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lunes, 13 de junio de 2022

Mito y ecología


La ONU alerta de una triple crisis: calentamiento,
pérdida de biodiversidad y contaminación

 

‘Ninguno de los objetivos mundiales para
la protección de la vida en el planeta y para
detener la degradación de la tierra y los océanos
se ha cumplido plenamente’

 

ALERTA MUNDIAL: El Hombre lleva
a la Tierra a su destrucción

 

A todo ello el informe suma que ‘la degradación
ambiental está impidiendo los progresos hacia el fin
de la pobreza y el hambre’

 

‘Estamos destruyendo el planeta’, ha resumido
Inger Andersen, directora ejecutiva del Pnuma.
‘La prosperidad de la humanidad está en riesgo’, ha añadido




Ilustración Fábula II, de Les Metamorphoses d’Ovide En Latin Et François
(1677) traducida por Pierre Du-Ryer Parisien (no se especifica el autor de
las ilustraciones)

 

¿Qué relación puede haber entre el mito cosmogónico de creación del hombre y los problemas en torno al cambio climático que hoy copan los titulares informativos? Los verificadores de información que tanto proliferan en la actualidad con la supuesta intención de protegernos del engaño, se esfuerzan en hacernos creer que la verdad se encuentra a golpe de clic según consumas la noticia azul o la noticia roja. Sabemos que la explicación periodística intentará disolver toda respuesta que provenga del área mitológica pero sabemos también que en el mito encontramos otras posibilidades de acceso al verdadero orden de cosas. El mito nos habla de acontecimientos que se supone ocurridos en un momento del tiempo, pero esos acontecimientos forman también una estructura permanente, de tal manera que se refiere simultáneamente al pasado, al presente y al futuro.

Palabras como ‘objetivos mundiales’, ‘prosperidad de la humanidad’, ‘vida en el planeta’ que tanto se utilizan en medios informativos para hablar sobre la crisis medioambiental, resultan un poco absolutas a la vez que fantasiosas, pareciera incluso que nos hablan desde esas coordenadas propias del tiempo fuera del tiempo características del mito. Resulta fácil imaginar que los ‘objetivos mundiales para la protección de la vida en el planeta’ se dilucidan en una gran sala de expertos a la que tienen acceso más bien unos pocos y no precisamente toda la humanidad.

Vemos a menudo en este tipo de relatos informativos la lógica científica unida a la profecía, se emplea frecuentemente la palabra ‘científicos’, para dejar bien claro que son estos los expertos adecuados en la materia, aunque no se especifique el contenido de dicha materia. Por el contrario, muy pocas veces escuchamos el término ‘humanista’ para hablar de cuestiones tan importantes y globales que afectan a toda la humanidad. Puede que a los representantes del conjunto total de humanos en el planeta se les haya olvidado el verdadero significado de la palabra humanidad.

Bucear en los orígenes de las palabras nos conduce no solamente hacia las motivaciones que dieron pie a nuestros antepasados a nombrar la realidad, sino también a comprender esa misma realidad vinculada a las palabras, lo que es en nosotros es también en la naturaleza y como bien expresa Françoise Dolto: 'la palabra tiene, ciertamente, un sentido simbólico en sí misma, es decir que reúne, más allá del espacio y del tiempo, en una comunicación por el lenguaje hablado, registrado, escrito, a seres humanos que, aun sin experiencia adquirida en común, pueden transmitirse' (1).

Atendamos pues a la palabra ‘humanidad’ para ahondar en las cuestiones que afectan a la misma.

La palabra ‘humanidad’ viene del latín humanitas y significa ‘cualidad de humano’. Sus componentes léxicos son: humus (tierra), -anus (sufijo que indica pertenencia, procedencia), más el sufijo -dad (cualidad). La cualidad de pertenecer a la tierra.

Muchos mitos de creación explican el origen del hombre como el fruto de un moldeado divino con el barro de la tierra. Entre los griegos es el titán Prometeo el que moldea al primer hombre del barro de la tierra.

Así se describe en el resumen en prosa de las Metamorfosis de Ovidio:

Después de la separación de los elementos, Prometeo, hijo de Japeto, formó un hombre de tierra y agua con semejanza a los dioses, dándolo vida con una hacha que, por consejo de Minerva, encendió en los rayos del Sol. Irritado Júpiter de su atentado, mandó a Mercurio le atase sobre el Monte Cáucaso, y que un águila le picase el corazón sin quitarle la vida (2). 

Y así en la traducción del original que hace Ana Pérez Vega de las Metamorfosis:

nacido el hombre fue, sea que a él con divina simiente lo hizo aquel artesano de las cosas, de un mundo mejor el origen, sea que reciente la tierra, y apartada poco antes del alto 80
éter, retenía simientes de su pariente el cielo;
a ella, el linaje de Jápeto, mezclada con pluviales ondas,
la modeló en la efigie de los que gobiernan todo, los dioses,
y aunque inclinados contemplen los demás vivientes la tierra,
una boca sublime al hombre dio y el cielo ver 85
le ordenó y a las estrellas levantar erguido su semblante.
Así, la que poco antes había sido ruda y sin imagen, la tierra
se vistió de las desconocidas figuras, transformada, de los hombres (3).

Pero también es así en los antiguos relatos mesopotámicos, y en el libro del Génesis:

Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo de la tierra y sopló en su nariz hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente’ (Génesis 2, 7). ‘Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás (Génesis 3, 19).

En la Biblia, la tierra está presente al principio y al final del ciclo de la vida del hombre, pero la traducción litúrgica no le da el justo sentido al hebreo, que utiliza dos términos diferentes: adama en el primer pasaje del Génesis y afar en el segundo. Adán está modelado a partir de la tierra, adama en hebreo, que remite a la tierra madre, la materia. Adán y Adama forman una especie de pareja en la cual la tierra es la compañera femenina de Adán.

En cambio, afar es la palabra hebrea que indica la tierra seca, estéril, el polvo del suelo que entra en los pulmones cuando sopla el viento. La palabra tiene una connotación peyorativa. Afar reduce al hombre a su estricta condición de mineral. Podríamos traducir el versículo 19 del Génesis 3: «¡Hombre, eres sólo un mineral!» Fonéticamente, afar también se acerca a efer, que significa «cenizas». Para el oído, las dos palabras se pronuncian casi de la misma manera.

El discurso bíblico está lleno de matices. Con adama, el hombre está conectado al potencial de vida de la tierra. Con efer, se le reduce a su estricta composición biológica. «El hombre es polvo y ceniza», resume un dicho de la sabiduría judía. (4)

Robert Graves y Raphael Patai en Los mitos hebreos aclaran que:

Dios no utilizó la tierra al azar, sino que eligió polvo puro, para que el hombre pudiera llegar a ser la cima de la Creación. Actuó, en verdad, como una mujer que mezcla harina con agua y reserva parte de la masa como una ofrenda halla: pues hizo que una niebla humedeciese la tierra y luego utilizó un puñado de ella para crear el Hombre, que se convirtió en la primera ofrenda halla del mundo. Como era hijo de Adama (‘Tierra’), el hombre se llamó a sí mismo ‘Adán’ en reconocimiento de su origen; o tal vez a la Tierra se llamó Adama en honor de su hijo; pero algunos derivan a su nombre de adom (‘rojo’), recordando que fue formado con arcilla roja encontrada en Hebrón, en el Campo Damasceno, cerca de la cueva de Macpela.

Es improbable, no obstante, que Dios empleara tierra de Hebrón, pues éste era un lugar menos sagrado que la cumbre del monte Moriá, el ombligo mismo de la Tierra, donde se halla ahora el Santuario: pues allí fue bendecido Abraham por haberse mostrado dispuesto a sacrificar a Isaac. Por esto algunos dicen que Dios ordenó al arcángel Miguel: ‘Tráeme polvo del lugar de Mi Santuario’. Él reunió ese polvo en el hueco de Su mano y formó con él a Adán, vinculando así a la humanidad con lazos naturales a la montaña en la que Abraham debía expiar los pecados de sus antepasados.

Algunos dicen que Dios utilizó dos clases de polvo para la creación de Adán: uno recogido en el monte Moriá, y el otro una mezcla escogida en los cuatro rincones del mundo y humedecida con agua tomada de todos los ríos y mares existentes. Que para asegurar la salud de Adán empleó polvo masculino y tierra femenina.

Que el nombre de Adán revela los elementos formativos de su creación: sus tres letras hebreas con sus iniciales: epher (‘polvo’), dam (‘sangre’) y marah (‘hiel’), pues si los tres no están presentes en la misma medida el hombre se enferma y muere.

Es dudoso que la palabra masculina Adam (‘hombre’) y la femenina adama (‘tierra’) se relacionen etimológicamente. Sin embargo, esa relación está implícita en Génesis II y ha sido aceptada por comentaristas midrásicos y talmúdicos. Una conexión menos tenue, sugerida por primera vez por Quintiliano (I.V.34) existe entre las palabras latinas homo (‘hombre’) y humus (‘tierra’); los lingüistas modernos derivan ambas de la antigua raíz indoeuropea que en Grecia produjo chihon (‘tierra’), chamai (‘en la tierra’) y epichtkonios (‘humano’)(5).

Podríamos decir, por tanto, que la palabra humanidad alude en su origen a una cualidad que el hombre adquiere por vinculación y pertenencia a la tierra. Cuando este vínculo con la tierra desaparece, entonces la palabra humanidad substituye la cualidad por la cantidad, pasando a designar conjunto de todos los seres humanos.

En términos de cantidad, el conjunto de todos los seres humanos del planeta resulta mucho más difícil de abarcar que si habláramos en términos de cualidad, y por tanto se vuelve irreal, fantasioso, utópico (lugar que no existe). Como también es fantástico el Capitán Planeta, un superhéroe (que no héroe) de dibujos animados infantiles que nos repite el mito de la creación en una versión un poco más pueril. Se trata de un superhéroe creado a partir de los cuatro elementos de la Tierra, más un quinto elemento: el Corazón.

Cuando los cinco poderes trabajan en conjunto, este héroe ecológico aparece para arreglar la situación. Puede controlar a gusto los elementos y cambiar su estructura molecular de acuerdo a las necesidades. En sus aventuras, el Capitán Planeta debe solucionar problemas relacionados con la contaminación, la deforestación y similares, terminaba sus aventuras con la frase ‘¡El poder es vuestro!’

Podemos agrupar esta frase junto al resto de frases que veíamos más arriba y comprobar que siguen patrones similares:

‘¡El poder es vuestro!’

‘La prosperidad de la humanidad está en riesgo’

‘la degradación ambiental está impidiendo los progresos hacia el fin de la pobreza y el hambre’

‘la humanidad está incumpliendo sus compromisos de protección medioambiental’


Observamos en todas ellas una fórmula sentenciosa y simple con la que se trata de desestimar cualquier interés específico. En el caso de los titulares periodísticos son alusiones indirectas y amenazadoras que se refuerzan con el rasgo de cientificidad y el uso de afirmaciones en forma de predicciones, dejándonos intuir un futuro terrorífico, unos pocos puntos dentro de una propuesta única que se repiten de forma muy similar en todos los medios. En este sentido, la función primera de la ciencia sería la de curar todos los males de la existencia humana.

Cabría preguntarse si esta función que se le otorga a la ciencia incluye también a las ciencias humanas o es una labor exclusiva de las ciencias físico-naturales.

Al menos las herramientas utilizadas para construir y transmitir el relato de los logros obtenidos por las ciencias físico-naturales, debe reconocerse que pertenecen por completo a las ciencias humanas. No existe ciencia física sin palabras con las que poder comunicarla al resto de los humanos. En ese sentido, el mito de la creación del hombre nos recuerda que no es posible lo humano sin los tres componentes a partir de los cuales fue creado el hombre: epher ‘polvo’ (materia), dam ‘sangre’ (espíritu) y marah ‘hiel’ (alma), si los tres no están presentes en la misma medida el hombre enferma y muere. ¿El hombre o la tierra?

La enorme riqueza del símbolo se encuentra en su capacidad sutil para desplegar una potencia infinita tanto en sus ramificaciones superiores como inferiores, capaz de reunir de nuevo lo que se ha separado. En todas las latitudes, longitudes y rincones del planeta y de la mente humana hay siempre una puerta abierta de acceso a la Verdad y la Vida.

Inmersos como estamos en un mundo que persigue tanto las ideas disruptivas e innovadoras, como el impacto de lo absolutamente original (por supuesto desoyendo el significado más profundo que nos revela la etimología de esta palabra) y sin embargo no existe todavía nada más atrevido y a la vez más respetuoso que el símbolo, pues nunca te enseñará algo que no quieras saber. Se dice habitualmente que el símbolo reúne lo inferior con lo superior, pero además tiene también la cualidad de permanecer eternamente abierto y eternamente cerrado al mismo tiempo. El símbolo no desprecia la incredulidad, la negación ni el drama humano porque los reconoce como parte del camino a la sabiduría.

Las verdades contingentes o relativas tienen algo de mentira al igual que las mentiras contingentes o los errores tienen también algo de verdad. Conviene apreciarlas en su justa medida y no olvidar que si una verdad es posible para un determinado mundo o un determinado momento, esto no significa que lo sea para todos los mundos y todos los momentos. La existencia de las verdades contingentes no se contradice con la existencia de la verdad Absoluta que sólo es Una. Las verdades contingentes son recíprocas con lo Absoluto al igual que la fantasía lo es con lo Real, puesto que no se puede acceder a lo Real o a lo Absoluto sin peligro de caer en la psicosis o la neurosis, es necesario un guía. La fantasía está dentro de lo Real y la verdad relativa dentro de la Absoluta como 
la manifestación humana lo está en el Ser divino y el Ser divino en la manifestación humana.

Más peligroso aún es considerar las verdades contingentes como la verdad única, puesto que eso nos aleja de lo Real y de la Verdad y nos hace vivir en el engaño. Ciertamente para algunos ese engaño es menos doloroso por ser un engaño compartido por el grupo y la comunidad, para otros no cabe otro camino más que la búsqueda incansable.


Charles d'Hooghvorst explica: 
El Gran Arte de los Sabios del que las artes humanas no son más que la imagen [consiste en] incorporar el Espíritu Universal en la Tierra de los hombres y darles consistencia para una nueva generación [...] Volver a unir el Cielo con la Tierra para formar una tierra celeste y un cielo terrestre, luminosos e imperecederos.(6)


Referencias:

(1) Françoise Dolto, La imagen inconsciente del cuerpo (Ediciones Paidós, 1994)

(2) Claude Le Ragois, Resumen en prosa de las Metamorfosis de Ovidio
https://es.wikisource.org/wiki/Res%C3%BAmen_en_prosa_de_las_metam%C3%B3rfosis_de_Ovidio

(3) Ovidio Nasón, Publio, Metamorfosis / Ovidio; traducción de Ana Pérez Vega
https://www.cervantesvirtual.com/obra/metamorfosis--0/

(4) https://es.la-croix.com/biblia/adan-hecho-de-tierra

(5) Robert Graves y Raphael Patai Los mitos hebreos (Editorial Alianza, 2015)

(6)Raimon Arola, El tarot de Mantegna (Sans Soleil Ediciones, Vitoria-Gasteiz, 2021), 50.


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