la dualidad irreconciliable.
Sin embargo, los planteamientos de Freud serán bastante diferentes, pues él reconoce la necesidad de transitar por los oscuros caminos a los que nos conduce lo siniestro, pero sin olvidar por ello la finalidad última de este camino, con un pie en la oscuridad y otro en la luz de la razón, la civilización y la aspiración humana de crecimiento, para lo cual es necesario la ley, el designio y la libertad.

Por tanto la teoría psicoanalítica y clínica de Freud se apoya en factores humanos de los que no se puede separar si pretende ayudar a enfrentar el sufrimiento humano, su origen no se puede desligar de un contexto tan fuertemente marcado por la búsqueda de sentido que caracterizó el Movimiento Romántico. No tuvo interés, como Jung, en lo trascendental, lo divino o la función religiosa de la psique, rechazando siempre todo lo relacionado con la religión, sin embargo, defendiendo el verdadero sentido del deseo humano (en conexión con el de la divinidad, como muy bien expresa Plutarco cuando dice "la divinidad desea el descubrimiento de la Verdad), más allá de la satisfacción de los instintos; defendiendo el deseo de realización y superación específicamente humanos, defendió mejor que nadie lo divino. El verdadero valor de su obra, quizás no pueda ser comprendido desde una sociedad caracterizada por la perspectiva monofocal del morbo de lo demoníaco, nada sobre la curación a través de la palabra puede interesar a una sociedad fascinada por el sadismo y el morbo. No hay ninguna necesidad de velo en lo demoníaco, pues está a la orden del día, sí la hay, en cambio, en lo sublime, pues debe ser protegido de la barbarie.

Por otra parte, esta dualidad entre los conceptos de heimlich y unhemilich de la que hemos hablado aquíbien podría equipararse con la dualidad entre masculino y femenino que  Lacan identifica con el todo y el no-todo, es decir, aquello que nos obliga a reinventarnos permanentemente ante lo imposible. Nos lleva a su vez a otra curiosa conexión con el pensamiento de René Guénon:

... es materialmente imposible trazar de manera efectiva una línea que sea verdaderamente una curva cerrada; para probarlo basta con observar que, en el espacio donde se encuentra nuestra modalidad corporal, todo se encuentra en constante movimiento (a causa de la combinación entre las condiciones espacial y temporal, de las que el movimiento es en cierta forma su resultante), de tal forma que si queremos trazar una circunferencia y empezamos a trazarla en un determinado punto del espacio, forzosamente nos encontraremos en otro cuando acabemos y nunca volveremos a pasar por el punto de partida. Asimismo, la curva que simbolice el recorrido de un ciclo evolutivo cualquiera, nunca deberá pasar dos veces por el mismo punto, lo que significa que no deberá ser una curva cerrada (ni una curva que contenga "puntos múltiples"). Esta imagen muestra que no puede haber dos posibilidades idénticas en el Universo, lo que vendría a ser una limitación de la Posibilidad total, limitación que es imposible, puesto que debería comprender la Posibilidad y ésta no puede estar comprendida en ella. Así, toda limitación de la Posibilidad universal es, en el sentido propio y riguroso de la palabra, una imposibilidad; por ello, todos los sistemas filosóficos, en tanto sistemas que postulan explícita o implícitamente tales limitaciones, están condenados a idéntica impotencia desde el punto de vista metafísico (4)


(2) Sara Molpeceres Arnáiz  (Universidad de Valladolid). OSCURO INTERIOR: LO SINIESTRO FREUDIANO Y SUS RAÍCES ROMÁNTICAS 

(3) Rafael Argullol. El héroe y el único. El espíritu trágico del Romanticismo. (Taurus, Madrid, 1999)

(4) René Guénon. El simbolismo de la cruz. (Ediciones Obelisco, Barcelona, 2022)



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