sábado, 27 de agosto de 2016

Mi oración leída sin papel





Todas eran bellas, todas lucían correctamente. El recuerdo principal de aquel día es el momento previo a salir a escena, entre bambalinas nos colocaban a todas en fila india, mi cabeza sobresalía un poco entre el resto de niños y niñas, era alta y muy delgada, dócil e inocente, no tenía melena para camuflar mi estructura esquelética y hombruna. Comenzaba la representación. Yo creía haber escogido correctamente la indumentaria, nadie  me había explicado el protocolo, tampoco nadie me había explicado en qué consistía eso de "tener la regla". La representación tardó unos cuantos años en terminar, nunca sería la ropa apropiada, nunca el momento apropiado. No me importaba  tener el pelo corto y llevar pantalones en el día de mi primera comunión, no lo había escogido yo. Sí, de mi boca salieron las palabras, pero no eran importantes, verdaderas, lo innombrable era una causa de fuerza mayor.
Ir en contra de lo establecido, ser diferente al resto de niñas, soportar las críticas del resto de madres no suponía un problema. Trastocar un orden que nada tenía que ver conmigo no era complicado, existía otro orden imposible de romper, otras reglas imposibles de vencer, porque lo que no existe no se puede enfrentar. La regla no existía y cuando llegó se convirtió en reglas, en reglas abundantes. Mi cabeza empezaba ya a girar, seguía sobresaliendo entre el resto de niñas, y seguía desvinculándose de mi cuerpo.
No vestía de princesa ni me entusiasmaba el rosa, curiosamente y desde una perspectiva poco reflexiva seguramente hoy sería reivindicada entre un amplio sector supuesto defensor de la igualdad entre hombres y mujeres. Las tiranías no vienen nunca de la mano de colores ni de banderas. Las tiranías se camuflan de la mano de personas cercanas, de tal forma que antes que enfrentarnos a ellas resulta mucho menos complicado enfrentarse a una sociedad entera o a un ejército entero. 
La alineación (alienación) estaba lista, las puertas se abrían, el largo vestido del cura encabezaba la formación, en sus manos una cesta, y en mi mente la oración repetida una y otra vez, la oración que llegado el momento leería sin papel, acercándome al micrófono decidida y sin titubear. La oración pedía por los niños pobres y enfermos del mundo. Con eso sí conseguiría su admiración.
Mi oración leída sin papel. Mi papel leído sin oración. Mi leído papel sin oración.

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