sábado, 23 de noviembre de 2019

Justo detrás del dolor

Sueños que se traducen en aliento,
porque no soy yo la que vigila
no soy yo la que puede rezar
tan solo dejarse rozar por el instante.


Esta vez, por fín, consigo coger el autobús a tiempo. ESE era mi autobús, y ya no había posibilidad de perderlo. Ella también viene y sabe que así está bien, que he aprendido a vivir conmigo, incluso estamos dispuestas a que venga también A. No esperaremos por él, pero al entrar en el autobús pagamos también su billete, su asiento. Trato de a-sentir con la cabeza, aunque me niegue con el cuerpo, para dejarle la posibilidad de entrar si lo desea, no es que sea la mejor de las visitas, pero eso no impedirá que llame a nuestra puerta cuando a él le convenga. El conductor decide parar a esperarlo, yo no tengo ninguna prisa. Él llega agotado y exhausto de correr, le digo a ella que por favor deje el asiento libre para que pueda sentarse junto a mi, estoy convencida de que le incomodaría mucho tener que sentarse con extraños. Él tan solo quiere estar seguro de que sigue siendo igual a sí mismo, de que puede confiar en los pequeños detalles de la rutina, nada que le des-estructure, nada que le haga asomarse al vacío o a las huellas de la mirada, porque su mirada está muerta, y no es capaz de posarla... Tiempo sucesivo, perpetuo, instrumento, tratando de evitar el error, porque cometiendo un error podría cobrar conciencia, un mínimo de ex-tasis, un "salir de", un cierto trascenderse, y sin embargo es el instante el que está vivo.















"Yo no soy inocente. ¿Lo es usted?
La realidad está aquí,
desplegada. Lo real acontece
en lo abierto. Infinito. Incomparable.
Pero el ansia de repetirnos
instaura las verdades.
Toda verdad repite lo inefable,
toda idea desmiente lo-que-ocurre.
Pero las construimos
por miedo a contemplar la enorme trama
de aquello que acontece en cada instante:
todo lo que acontece se desborda
y no estamos seguros del refugio.

Bien pensado, es posible que Platón
no sea responsable de la historia:
delegamos con gusto, por miedo o por pereza,
lo que más nos importa.

...

abrid los ojos: ¡ved!
es tan terrible vivir
¡quien sobrevive saluda!
morituri somos todos

toda la historia de tu estirpe
está presente y te reclama
como crisol
eres
la mediadora
operas
en ti misma el milagro
de la reconciliación

y de repente soportas
el peso del mundo y su dolor
lo bebes todo entero.
Agradecida.

escribir

porque crujen las rodillas
y hay como un sueño
esperando ser soñado
justo detrás del dolor."


Chantal Maillard



"Edipo tuvo la oportunidad de nacer cuando la Esfinge le planteó el enigma, pero no supo resolverlo, fracasó, no desentrañó la pregunta, y por tanto “quedó apegado a la placenta oscura”, [xxi]se casó con su madre. Su máscara histórica, su personaje, fue hacerse rey de Tebas; su Némesis, buscar denodadamente la verdad sobre sí, cuidarse de sí. ”Y la Némesis es la justicia del Ser sin más, cuando ha sido burlado. Y todo lo que bajo ella sucede es ciega fatalidad”[xxii]. Edipo no afrontó la luz sino cuando ya era demasiado tarde y entonces quedó privado de visivilidad, “la visibilidad es la acción propia del autor trágico y del sueño mismo trágico. Todo en principio está ahí, en darse a ver y por eso es el despliegue de un instante”[xxiii]. Como dice Zambrano el saberse y sentirse objeto de visión y los problemas que ello comporta son ya cosa de filósofos.


El despertar trágico es un despertar en las entrañas del tiempo, en la atemporalidad, es el despertar originario y por tanto el nacimiento de la historia y el pensar, como mostramos ya en los capítulos precedentes. Sin embargo, la filosofia y la historia se presentan como estando más allá del conflicto trágico, en cierta medida lo menosprecian; no en vano se dice que fue la filosofía quién mató a la tragedia cuando contaba apenas doscientos años de vida.


La conciencia trágica es una conciencia inocente que no impone su ley, cuyos polos en tensión irresoluble no pueden hacerla sino mediadora, mientras que la conciencia pura de la filosofía impone un despertar continuo, convirtiéndose en un perpétuo instrumento de poder sobre la realidad. Subestimando esta originaria situación humana que es la inocente conciencia trágica, el racionalismo postcartesiano de occidente vive sumido en un sueño, el sueño de la razón, cuya anagnórisis ha sido no ya trágica, sino catastrófica, como muestran claramente los acontecimientos históricos de nuestro siglo."


Pau Pérez Navarro sobre María Zambrano.






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