Ningún sueño es tan sólo un sueño, quizás por eso estos días me encuentro tan extraña, tan desestabilizada, inquieta y en el borde.
Una mujer en medio de la carretera tumbada, un camión que pasa a toda velocidad y un ojo cortado y extraído del rostro, pedacitos ensangrentados que la mujer, devastada, trata de rescatar. Yo acudiendo a coger de la mano a la mujer.
Este es el final de un sueño que lleva varios días perturbándome, amor y muerte discurriendo de la mano. Decía Freud que sólo la muerte (el tánatos) es pura, mientras que el eros, el impulso vital, siempre está atravesado por el tánatos. El eros contaminado por el tánatos. Un nacimiento que solo puede ser a través de la grieta, la fragmentación.
En 'Un perro andaluz' un ojo de mujer es seccionado por una navaja de barbero en manos de Luis Buñuel (como actor). Una imagen perturbadora en la que, inevitablemente pensé al despertar de mi sueño. Pero antes de Buñuel vino a mi mente Edipo, arrancándose los ojos para soportar lo insoportable.
El ojo está siempre desnudo, indefenso, vulnerable, puede ser poseído y arrebatado. Detrás de una máscara, quien ve se vuelve poderoso a la vez que guarda distancia y se protege. La indefensión de lo real no siempre se puede soportar. Atravesar el fantasma, incluso para dejar de sufrir con formas de satisfacción dolorosas, resulta insoportable. Hasta tal punto la pulsión tiende a fijarse. Si el síntoma es una defensa es porque lo que había antes del síntoma era mucho peor todavía, uno no debería apresurarse a eliminarlo tan alegremente. A veces, peor que la propia falta, es integrar la falta del Otro.
En el libro de Arthur Schnitzler, “Traumnovelle (La novela de un sueño)”, que más tarde Kubrick llevaría al cine en su película Eyes wide shut, leemos acerca de la desnudez del rostro.
Mostrarse con el rostro descubierto entre todos aquellos enmascarados era mil veces peor para él que encontrarse de pronto desnudo entre personas desnudas.
El ojo es el instrumento del horror, pues es el ojo de la conciencia lo que observa internamente. Pero también el ojo es el camino del corazón, el ojo interior. El rostro, y particularmente los ojos, son las puertas del alma, a través de los ojos se posee el cuerpo. En ese punto hay peligro de desestabilización y de muerte, es peligroso asomarse al interior, ver lo que no queremos ver. Y más peligroso aún es que otros puedan verlo, que nuestras fragilidades queden expuestas. La debilidad de quien puede habitar en el borde, allí donde somos más profundamente frágiles, sólo allí podemos volver a nacer. Esa es también la paradoja de quien se arranca los ojos para acceder al nacimiento de una nueva visión interior. El castigo por la ceguera espiritual. Dejar de perseguir ser castigada, hasta algo tan beneficioso para una como eso, se torna difícil.
A lo largo de la obra de Edipo Rey hay numerosas referencias a la vista y la ceguera, obviamente el final y Edipo cegándose, pero también con el personaje de Tiresias. Es un motivo común en la literatura, el "vidente ciego", irónico especialmente en Edipo, ya que los únicos personajes que realmente pueden ver la verdad no tienen acceso a la vista física.
Cortar un ojo es permitir que aflore la mirada y la libertad interior. Quedarse ciego es liberarse de las mentiras que una se cuenta a sí misma y asumir, si fuera posible, la soledad.


