La palabra es el velo, capaz de transformarse en revelación. En el principio era el Verbo.
La condena y a la vez salvación de la grieta, que abre un agujero en nosotros para que surja, a través de él, una palabra hablante e ignorante de lo que dice. Somos hablados por la palabra y qué horror no saber lo que dice. Y qué horror descubrir lo que otros hablan sin saber que son hablados, atravesados por la caída. La palabra tiene el poder de volvernos transparentes ante quien sabe leer en ella. En la escucha aparecen, a borbotones, imágenes que completan y contemplan el puzle de la memoria. Pasar de ser hablado por la palabra a ser escuchado por la Palabra. El conocimiento surge de las preguntas por el cuerpo, el origen y el deseo, y a veces la palabra encuentra subterfugios para no acceder a esas verdades dolorosas. Saber duele. Pero el espíritu que anima nuestra vida, a través de nuestras mutaciones, está llamado a realizarse en un más allá desconocido que trasciende el dolor, y frente al que sólo cabe la fe. Creer en ese más allá no es solo esperar la vida futura, sino reconocer en el presente a quien transforma la muerte en vida, haciendo de la fe un acto de participación inmediata en la victoria sobre la muerte.El amor se manifiesta en la capacidad para esperar a que el tiempo humano, atravesado por la grieta del sufrimiento, nos vuelva más receptivos y sensibles al tiempo divino, a la Palabra encarnada. El sufrimiento quita la orgullosa dependencia que tenemos de nosotros mismos y nos arroja a los pies de algo más grande. Comprender que el sufrimiento humano tiene el propósito mayor de revelar el poder eterno de la Palabra hecha carne, es ir más allá de lo que la razón puede entender y, por tanto, del tiempo lineal. A través de la memoria damos sentido al pasado y al futuro, y en ese transcurrir horizontal encontramos que el más allá al que apunta el sufrimiento se vuelve tiempo vertical, o eternidad.
